Autor: Serrano Suñer, Ramón. 
   De los silencios en mis memorias     
 
 ABC.    18/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

DE LOS SILENCIOS EN MIS MEMORIAS

LA redacción y publicación de unas memorias no significa que lo que no está en ellas haya sido

silenciado de Intento por el autor. Unas veces el re* cuerdo se oscurece, desdibujándose

hechos, situaciones, personas y cosas; otras, aquellas que pudieran interesar especialmente a

algunos lectores, carecen de relevancia en el cuadro general que ae describe o para las

relaciones que pudieran tener con quien las relata. , No puede recordarse todo y han de

producirse inevitables omisiones que, algunas veces, incluso obedecen al carácter de los

sucesos que se narran. Pero eso no es borrar la Historia ni cometer la Indignidad de

manipularla, falsificarla, a la medida desañudos resentimientos o conveniencias sectarias,

utilizando los hechos a retazos o desconociéndolos en su realidad total. Por otra parte yo no he

pretendido escribir un tratado de Historia, sino simplemente he aspirado a servirla, aportando

datos, documentos de interés, materiales que puedan ser útiles para el trábajo sistemático y

riguroso de los historiadores profesionales. , En mi libro me he esforzado —no sé si con éxito—

en revelar cosas y situaciones que he vivido, que forman parte de mi propia vida, tal como las

vi, como fueron. He intentado honradamente exponer los acontecimientos según se produjeron,

colocándolos en su sitio y dándoles su auténtica significación, sin ánimo desfigurador. He

aplaudido y exaltado conductas, he dedicado elogios y censuras lo mismo a personas afines

que adversarias, describiéndolas según me ha parecido justo, sin prejuicios ni rencores y

a~veces con humor.

A estas alturas de la vida, en la cima del tiempo Individual, cuándo se han dejado atrás

ilusiones y esperanzas, horrores, sufrimientos y desengaños —también errores—, hemos de

considerar todo con Independencia y con sinceridad y así lo que hagamos, por poco y pobre

que sea, podrá tener algún valor. Buenos amigos, con reproche afectuoso, me han señalado

algún olvido. Recientemente —sirva de ejemplo— Manuel alcon se lamentaba de que no haya

habido en las Memorias un hueco para el Consejo de la Hispanidad», noble empeño en que los

dos participamos contando ron la ilustreactividad de don Ramón Menéndez Pidal al frente de su

dirección de Cultura, quien prologó nuestra edición facsimil de las Leves de Indias. El Instituto

de Cultura Hispánica, más tarde, continuó, con medios cuantiosos, aquellas tareas. El profesor

Velarde Fuertes, después de señalar en el libro algunas aportaciones valiosas, formula

fundadas observaciones, que agradezco, especialmente la falta de atención al entramado

económfco del país.

Hay otros reproches movidos por la hostilidad y el resentimiento. Recientemente se me ha

señalado, como omisión del libro, lo ocurrido con el diputado socialista por Almería, Pradal, en

las Cortes de la República, en el ano 1933. Recordaré el caso: Formando yo parte de la

Comisión de Actas de aquellas Cortes estudié —con el detenimiento con que debe proceder

siempre el Juzgado la impugnación de que había sido , Ja elección de aquél; y a! advertir era

fundada formulé "un –voto particular»; uniendo el mío al de los diputados socialistas José Prat,

Teodomiro Menéndez y Gómez San José —por fortuna viven y están entre nosotros los dos

primeros—, siendo aquella actitud mía agradecida por el Interesado y otros compañeros suyos

de minoría, entre los que recuerdo especialmente a Jiménez de Asúa y a Bugeda.

Ya en este terreno señalaré, yo mismo, otro, olvido mío, mayor y más importanter.celebradas

nuevas elecciones a diputados a Cortes en 1936, y perteneciendo también a la Comisión de

Actes de aquéllas, demostré ante la Cámara, con un estudio minucioso y exhaustivo del

expediente electoral, que José Antonio había resultado elegido diputado por Cuenca.

Desgraciadamente la minoría socialista no correspondió entonces con su actitud a ja que yo,

noblemente, había observado con ella en el caso antes referido, y a Primo de Rivera se le

arrebató un acta que había ganado, lo que, estando preso en la cárcel y en aquel ambiente

prerrevoluclonario, significaba de hecho condenarle a no salir ya nunca de allí y al sacrificio.

