Autor: Ortí Bordás, José Miguel. 
   Mal de Estado     
 
 ABC.    06/06/1978.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Mal de Estado

Por José Miguel ORTI BORDAS

La democracia es equilibrio. En primer lugar, equilibrio entre la libertad, el poder y el orden,

elementos estos que no admiten supresión ni pueden subsumlrse o aislarse, ya que se

complementan recíprocamente. Hasta el punto de que no merecerá llamarse democrático un

sistema en el que la libertad no pueda ejercerse, el poder se encuentre atrofiado o el orden

brille por su ausencia. Y si alguno de los mencionados elementos pesa más que los restantes,

se podrá hablar, a lo sumo, de democracia enferma. En segundo lugar, equilibrio entre los

poderes legislativo, ejecutivo y judicial, que, aunque estén separados, no por ello dejan de

necesitar una muy atenta nivelación en el desarrollo de sus funciones. La eliminación de

cualesquiera de ellos deslegitima al sistema democrático; su sumisión a otro, lo desnaturaliza.

Esto es tan obvio que no vale la pena insistir lo más mínimo sobre el particular. Y ello pese a

que, después de la lúcida contribución de Garre de Malberg a la teoría general del Estado, más

que de división de poderes debería realmente de hablarse de jerarqulzación y gradación de los

mismos.

Pues bien, la supremacía ilimitada del poder legislativo constituye uno de los más típicos

ejemplos de desequilibrio, Es ella la que ha rodeado de connotaciones negativas, primero, y

francamente peyorativas, después, al término parlamentarismo. Por su parte, el mayor y más

grave frente de critica contra la democracia como forma política se debe al absoluto predominio

del Parlamento en el interior de no pocos sistemas democráticos. Y fue la indiscutible

prepotencia de la Asamblea la que terminó por hundir, entre la más supina indiferencia, a la IV

República francesa y la que, en medio de un hondo y generalizado escepticismo, na conducido

a la actual República Italiana a su presente nivel de disolución y de insolvencia.

Quienes vivieron la experiencia francesa y están sufriendo la Italiana saben mucho de este

auténtico mal de Estado. Saben que, gracias a él, la responsabilidad se difumina entre el

Gobierno y los partidos hasta convertirse en inaprensible. Saben que existe y se extiende por

todas partes una especie de Inacción colectiva que acaba por paralizarlo todo. Saben que se

cumple con dramática exactitud la llamada ley de la neutralización recíproca, en virtud de la

cual las distintas piezas del juego político se reducen, mutuamente, a la impotencia. Saben que

se inmoviliza el sistema, porque la Asamblea todopoderosa no puede permitir la reforma de un

régimen del que es reina y señora, aunque para serlo tenga que renunciar a hacer uso de los

poderes que atesora. Se cae, así, en la debilidad leucémica del poder ejecutivo Y, lo que

todavía es más grave, en la institucionalización de la inestabilidad gubernamental.

El resudado salta a la vista: los Gobiernos se suceden unos a otros como la noche sigue al día,

su efímera vida se convierte en costumbre y su poca energía se consume en la exclusiva tarea

de intentar retrasar por todos los medios su caída ineluctable. El normal ejercicio de la acción

de gobierno se evapora rápida e ininterrumpidamente hasta no quedar de ella más que el poso

pobre del recuerdo. De tarde en tarde, una voz se levanta para diagnosticar la enfermedad que

todo lo carcome, como la de Pierre Pflimlin en su discurso de investidura, el 13 de mayo de

1958, poco antes de que los franceses reclamasen el regreso del general De .Gaulle: Está

Claro que nuestras libertades no serán salvaguardadas más que en el caso de que la

autoridad, /a fuerza y •el prestigio vuelvan a ser, con la duración, los atributos del poder.* Pero

su sonido se pierde en el aburrimiento, la abulia y el marasmo.

