Tras las elecciones generales. 
 La gran responsabilidad     
 
 ABC.    17/06/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC. VIERNES, 17 D E JU NIO DE 1977. PAG. 2

TRAS LAS ELECCIONES GENERALES

LA GRAN RESPONSABILIDAD

España se ha manifestado inequívocamente ante las urnas. Apenas si tiene algo que ver con el país avie

políticamente era hace no ya un quinquenio sino apenas dos años. De forma clara y contundente se ha

situado en dos grandes bloques, en los que, afortunadamente, no se dan las circunstancias áe

distanciamiento y enfrentamiento —no son derechas e izquierdas clásicas— que tuvieron» cuarenta y un

años atrás. Una parte, la mayor, se ha inclinado hacia la opción de vida que preconizábamos en estas

mismas páginas, justamente el día de la elección. Al votar centro, al votar Suárez, el país ha elegido,

mayoritariamente, la moderación, el equilibrio, la continuación del camino emprendido por el actual

presidente. La otra parte, el otro bloque, se ´ha ido hacia el socialismo, un socialismo teóricamente

emparentado con sus homólogos europeos, que encabeza Felipe González. La distancia, medida en votos,

que separa a Unión de Centro Democrático y al Partido Socialista Obrero Español del resto de sus

adversarios, convierte a éstos en unas minorías, más o menos significativas, que carecen de fuerza y _de

escaños para erigirse siquiera en mediadores, excepción hecha de los partidos regionales, cuyos diputados

servirán para que los problemas de las diferenciaciones y el logro de las deseadas y deseables autonomías

tengan una mejor y más directa exposición en las nuevas Cortes. Tras estas mínimas reflexiones, la pri-

mera cuestión que se desprende del contundente resultado electoral es la referida a la gran responsabilidad

que tanto Felipe González como Adolfo Suárez acaban de contraer, tanto ante sus numerosos y

entusiastas seguidores como frente al país todo. Si Felipe González ha d« procurar el logro de una forma

de socialismo pragmático, realmente parecido a los socialismos alemán, británico o francés, un socialismo

sin intransigencias mar-xistas, sin fanatizacipnes, que sirva a las lógicas aspiraciones de concordia

política, estabilidad social y desarrollo económico, Adolfo Suárez tiene como objetivo una doble y

sustancial tarea. De un lado, ha de continuar —así lo esperamos y así lo deseamos— como presidente del

Gobierno, llevando a buen término tanto la reforma administrativa como la reforma fiscal y demás

transformaciones que la democracia permite y exige. Del otro, como líder de una agrupación heterogénea,

ha de esforzarse por conseguir que la Unión de Centro deje de ser una oportunísima figura de geometría

electoral para convertirse en un auténtico partido. Aunque para ello cierto* dirigentes de la misma sepan

sacrificar su personalismo. De Felipe González y del Partido Socialista Obrero Español depende, en con

siderable medida, que la paz electoral tenga su lógica continuación en la materialización activa de la

democracia. De Adolfo Suárez, de su gestión presidencial y de su acierto para asegurarse las espaldas en

las Cortes depende, en mayor grado aún, que el rumbo democrático iniciado por el v seguido con entero

convencimiento por el país se consolide y fructifique. Las grandes responsabilidades de los vencedores

son, para cualquier observador políticamente objetivo, c o m -plementarias. Aunque Adolfo Suárez, dada

la magnitud de su victoria electoral, pueda permitirse gobernar con su sola coalición centrista.

Casi tres cuartos de los españoles que acudieron el pasado miércoles a las urnas ha depositado su

confianza en los dos jóvenes líderes. A ambos, pues, corresponde la enorme responsabilidad de no

defraudarlos y de lograr una sociedad más justa, más libre, más honesta y más responsable. Sin

conservadurismos ni re-vanchismos. Una sociedad que aproveche _para lograr su mejora en todos kw

ámbitos de su actividad ia oportunidad brindada al país desde la Corona. Hasta ay«>r, Adolfo Suárez

contaba con la confianza del Rey y con el consenso público hacia la progresión de su tarea

democratizadora. Hasta ayer, Felipe González era el depositario de un ideario, d« la capitanía de unos

partidarios. Hoy, Adolfo Suárez cuenta con un respaldo claro y abundante de su gestión y de su persona

como político, y Felipe González ha pasado de ser un líder popular a convertirse en el depositario de las

esperanzas de paz y de progreso de uno* millones de españoles. Es el momento de gobernar, de unir

esfuerzos y de limar asperezas. La tarea sigue siendo de todos los españoles y, má* que de nadie, de los

dos españoles que han sabido, mayoritariamente en el primer caso y muy destacadamente en el segundo,

conquistar la confianza del país. El problema de los,vencidos en buena lid es muy otro. Ha habido, entre

las opciones definidas como conservadoras, por ejemplo, claros errores de planteamiento, que hoy,

conocida la opinión de loe españoles, aparecen meríduinamenie. L« Es-" paña de 1977, ia España del

Rey, una E«« paña ya democrática, no se siente especialmente obligada por el pasado. Germinaba una

España nueva, sin que algunos hubiesen valorado el cambio que en )sus raíces se había generado con el

paso de los meses y la comprobación de que la inmensa mayoría del electorado miraba exclusivamente al

mañana. Desde estas páginas se han alentado opciones claramente diferenciadas que tenían su bai* «a un

terreno similar de moderación y serenidad. Ha triunfado la má* abierta al futuro. Bienvenida sea.

 

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