Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Arrancar las raíces del miedo     
 
 ABC.    25/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ARRANCAR LAS RAICES DEL MIEDO

DURANTE la campaña elec-toral, y durante los p r ¡ meros días de la era democrática, nos

hemos tropezado muchas veces con ei miedo. Antes de analizar los comportamientos y los

resultados electorales es urgentísimo un análisis del miedo. El miedo ha coreado

subrepticiamente, inquisitorialmente, nuestra historia moderna; debernos reconocer de una vez

por todas que nuestra historia de glorias y de miserias se fundó, en combinación alucinante,

sobre la fe y sobre e! temor; sobre e! milagro y el miedo; sobre el idealismo y la represión. (Te-

mor, miedo y represión que cimentaron también la historia de las demás Eu-ropas; sólo que en

ellas varió más el otro elemento, más pragmático que idealista, más económico que milagroso.)

El miedo, e! miedo nacional, oneroso legado de nuestra historia moderna, se convirtió, al

hundirse el antiguo régimen, en protagonista de nuestra historia contemporánea. Esto no es

una metáfora, sino una tesis histórica fundamental formulada, en su momento de mayor

serenidad y clarividencia, por don Manuel Azaña. Según él no es la guerra civil, ni el odio que la

engendró, el máximo enemigo de nuestra convivencia, sino el miedo, que es la causa del odio

y, por tanto, el germen maldito de la guerra civil. E! miedo en una doble vertiente: miedo de

unos españoles a oíros; miedo del pueblo español a sí mismo. La primavera de 1936 acabó

como una primavera trágica, porque floreció como la primavera del miedo. Insistamos; el miedo

ha acampado otra vez entre nosotros. Alguna campaña derechista se ha montado sobre el

miedo: alguna campaña izquierdista ha azuzado demagógicamente el miedo de la derecha.

Muchos incautos han caído en la trampa, a veces hasta extremos cómicos. Hubo señoras aue

atrancaron, en la madrugada del 16 de ¡unió, puertas y ventanas. Hubo quien preguntó por

teléfono si habían llegado ya los rojos. Pero no todo era anécdota. Como el mes que no paso

por Barcelona suelo perder el rumbo, me fui a Barcelona, sólo para estar allí, e! mismo día 17.

En medio de una serenidad total y una tranquilidad absoluta cundía el miedo por la burguesía

catalana. La fuga de divisas era fluvial. Se temía, en sectores nada despreciables ni alarmistas,

por la orientación de una autonomía —imparable— en manos de las izquierdas vencedoras. El

miedo parecía triunfar sobre la autocrítica; y sólo acosados a preguntas reconocían mis

interlocutores sus propias culpas políticas, que hasta entonces preferían achacar a

planteamientos deficientes de la campaña. Todo este miedo de la derecha española, y muy

especialmente el miedo de la derecha catalana, carece de fundamento político. Adelantemos

ya la conclusión del propuesto análisis: lo que ha podido asustar a muchos españoles no ha

sido una nueva vanguardia del miedo histórico, sino los estertores de una retaguardia ansiosa

de componer la figura para ocultar su desastre. No es optimismo absurdo, sino conclusión que

nace de un profundo contacto popular durante las semanas —a ¡a vez frenéticas y

serenadoras— de la campaña electoral. El pueblo español ha votado, por encima de todo,

moderación. El pueblo español no ha repudiado ni menos reivindicado al pretérito: le ha

congelado. Los líderes socialistas han exagerado conscientemente posturas demagógicas