Semejante* cuadro patológico se complica Infinitamente allí donde la supremacía del

Parlamento se asienta sobre el multipartidismo y un sistema electoral proporcional, puesto que

estos dos nuevos Ingredientes poseen la cualidad de fraccionar al máximo la representación y

de impedir, en consecuencia, la formación de auténticas mayorías parlamentarias. De tal

carencia nace la falta de dirección política nacional, surgen los Gobiernos de coalición y aflora

la progresiva segmentación de partidos y de equipos gubernamentales. El mal dé Estado ya no

se oculte ni se disimula. Simplemente se sooorta. Con impotente y fatalista resignación por

parte de las víctimas; es decir, de los ciudadanos. Porqué su energía ha ido siendo

progresivamente secuestrada a lo largo del proceso y ya no les reste más que mucha

desilusión, bástente desencanto, algo de hipocondría y un poco de amargo desvalimiento.

La inestabilidad gubernamental se transforma en inestabilidad política. Los especialistas se

dedican a confeccionar ilustrativas tablas de duración de los diferentes Gobiernos mientras

éstos, sin cohesión ni autoridad uolftica o moral ninguna, se extinguen silenciosamente como

vacilantes llamas de delgadas y cortas velas. Se entra, incluso, en lo que, en Italia, Depretis ha

denominado «el transformismo, y que más o menos consiste no ya en sucederse los unos a los

otros, sino en sucederse los unos a si mismos, sin necesidad de cambiar de programa, ni de

política, ni de hombres. ¿Para qué? al fin y al cabo, todo esfuerzo resufta baldío, y la clase

política instalada es la que mejor lo sabe. La inestabilidad política se consagra y consolida con

la fuerza, el vigor y la saña de todo lo prohibido. La Incertidumbre se adueña del ánimo

colectivo, la inseguridad esclaviza a la ciudadanía y la desorientación campa por sus respetos.

No hay más futuro que el mezquino horizonte de sobrevivir a un presente sin dignidad. Se

asesina a las esperanzas nacionales por la espalda y sólo queda la Insolvencia económica, la

lucha social y la degradación moral.

El Estado acaba arrodillándose ante esa realidad. ¿Acaso los políticos no repiten sin descanso

que a la realidad hay que respetaría, que a la realidad no hay quien la doblegue, que la realidad

termina siempre por imponerse? El Estado se agita en la impotencia a la que ha consentido

sulcidamente que se le reduzca. No tiene fuerza para Ilusionar, dirigir, impulsar o proteger.

Cobra conciencia de su propia y creciente inutilidad, se repliega al fondo de su covachuela

como caracol asustado y se convierte en un sofisticado sistema de permanentes inhibiciones.

Caricatura de sí mismo, fantasmal apariencia, desapercibido residuo, abandona el poder en

medio de la calle. Y en la calle se lo disputan a dentelladas los fanáticos y los sectarios, los

radicales y los extremistas —que son los que .ya ostentan buena parte del poder de coacción—

en tanto gobernantes y políticos prosiguen con su indiferencia y sus plácidas digestiones.

Cuando el nivel de lodo sobrepasa todas las previsiones y la monstruosidad de un hecho

estremece la entera espina dorsal del país, se lamenta hipócritamente. Es la ciénaga. Sí, la

ciénaga sobre la que, de vez en cuando, hay que rezar una oración apresurada o depositar ta

humilde y mínima realidad de una flor desmayada y desatendida. Aldo Moro ya sabe algo de

eso. Aldo Moro ya sabe en qué consiste el mal de Estado que él mismo contribuyó

decisivamente a generar.

Aldo Moro ya lo sabe. A ciencia cierta. Para siempre. ¿Pero lo saben sus compañeros de

partido y de Gobierno? ¿Lo sabe el pueblo italiano? ¿Lo sabemos, por ventura, nosotros

mismos, los españoles de 1978, situados, como estamos, en el umbral de una nueva

Constitución?

 

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