Autor: Perpiñá Rodríguez, Antonio. 
   La autogestión y sus contradicciones     
 
 Ya.    08/01/1978.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

YA

LA AUTOGESTIÓN Y SUS CONTRADICCIONES

(Nota preliminar. Este artículo va especialmente dedicado, con afecto a los dirigentes socialistas).

MIENTRAS el socialismo se mantuvo en la cómoda postura de la critica y la oposición ideológica, todo

le iba bien. Le bastaba enfrentar sus ideales puros con la impura realidad capitalina para salir airoso de la

comparación. En lo que sucedió también con el neoliberalismo del siglo XVIII cuando el brillo mental de

la Ilustración se oponía a la cruda realidad histórica del Ancien Régime. Pero vinieron el 1789 y sus

secuelas (concretamente el 1830 de la monarquía burguesa), y entonces el atacante de antaño, hecho ya

carne histórica, hubo de sufrir los embates de la idea socialista. La cuál, a su vez a partir de 1917 hubo de

adoptar cierta actitud defensiva y aun soslayando los dolores del parto revolucionario y las naturales

deficiencias iniciales, lo cierto es que el margen confianza de que se beneficiaba no podía prolongarle

indefinidamente. Como tras 1830 se vio lo que daba de si el "nuevo régimen" burgués, después de los

años 1950 el socialismo mostró ya apenas sin disculpa sus contradicciones con los ideales predicados. Si

el 1789 no trajo la libertad. La igualdad y la fraternidad, el 1917 no aportó el reinado de la justicia social

y de la libertad integral, sino el establecimiento de un régimen político totalitario y desigualitario, donde

una oligarquía político-ideológica sustituye a la oligarquía económica de Occidente. Éste es un hecho

denunciado ya por muchísimas voces y que sólo la pasión o el interés político pueden negar.

AHORA bien los denunciantes no han sido únicamente los capitalistas (tomándose su revancha del

Manifiesto comunista), sino también muchos procedentes del campo socialista. Los cuales no han

renunciado a su idea socialista y, firmes en ella, apuntan desde 1948 una nueva doctrina social redentora:

la autogestión. En escala más modesta. podemos poner en paralelo con las fechas de 1789 y 1917 la de

1950, en que Tito promulgó su primera ley sobre autogestión. Desde entonces este nuevo modelo ha

ganado muchos adeptos; incluso ha dado lugar a intentos de realización (aparte Yugoslavia). que han sido

abortados por la fuerza del estalinismo, en Polonia, Hungría y Checoslovaquia. En el mayo parisiense de

1968 el movimiento se deshizo por si mismo, como el azucarillo en el agua. Pese a todo, la fórmula

subsiste y en España nos encontramos ahora con el socialismo autogestionario del PSOE y la autogestión

asamblearia de la CNT. ¿Ha empezado en 1950 una nueva ilusión o se está Fraguando una nueva

desilusión? Los sociólogos somos desconfiados por temperamento: nuestro realismo nos lleva a aparecer

como "jaimitos" de la política, como enfants terribles de los idealismos colectivos, como "rompeutoplas".

Y tenemos derecho a serlo. Aparte el fracaso real de las dos utopias, la liberal y la comunista, es de la

mayor importancia el constatar que la única utopía moderna que se ha realizado, la del sueno Victoriano

de la gran producción industrial, del gran consumo. etcétera, ha rematado en una sociedad que cada vez

tiene más adversarios. Creemos que algún escritor ha dicho que, en vista de ello, debemos pedir a Dios

que las utopías no se cumplan. La conclusión es excesivamente desgarrada, pero la reflexión y la

experiencia histórica nos autorizan para mirar ahora con recelo a la utopía autogestionaria. Con ánimo

sereno (de quien no tiene nada que ganar o perder personalmente con su triunfo o fracaso) vamos a

intentar ver qué es lo que cabe esperar de la misma. "Voir pour prévoir". decía Augusto Comte.

PODRÍAMOS empezar recurriendo al consabido argumento de autoridad, recordando que las poquísimas

veces que Marx y Engels esbozaron la sociedad del futuro no fue para levantar un Estado omnipotente,

sino, al contrario, para fijarse, en la fugaz organización de la Commune de 1871. paradigma citado

siempre por los autogestionarios y aun por el propio Lenin antes de ocupar el poder. Nosotros,

acogiéndonos a un marxismo más consecuente que el de los marxistas militantes, vamos a olvidar esa

