Autor: Chueca Goitia, Fernando. 
   Parálisis administrativa     
 
 ABC.    16/07/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DOMINGO, 16 DE JULIO DE 1978. PAG. 3

PARÁLISIS ADMINISTRATIVA

Por Fernando CHUECA GOITIA

Decía Unamuno, y es casi un «leit-motiv» de su obra, que por debajo de la historia de los acontecimientos

visibles existe otra profunda e invisible en la que nadie repara. Como en los iceberg, la masa que

sobrenada es mínima con relación a 1a que está sumergida. Lo mismo pasa con la política nacional. Nos

parece que el pais se mueve en todos los campos con gran actividad y aunque los resultados sean mejores

o peores esto no impide su fundamental dinamismo. Esto es hasta cierto punto verdad si consideramos lo

que en principio vemos y lo que nos dicen los periódicos de cada día. Todo anda, todo bulle y todo se

agita. ¿Pero qué pasa por debajo de esta superficie convulsa como la de las olas del mar? Pasa que,

paradójicamente, coexiste con este dinamismo una especie de artrosis que tiene entumecidos los

miembros del cuerpo nacional y, en cierto modo, ese fenómeno es consecuencia de una Administración

que, salvo cubrir las apariencias, no sabe qué camino tomar y se escuda en el pretexto de una forzada

interinidad hasta que no se abra paso al necesario proceso institucional. No hay todavía Constitución, el

Régimen local es un residuo pretérito, la Organización Sindical ha pasudo del verticalismo al marxismo

sin ningún tipo de controversia, negociación o parada intermedia (donde querían llegar muchos viajeros);

los partidos políticos, hasta los históricos, parecen recién nacidos y todos creen que con prometer pasar

por la prueba un Congreso ya quedarán dados de alta como mayores de edad, saber y gobierno. Así no

podemos decir que vamos tirando, sino que, por el contrario, nos vamos inmovilizando como el vehículo

que por mucho que giren sus ruedas no hace sino hundirlas más en el fango.

Se ha hablado tanto y cuanto de inmovilismo y cuando hemos empleado esta palabras hemos dado a

entender que se trataba de esclerosis política, consecuencia de una dictadura cerrada a todo aperturismo y

a toda posibilidad de revisión o reforma. Para eso existían unos principios inmutables o Leyes

Fundamentales, que parecían escritos sobre la cumbre de un Sinaí por la mano del Eterno. Pero hay

muchos tipos de inmovilismo y hoy nos acecha otro, acaso menos peligroso que aquel inmovilismo

litúrgico y trascendental, pero que no podemos desconocer ni menos desestimar. Nadie quiere asumir hoy

en España los riesgos que le corresponden, los más altos para los que están en la cúspide, los más

modestos para los que gobiernan o administran su pequeña ínsula.

Todos hemos tomado postura, muy cómoda por cierto, para cargar a la interinidad por que atraviesa la

sociedad española nuestras culpas, y de esta manera autojustificarnos.

Los Ayuntamientos no funcionan; los unos, porque esperan su nada heroico final y no quieren

comprometerse ni frente a la sociedad ni frente a si mismos; los otros, porque de nombramiento eventual

están más que otra cosa preparando su perduración a través de las urnas.

Unos Ayuntamientos dimiten en bloque cuando se sienten acosados por los embates de un oleaje que en

ningún caso exige soluciones constructivas, sino que se limita a erosionar pertinazmente e1 edificio

administrativo; otros acomodan su navegación al oleaje o, todavía mejor, no salen del puerto. Se han

sugerido fórmulas de compromiso para que los Municipios anden en e1 ínterin de las próximas

elecciones, pero ninguna es fácil de aplicar con carácter mas o menos general. Sólo leves cambios,

sustituyendo alcaldes o concejales del antiguo régimen por otros elegidos gubernamentalmente. Que

acaso se encuentran más comprometidos, más tenebrosos, y con menos ganas de actuar asumiendo

responsabilidades, es todo lo que tímidamente se ha hecho. Pero los problemas resbalan por los

Ayuntamientos por falta de energía, y temas como el de los transportes, urbanismo y vivienda van y

vienen por los despachos y los gabinetes técnicos sin que ninguna autoridad se atreva a resolverlos. En

esta situación nada pueden hacer los hombres de ideas claras y voluntad constructiva, y salen a la

superficie imponiendo sus ambigüedades los vacilantes, los timoratos, los que contunden más las cosas

con sus, de por sí, confusas cabezas.

Con esta administración superabundante que circula por vericuetos kafkianos, pocos expedientes llegan a

buen fin, para desesperación de aquellos que se ven envueltos en sus mallas, sin posibilidad de salida,

mientras ven agotarse sus recursos y su paciencia hasta llegar a la. desesperanza y el abandonismo. Pero

el funcionario en esta tesitura parece no, preocuparse y considerar lógico que la maquina burocrática

carezca de otra finalidad que marchar en el vacío despegada de la realidad con una especie de

masoquismo autogratificante.

Lo mismo que sucede con los Ayuntamientos, la parálisis invade los cuerpos todos de la Administración

del Estado, donde una burocracia viciada y siempre propensa a las dilaciones y cortapisas

procedimentales se encuentra ahora a su anchas en un constante encogerse de hombros, frente a

circunstancia o coyunturas que están por encima de sus posibilidades de actuación para remediarlas.

Para que esta parálisis aumente se produce otro fenómeno curioso. Los que de alguna forma están, por

oficio, llamados a intervenir en las cosas, no intervienen por lo que venimos diciendo: interinidad,

desánimo, temor, desconcierto, aversión a la responsabilidad, cautela, comodidad o lo que se quiera. En

cambio, salen espontáneos que se tiran al ruedo y que se creen con derecho a lidiar el toro con tantos

títulos como los matadores del cartel. Algunos piensan que la democracia es eso, que todos tienen

derecho a intervenir en todo. Los vecinos del barrio a redactar planes de urbanismo; los alumnos

universitarios, a definir los programas de las asignaturas, a señalar cómo deben ser los exámenes y dirigir

los claustros que ya no son de profesores; cualquier asociación de amigos, a pontificar sobre economía,

derecho o cultura, como si ellos lo tuvieran todo resuelto, y así via diciendo. Claro que se tiran al ruedo y

luego no torean ni dejan torear. Con esto la parálisis aumenta y todo sigue cada vez más confuso. Los

responsables se eximen de su responsabilidad y los irresponsables pretenden asumir la que no les

corresponde. Tenemos que predicar a todos los que nos quieran oír que esto nada tiene que ver con la

democracia y sí con 1a lisa y llana estupidez. La democracia, el menos malo de los regímenes posibles, es

el más delicado de todos ellos. Le pasa lo que a los animales superiores, que en su perfección llevan su

debilidad. Es también como un bello jardín que es de todos y para todos, pero que tiene que tener sus

jardineros que lo rieguen y lo mantengan. El gran parque nacional de la democracia requiere una infinidad

de Jardineros hábiles, eficaces y desinteresados, todos en su sitio y, por supuesto, ningún ocioso.

 

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