Vino después la guerra civil y, con ella, todos los horrores conocidos: entre otros los de la

Cárcel Modelo, la noche alucinante del 22 de agosto, el asalto. Allí donde se nos había llevado

oficialmente para proteger nuestras vidas pero donde no nos esperaba más que la muerte,

todos procuramos aliviar de alguna manera nuestra situación y-yo dirigí al diputado Pradal —en

recuerdo de nuestra relación anterior— una carta pidiendo su apoyo, aunque nada pudo hacer

por mí. Con este motivo, y con notoria malignidad, se me ha querido recordar qué luego,

estando aquél exiliado en Francia, se solicitó su extradición como si de una decisión personal

mía se tratara, cuando la extradición, como es sabido, es un acto de Gobierno. Fue el fiscal del

Tribunal Supremo e Inspector de la Causa General quien, para dar cumplimiento a orden

dictada por el Ministerio de Justicia, envió testimonio del auto de procesamiento y prisión del

citado diputado al Ministerio de Asuntos Exteriores {fuera quien fuera el ministro) para el mero

trámite de cursar la solicitud de extradición que, por fortuna, no fue concedida.

Finalmente, y especulando políticamente, una vez más, con la tragedla de la guerra civil, se ha

señalado como otro olvido una infame patraña que ha venido arrastrándose veinte años: Prieto,

en sus •Cartas a un escultor», Impresionado por una falsa información que alguien le diera,

escribió, con gran ligereza y con su habitual vehemencia, que un amigo suyo _—Ricardo.

Herráiz Esteve—, que había recibido del Ministerio de la Gobernación toda clase de

seguridades para poder regresar a España una vez terminado el conflicto, al entrar en Madrid

fue ajusticiado. Los glosadores de tan sombría invención te han venido repitiendo

miserablemente. Pero hoy, el testimonio público y directo del catedrático de la Universidad

Politécnica de Madrid, don Antonio Canseco, sobrino de don Ricardo Herráiz Esteve y con

quien vivía en la misma casa, ha defado constancia cierta de que no hubo tal fusilamiento y que

al señor Herráiz ni se le interrogó ni se le detuvo, ni se le causó la menor incomodidad. Había

solicitado el permiso de entrada que le concedí en tullo de 1939; se presentó aquí en seguida y

vivió tranquilamente, con los suyos, seis años en su hogar de Madrid, sin ocultarse nunca,

haste 1945 en que murió.

En 1961, .en cuanto tuve conocimiento de ten falsa acusación de Prieto, le escribí para sacarle

de su.error. Y pienso si mi carta sería Interceptada, porque nunca se manifestó acerca de ella.

No obstante, al referirme en mis Memorias a su personalidad política y humana lo hice con la

mayor objetividad posible, como hago constar en nota que figura al pie de una de sus páginas,

pues no he querido olvidar que, cuando persona próxima a mí, siendo él ministro, fue a pedirle

protección, la acogió con la mayor consideración, lamentando no poderlo hacer y dictándole,

con su desenfado característico: «¿Cómo voy a prometerle seguridad para él si yo mismo no la

tengo para mí?» Así son de Irracionales y crueles las revoluciones.

Estos y otros —olvidados o recordados— son tristes .episodios ocurridos en unas y otras filas:

ferocidades y miserias junto a heroísmos que forman parte de nuestra Historia. De esta España

que en distintas situaciones políticas, tanto de izquierdas como de derechas, ha desterrado,

encarcelado y eliminado a hombres inteligentes y de nobles sentimientos, de gran patriotismo.

Es el ímpetu racial más Inclinado a exterminar que a convencer: a destruir al oponente y hacer

tabla rasa con todo, pensando sólo en la creación •ex novo, como si Esparta no tuviera siglos

atrás o no hubiera en el mundo otros valores.´

Todos —o al rnenos muchos—• hemos sufrido; y padecido pasiones, ofuscaciones, y cometido

errores. Sh no lo admitiéramos asf nunca saldríamos del estancamiento político y

permaneceríamos en las disensiones y luchas fratricidas. A consecuencia de estas pasiones

exacerbadas se ha producido muchas veces un gran desconocimiento de los españoles entre

sí y podemos hoy tener la convicción de que, algunos de los que fueron sus víctimas,

necesariamente habrían tenido que ser tratados.de otra manera de haber sido conocido a

tiempo su verdadero espíritu.

Una comunidad no es un conglomerado de hombres que viven juntos en un mismo territorio; es

—ha de ser— algo más, donde la convivencia entre ciudadanos, con diferencias de ideas y

aspiraciones, sea posible al estar unidos por una solidaridad última y por una recíproca

tolerancia. La animadversión, el rencor, la pasión que destruye y aniquila, son lo más contrario

a los necesarios principios Integradores de la vida de un pueblo.La libertad moral del hombre

ha de conducirle al reconocimiento de sus equivocaciones, a la rectificación de sus errores y

sentimientos. Hay que desear que la razón, el espíritu analítico y filosófico, la educación

política, nos lleven a la tolerancia mediante la supresión del fanatismo, acabando con aquellos

factores negativos que, desde hace casi dos siglos, han hecho oscilar la vida de esta España

nuestra, entrañable y difícil, entre las dictaduras y la anarquía.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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