Autor: Pericet, Manuel. 
 Málaga. 
 Otro servicio de Utrera Molina     
 
 El Alcázar.    18/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Málaga

OTRO SERVICIO DE UTRERA MOLINA

• "Guando se pierde con honor no se llega a perder del todo. Lo importante es haber luchado y haberlo

hecho con limpieza, sin ira, sin odio: pensando solamente en España"

MALAGA (Por teléfono, de nuestro colaborador, MANUEL PERICET).—Nuestro colaborador en

Málaga, nos envía´por teléfono el siguiente artículo, publicado en el diario "Sol de España", de dicha

ciudad, en el día de hoy: "Es normal que cuando se celebran unas elecciones, cuando se conocen los

primeros resultados, los periodistas acudan en busca de los candidatos, tanto de aquellos que sumaron los

mayores números de sufragios, como de quienes les siguieron en el recuento, para conocer sus

impresiones. Y es normal también que en tales casos se produzcan manifestaciones apresuradas, marcadas

unas veces por el signo dé la euforia y otras por el de la amargura que siempre produce no salir triunfante.

Sin embargo, aquí tenemos unas palabras de ese gran malagueño, de ese malagueño ilustre donde los

haya —por dos veces ministro del Gobierno español— José Utrera Molina, pronunciadas poco después de

conocer que los malagueños no le habían concedido los votos suficientes como para ocupar un puesto en

el Senado. Son éstas: "Dije al principio de mi campaña que si no alcanzaba el escaño, le pedía a Dios no

desaprovechar la lección de la derrota, manchándola con el resentimiento o la amargura. Eso pienso

ahora. Cuando se pierde con honor no se llega a perder del todo. Lo importante es haber luchado y

haberlo hecho con limpieza, sin ira y sin odio; pensando solamente en España". "Estoy sereno. Tengo el

alma en paz. Para mí no hay nada mas importante que tener tranquila la conciencia después de haber dado

todo lo que humanamente podía ofrecer". Creemos de verdad que si algún día se escribe el manual del

buen político, del político honrado, del que entiende esta función como el más noble de los servicios,

habrá que dejar en él un lugar preferente para que estas palabras queden transcritas. Difícilmente puede

decirse más en menos, y difícilmente también cabe reflejar de una manera más clara, más terminante, más

sincera, el sentimiento de unos momentos que forzosamente tienen que ser difíciles. Con ellas José Utrera

Molina —Pepe Utrera, ¿por qué no...?— quiere expresar cuál fue la razón que le impulsó a participar en

las elecciones. Están ahí . cuando dice: "...después de haber dado todo lo que humanamente podía ofrecer

. Entró porqué pensó que España y Malaga le necesitaban, en una feria que no le correspondía. Pero ante

la llamada no eligió el camino. Se decidió por el único acceso de que se disponía, y dio el paso. Firme,

enérgico como cuando hace ya muchos años arrancaba el primero delante de su centuria. Si los españoles,

si los malagueños querían otro juego porque sentían la necesidad del cambio, él no podía quedarse ni con

el reloj parado, ni con la posición cómoda de quienes desde la^ tribuna ven pasar-la procesión sin llevar

en ella un capirote y un cirio, por más que el capirote les produzca dolores de cabeza y les repugne el olor

de la cera. Pero es que probablemente Utrera Molina no era de la cofradía que pasaba; ignoraba cómo hay

que llevar el paso, cómo rigen los estatutos, cual es el itinerario a recorrer; en una palabra, que a él no le

fue nunca ofrecerse en el mercado de los hombres, como se ofrecen un dentrífico o un electrodoméstico,

porque entiende de otros valores que están muy por encima de eso, y, aunque cincuenta mil malagueños

pusieran la equis junto a su nombre, otros prefirieron —Dios quiera que hayan acer^ tado, y de todo

corazón se lo deseamos, que es deseárnoslo a nosotros mismos— dejarse llevar por lo que suponía la

renovación, por los que supieron adaptarse a las modernas técnicas, por los que conocían mejor las

pequeñas grandes habilidades del juego y ante cuya perspicacia no hay más remedio que descubrirse res-

petuosamente. Pero, guardar también el mayor respeto, el mayor de los afectos —al menos esa es nuestra

posición— hacia quien hizo de su vida un sacerdocio ejercido ante el altar de Málaga, y que supone al

mismo tiempo una garantía, una reserva de futuro, porque esta tierra tendrá siempre en Utrera Molina al

hombre capaz de servirla sin detenerse a elegir el camino, sin que quepa la negativa movida por el

resentimiento o la amargura".

 

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