¡ocales para no perder contacto con el ala radical de sus bases; pero en sus grandes

apariciones nacionales, donde se jugaban la masa de! electorado, han extremado la

moderación. Como los líderes socialistas sintonizan con el pueblo —un pueblo que no es sólo

suyo— quedan ahora comprometidos con la moderación que ese pueblo les exige. Los

comunistas, con mayor experiencia política, han acentuado la moderación en su campaña,

tanto a nivel local como en el ámbito nacional. Dentro de un plano táctico no cabe negar su

sinceridad en esta ciudad, que sólo ha sufrido deterioros locales incontrolados. Nos hemos

hartado de repetirlo: las elecciones de 1977 nada tienen que ver con las de 1936, por tres

razones fundamentales. El marco de 1936 fue una República en desintegración; el de 1977 es

una Monarquía —una C o r o n a— en plena integración nacional y popular. Asistió a las

elecciones de 1936 un Ejército dilacerado y dividido; mientras que un Ejército sereno y unido

recuérdese el decisivo mensaje del general Gutiérrez Mellado— ha garantizado —sin una

disonancia ni un alarde— las elecciones de 1977. Por último, en las elecciones del Frente

Popular el pueblo español, recomido por el miedo a sí mismo, votó la guerra civil. En las de

1977 el pueblo español ha votado la democracia porque ha perdido, definitivamente, el miedo a

si mismo. No veo especial preocupación en el caso de Cataluña. E! desfase político en-

tre Cataluña y e! resto de España —más aparente que real en este caso— puede convertirse

en dialéctica de avance político: no en balde Cataluña es la España más avanzada, la España

más europea. Quien teme a los socialistas catalanes es oue no les conoce ni a ellos ni a

Cataluña. Y quien no se convenza con argumentos, que se dé, cuanto antes, una vuelta por las

Ramblas. Los vencidos residuos del miedo tratan de enquistarse en el futuro y trazan ya

sombras sobre las elecciones municipales. Sin ninguna razón. Seamos sinceros. De los dos

grandes bloques que van a configurar, para la próxima generación, las alternativas políticas en

España no sé cuál está hoy menos preparado para las municipales. La victoria primordial del

Centro y la victoria relativa del P. S. O. E. les ofrece parecidas posibilidades y les amenaza con

parecidas crisis. Antes de acabar el mes de julio U. C. D. será un gran partido operacional. Si,

con el fenomenal desorden de estructuras que sólo han salvado la intuición y el entusiasmo, U.

C. D. ha _ conseguido semejante resultado como simple coalición, puede dar una enorme

sorpresa como gran partido. Ayuntamiento a Ayuntamiento, Unión del Centro ha vencido

claramente a to ancho de toda España, casi sin organización. En una provincia tan complicada

como Murcia, por ejemplo, ha ganado en las tres capitales, y en 26 de 43 Ayuntamientos. El

tiempo que medía hasta las municipales es corto, pero suficiente. Existen ahora, para el

Centro, todas tas condiciones de la victoria: las morales y las materiales. Se han suscitado,

durante la campaña, millares de vocaciones políticas locales. En la citada provincia, U. C. D.

tiene ya preseleccionados a la mayoría de sus candidatos y planificadas las líneas maestras de

su estrategia electoral. Antes de las vacaciones esa estrategia se perfilará en diversos planos

tácticos; y si no, naturalmente, no habrá vacaciones. En un plano nacional sería prematuro

pronosticar hoy que el Centro va a ganar fas municipales, pero sería absurdo negar que puede

ganarlas. El caso murciano se ha repetido en otros muchos puntos. El gran derrotado en estas

elecciones ha sido, precisamente, el miedo. Por un porcentaje, demostrable, próximo al- no-

venta por ciento de los sufragios. Este pueblo lo que quiere es futuro. El miedo es cosa del

pasado. La unánime reacción de derecha, centro e izquierda contra ese ramalazo de! pasado

que es e/ criminal asesinato de don Javier de Yba-rra tiene, en lo informativo, caracteres de

plebiscito. Hay una voz vascongada que nos reabre, en medio del estupor-y la pena, todos ¡os

horizontes: la voz del fiad re Arrupe, que en esa misma tarde llenó de luz profunda los hogares

de España. Una España que ha dado al mundo un hombre así merece, por encima de todo

partidismo, el futuro que va a tener. El futuro que ha empezado ya.

Ricardo de la CIERVA

 

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