Autor: Gil-Robles, José María. 
   Partidos y partitocracia     
 
 ABC.    20/12/1978.  Página: 3 y 5. Páginas: 2. Párrafos: 20. 

PARTIDOS Y PARTITOCRACIA

Por José María GIL ROBLES

TENGO sobre mi mesa de trabajo un librito en dos volúmenes, obsequio valiosísimo de una

querida y ejemplar familia de la estirpe de Cánovas del Castillo. Es una recopilación de los

artículos a través de los cuales polemizó don Emilio Castelar con el poeta don Ramón de

Campoamor allá por el año 53 del pasado siglo. El ejemplar de este libro, publicado en 1830

con el titulo de «La fórmula del progreso", puede considerarse único. Procede de la biblioteca

de don Antonio y tiene acotaciones a lápiz -fácilmente legibles a pesar del tiempo

transcurrido- hechas por el propio gran artífice de la Restauración. Dos de esas acotaciones

han atraído especialmente mi atención en los momentos actuales.

En una prosa cuyas brillantes imágenes corren parejas con las de su grandilocuente oratoria,

Castelar arranca de la que considera la esencia de la naturaleza misma en que "cada ser es un

eslabón de una cadena, un término de una serie" para sostener la pervivencia de los partículos

políticos. "La idea política es una serie. Esa serie nadie puede romperla, nadie puede

quebrantarla. Los partidos existirán siempre, como existirán siempre las leyes de la conciencia,

las leyes de la naturaleza. Los que no sirvan a la causa del progreso, los que no recuerden

nada, los que no conserven nada, los que no prometan nada, morirán. Pero habrá siempre

partidos de recuerdos, partidos de conservación, partidos de esperanzas.»

Nuestros políticos de los últimos ciento setenta años fueron -todos hemos sido- sin

excepción hombres de partido. De partidos conservadores o revolucionarios, avanzados o

retrógrados, idealistas o pragmáticos, usufructuarios del poder o testimoniales de recuerdo o

esperanza. Pero todos actuando en el ámbito de unas instituciones que no habían merecido de

nuestras asambleas constituyentes no ya una ordenación básica, sino ni siquiera la más leve

mención.

La Constitución elaborada en 1978 ha sido la primera de nuestra Historia que no sólo ha

incluido el reconocimiento de los partidos en su texto, sino que lo ha hecho en el título

preliminar al lado de las solemnes declaraciones sobre la soberanía nacional, la forma política

del Estado, la unidad indisoluble de la nación, la oficialidad de la lengua castellana, la prioridad

de la bandera de la patria y el papel de las Fuerzas Armadas. Aunque en ese trato preferente

haya algo de exageración, el reconocimiento de la trascendencia de los partidos es un mérito

que no se puede regatear a la nueva lev fundamental.

Porque el papel básico que los par»dos desempeñan en la vida pública de todos los países

democráticos es algo imposible de negar. Tienen, como decía lord Bryce, la misión de poner

orden en el caos multitudinario de los electores; agrupan a los hombres en torno a

concepciones Ideológicas más o menos vinculadas a sus propios intereses; actúan por lo

mismo como puentes tendidos entre el individuo y la colectividad; conectan al poder con la

opinión en e! Interregno de las consultas electorales; y facilitan la selección de los dirigentes.

¿En qué medida quieren y pueden los partidos políticos en la actual sociedad española cumplir

esa compleja y delicada misión?

En una mezcla harto perceptible de lógica reacción contra cuarenta años de antipartidismo

agresivo, y de conveniencias personales mal disimuladas, los partidos políticos de nueva

creación o salidos de la clandestinidad se han esforzado, al menos en su gran mayoría, por

erigirse en centro de la vida política y motor decisivo del cambio institucional

Como pasa en todas las reacciones, se ha rebasado el punto central del equilibrio. Se ha

olvidado que toda institución improvisada no puede actuar como elemento estabilizador desde

el primer día.

Un partido medianamente consolidado, o que aspire a superar el confusionismo que se origina

en todo cambio radical de régimen, precisa, para no convertirse en elemento perturbador, un

ideario bien definido sostenido por una convicción muy sólida, una disciplina a un tiempo

coherente y flexible y una dirección firme asentada ante todo en el prestigio moral.