Ilusión utópica de los maestros, utilizando, en cambio, as método de a del capitalismo. Para ellos este

habla de autodestruirse en virtud de dos

contra dicciones internas: una que podemos llamar intraempresarial, que se produce, dentro de las

unidades de producción industrial, y otra extraempresarial, resultante de la acción reciproca de las

mismas. El primer conflicto creado por el modo de producción capitalista radicaba en el que enfrenta

la forma de producción y la de apropiación. Con la empresa capitalista, superado el taller gremial, le

requiere la colaboración de muchos trabajadores en el mismo proceso productivo y la producción se

hace así social, mientras que por el derecho de propiedad capitalista la apropiación de los productos y

beneficios colectivamente creados sigue siendo Individual. Y hay un segundo conflicto allende los límites

de cada empresa. A la economía cerrada y regulada de la Edad Media sucede la producción capitalista,

enormemente desarrollada, con mercado libre y con independencia, incluso competencia, entre las

unidades de producción. Esto se traduce en la anarquía de la producción social, o sea en el conflicto entre

la organización de cada fábrica y la anarquía, del mercado en la sociedad entera (superproducción, crisis,

paro). El marxismo remata en una solución aparentemente única de ambos conflictos: la socialización de

los medios de producción y cambio. Pero si afinamos en el análisis veremos que ahí se encierra también

una c o n t radicción. La superación del conflicto intraempresarial (entre capital y trabajo) lleva a la

propiedad social, cooperativa o corporativa, en que la apropiación de 1 o s productos beneficia a todos los

miembros de la colectividad de trabajo; por el contrario, la solución del conflicto del mercado global

conduce a la propiedad estatal. Se nos dice que con la gran producción industrial sólo la sociedad en su

conjunto puede dirigir racionalmente el proceso de producción y cambio, mas la sociedad, asi y a secas,

es una mera abstracción que únicamente se convierte en sujeto capaz de actividad concreta organizándose

en el Estado. Las dos contradicciones que Marx y Engels encontraron en el capitalismo y la contradicción

de esas dos contradicciones (de sus soluciones lógicas) van a gravitar sobre la viabilidad del socialismo

autogestionario.

EMPEZAREMOS por la segunda. La autogestión no hará más que continuar la ley interna del

capitalismo. A efectos de organización general seré, lo mismo que cada empresa tenga dirección

capitalista, cogestión o autogestión si con ello se mantiene la libre y autónoma marcha de cada fábrica o

firma. El egoísmo de los propietarios será sustituido por el egoísmo colectivo de cada comunidad de

trabajo y estaremos ante una nueva anarquía de la producción social. Yugoslavia ya ha experimentado

este fenómeno. La autogestión se contradice con la gestión estatal, que es imprescindible para evitar dicha

anarquía. Y a esto se añade un segundo conflicto, de carácter intemo. Aparentemente, la eliminación del

elemento capitalista suprime la oposición Interior, pero realmente la suprime para colocar otra en su

lugar; la que media entra los dirigentes y la masa de asalariados. Es que las grandes empresas, base de la

producción industrial, exigen una organización democrática representativa y resulta Imposible que todos

loa miembros del grupo de trabajo intervengan directamente en la gestión, y, como los sociólogos han

denunciado y demostrado, decir representación es decir alienación, que se traduce en la formación de

oligarquías rectoras, separadas y aun opuestas a las masas trabajadoras. Con arreglo a esta ley de hierro de

las oligarquías, la añorada autogestión se traducirá, de hecho en una heterogestión en manos de dirigentes

y burócratas. También en Yugoslavia se ha detectado ya el hecho. En suma, siguiendo el método marxista

(que en buena parte es correcto), nos permitimos denunciar las dos grandes contradiciones del socialismo

autogestionario: intraempresarialmente, la democracia social corporativa entra en conflicto con las

oligarquías (del partido, de las centrales sindicales o del sindicato de empresa); extraempresarialmente, la

autonomía de las diversas empresas llevará, a la anarquía de la producción social y, con ello, a la

necesidad del control estatal.

¿Hemos de abandonar, pues, la idea autogestionaria? Evidentemente, no. Para los que crean en ella como

principio de justicia social añadiremos que contradicción, en buena dialéctica, no es anulación total de

una o ambas partes en pugna; es, o puede ser, la base de una coincidencia oppositorum, una síntesis feliz

de dos fuerzas antagónicas. La contradicción interna de la autogestión puede resolverte no por el sistema

"asambleario" puro (todos los poderes a la asamblea general de productores, siendo los delegados meros

ejecutores destituibles en cualquier momento), que es una ultrautópica anarquía organizada, pero al

renunciando a la democracia directa de participación y aceptando una democracia de control, que deja

cierta libertad a los dirigentes, pero que les vigila. La contradicción externa puede resolverse (también en

Yugoslavia se intenta) combinando con prudencia, política (no con intransigencia dogmática) la

necesidad del plan y la fiscalización del Estado con la relativa iniciativa de las empresas, que limita la

omnipotencia de la burocracia central. Añadiremos, finalmente, que estos dos expedientes

(democracia prudente no demagógica y combinación de centralización y descentralización) son

aplicables a cualquier tipo de "autogestión" que no sea económica (de las universidades, de las regiones,

etcétera). Seguramente sólo hay que hacer una excepción expresa y apriorística: la del grupo familiar.

A. PERPIÑA RODRÍGUEZ

(De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas)

 

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