Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   El Rey y la reconciliación nacional     
 
 ABC.    16/12/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL REY Y LA RECONCILIACIÓN NACIONAL

EL español medio no ha llegado a captar la inmensa trascendencia de los viajes realizados por

los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía en el continente americano. Y sin embargo, el triunfa!

recorrido de los jóvenes Monarcas por los antiguos virreinatos -hace dos años. Nueva

Granada (Colombia); apenas hace un mes. Nueva España (México), Perú y el Río de la Plata

(Argentina)- constituye el acontecimiento más importante que la vida común de las Españas

«de acá y de allá" registra desde los críticos días de la emancipación. Dejo a un lado los

numerosos aspectos positivos que en el orden diplomático, en el orden económico, en el orden

cultural ofrece este feliz «reencuentro", inimaginable en fechas no lejanas; quiero detenerme

sólo en aquello que, desde mi punto de vista, le da un valor máximo de cara a nuestro

conflictivo pasado próximo.

En ¡a ciudad de México Don Juan Carlos recibió la conmovedora visita de una anciana,

verdadera gran dama en el tono y en el gesto, en la discreción con que en otro tiempo supo

encarnar -sin que nadie lo advirtiera- el primer papel femenino de la vida social española:

me refiero a doña Dolores Rivas, viuda del presidente Azaña. ¡Lo que hubiera dado Manue! por

ver esto...! -dijo, con lágrimas de emoción en el rostro-. El quiso siempre la reconciliación

entre todos los españoles...» El Azaña de la «reconciliación entre todos los españoles» era el

atormentado y agónico presidente que estaba ya de vuelta de sus antiguas exaltaciones

jacobinas. El que en el gran discurso pronunciado en Valencia, en enero de 1937. dijo: «La

paz... [ ] no será un triunfo personal, porque cuando se tiene el dolor de español que yo tengo

en el alma, no se triunfa personalmente contra compatriotas.. El que en julio de 1938 -ya

próximo el final de la guerra civil- proclamó, emocionadamente: «Cuando la antorcha pase a

otras manos, a otros hombres, a otras generaciones..., si alguna vez sienten que les hierve la

sangre iracunda y otra vez e! genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el

odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la

de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla... y que ahora, abrigados en la

tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz.

tranquila y remota como ía de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus

hijos: Paz. Piedad y Perdón...»

El hombre que se hacía eco emocionado de estas palabras -cuarenta años después de que

fueran pronunciadas-, al contestar a doña Dolores Rivas en la entrevista histórica de México,

no podía ser, por definición, imagen de una parcialidad política. Es España..., España que

viene a ´a Argentina», diría luego, en Buenos Aires, uno de los hombres más fieles al espíritu

democrático naufragado en 1939 -don Claudio SánchezAlbornoz-. al encontrarse, él

también, con el Rey que le traía expresamente testimonio del recuerdo y la veneración dé la

patria lejana. Así, la presencia de Don Juan Carlos venia a sellar la reconciliación entre los

españoles que separó la guerra; y los exiliados de entonces -los que efectivamente vivieron y

padecieron el conflicto, y sus peores consecuencias, al verse arrancados de sus más

entrañables raíces- aclamaban al Rey de todos /os españoles, definido siempre en la

superación de parciales enfrentamientos.

Por desgracia, aún quedan entre nosotros muchos que no están dispuestos a olvidar -o que,

demasiado jóvenes para poder «recordar", se hallan prestos a reabrir heridas que debieron

quedar cerradas mucho tiempo ha; como cerradas están las heridas de esos exiliados que han

recobrado, por fin, la imagen de España en la imagen del Rey-. En la ensordecedora

campaña propagandística que precedió al último «referéndum", al no venía preconizado desde

dos actitudes contrapuestas y antagónicas: o la de una extrema izquierda que no se tomaba el

trabajo de "enterarse" -tales eran las cosas que atribuía a la Constitución- o la de una

ultraderecha lanzada a resucitar viejos fantasmas que ni el más despierto lince hubiera

acertado a hallar en el texto constitucional. La contradicción en los argumentos utilizados por

unos y por otros para justificar su rechazo -«ningún voto de izquierdas para una Constitución

de derechas»; «ningún voto de derechas para una Constitución de izquierdas»; no a la

Constitución capitalista»; no a la Constitución marxista; «no a la Constitución centralista: no a la

Constitución desiníegradora»- era el mejor impulso para que cualquier ser raciona! -quiero

decir, capaz de ejercitar la facultad de razonar- se decidiera por el sí; o para que, quien no

razonase poco ni mucho, se quedase perplejo, encerrado en la abstención. Por supuesto, hay

que dejar aparte la tradicional actitud anarquista (y en nuestro país el número de anarquistas,

conscientes o inconscientes, es muy superior al que reflejan los encuadramientos oficiales en

las organizaciones ácratas); y !a elevada cota que ei abstencionismo ha alcanzado en el País

Vasco, donde el valor de los votos emitidos adquiere un grado heroico, dado el clima de terror y

de coacción allá imperante. Pero en el grupo de los sufragios negativos -bien pequeño en

verdad, a escala nacional- lo de menos eran las razones esgrimidas -insostenibles ante la

realidad del texto constitucional-. El no tenía idéntico valor para los de la extrema izquierda y

para los de la extrema derecha: significaba, pura y simplemente, ef rechazo de una fórmula de

convivencia; suponía ni más ni menos que la negativa a la reconciliación. Implicaba, por eso

mismo, una abierta ofensiva contra el Rey: porque desde cada parcialidad excluyente brota

siempre el repudio de la generosidad que no excluye.

Ahora bien, esa es la gran ejemplaridad de Juan Carlos I: ese es, en definitiva, el sentido

histórico de la Monarquía, que él ha sabido conectar con la auténtica realidad social de nuestro

pueblo, convirtiendo a la Corona en seguro insustituible de la naciente democracia española.

Aunque algunos miopes incapaces de alzarse sobre el tópico no acaben de enterarse; o -

como Alfonso Guerra- no «quieran" enterarse.

Carlos SECO SERRANO

 

< Volver