La realidad de esos factores es, en buena parte, el lógica resultado d e 1 tiempo y de las

circunstancias en q u e el partido ha vivido y de las finalidades perseguidas al surgir a la vida

pública. Los partidos que durante los períodos autoritarios han vivido las dificultades y los

riesgos de la clandestinidad suelen adquirir una mayor fortaleza interna, máxime si al mismo

tiempo que en defensa de una doctrina actúan como representantes y defensores de legítimos

intereses de clase. El día que pasan de la clandestinidad a la libertad están en condiciones de

captar numerosos adheridos y ocupar un puesto destacado en la vida política del país. Si no lo

consiguen, porque sus adheridos potenciales prefieren acogerse a grupos políticos más

rentables, siempre les queda el aglutinante de un ideal; que si de momento les convierte en

partidos poco más que testimoniales, no les cierra el camino hacia el Poder -meta de todas

las formaciones partidistas- el día en que la fidelidad a unos principios pese en el ánimo de

las masas más que las ventajas interesadas y engañosas.

Mas difícil es que logre cumplir con eficacia las nobles misiones de un partido de ideales el que

se improvisa desde el Poder en momentos de crisis. Sin tiempo de depurar y aquilatar un

ideario, obligado por imperio de las circunstancias a utilizar en su estructuración materiales de

derribo al lado de otros más sólidos y más nobles, es difícil que resista a la tentación de

emplear a su favor los variados y potentísimos medios que brinda la posesión del Poder. Por un

deslizamiento insensible -y humanamente harto explicable- el partido que gobierna desde su

nacimiento va convirtiéndose para sus adeptos en un fin en lugar de ser un medio para más

elevadas empresas. Por mucha que sea la rectitud de quienes lo dirigen y componen, el deseo

de permanencia en el mando prima sobre las exigencias de un Ideal que no ha tenido tiempo

de definirse y purificarse.

En virtud de una deformación difícilmente evitable, el partido tiende a convertirse en grupo de

intereses más que en condensador de doctrinas; confunde incluso de buena fe su predominio

con e! bien de la colectividad; y practica la selección de los dirigentes con criterios cuantitativos.

Como el partido busca -y el propósito es perfectamente legítimo- llegar al Poder o

mantenerse en su ejercicio, y como para ello precisa en un régimen parlamentario disponer del

mayor número posible de puestos en las Cámaras, en la selección de candidatos se impone

con sobrada frecuencia el factor de influencia política o social en la circunscripción electoral,

aunque esa influencia no responda a una mayor calidad de la persona. Se produce así el

fenómeno q u e el tratadista norteamericano Fíner señalaba en su obra Theory and practlce of

modern Government», de que hay y ha habido siempre partidos que prefieren escaños sin

cerebros a cerebros sin escaños.

Por este camino se corre el riesgo de que una parte de los parlamentarios no llegue a las

Cámaras por obra de una selección cualitativa. Esto se traduce inevitablemente en el manejo

del grupo por su minoría dirigente más preparada o más audaz, que puede sucumbir a la

tentación de legislar y negociar en beneficio de su posición en el partido más que en provecho

de la colectividad. Para ello se puede manejar en nombre de la disciplina del grupo una masa

de representantes dóciles y agradecidos. Nace así un régimen de partitocracia que, en fin ds

cuentas, se traduce en la sustitución de la democracia por la oligarquía.

El mal, repito, no es exclusivo de España. Tampoco sería justo atribuir su Implantación a la

mala fe. Constituye un peligro, por desgracia no teórica, al que puede favorecer el mecanismo

constitucional de relación de los poderes públicos que concede al jefe del Estado facultades

arbitrales más teóricas que efectivas.

Al marchar por ese camino se podría caer en una forma de tiranía que el verbo caudaloso de

Castelar fustigaba en otro párrafo de su libro, acotado al margen por el lápiz de Cánovas del

Castillo: «Conceded el derecho de sufragio a todo un pueblo, ceñidle la corona de su

soberanía, rodeadlo de todo el poder Imaginable, y dejad a su libre arbitrio la justicia y el

derecho; y habréis constituido una tiranía aun más temible que la tiranía de los reyes, y habréis

matado la libertad con muerte más certera y más dolorosa.

Con la agravante en este caso de que lo que Castelar consideraba una forma de tiranía se

implantaría no por la pasión desbordada de un pueblo, sino por obra de una minoría

suplantadora de la voluntad de los ciudadanos.

Hoy por hoy, a falta de soluciones más eficaces que en la nueva ley fundamental no están

previstas, corresponde a los ciudadanos mostrarse alerta y actuar con la posible eficacia para

corregir esa desviación a través de organizaciones políticas que actúen como simples

Instrumentos del bien común. También incumbe a los medios de comunicación social que sean

verdaderamente independientes.

En una coyuntura como la actual en. que se ha puesto en manos de un solo hombre la decisión

d e I futuro político inmediato, I a s elocuentes advertencias de Castelar, subrayadas por

Cánovas del Castillo, revisten un innegable valor de actualidad.

José María GIL ROBLES

 

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