Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Transformismo     
 
 El País.    14/05/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL PAÍS, domingo 14 de mayo de 1978

OPINIÓN

Transformismo

EMILIO ROMERO

Cada día es menos rentable para publicaciones, articulistas y políticos el zarandeo al viejo régimen o al

pasado. E1 pasado, siendo todavía reciente, parece muy lejano. Casi podría decirse (fue lejanísimo. El

pasado, en su literalidad, nunca vuelve, aun en el supuesto de restauraciones de cosas, de ideas y de

algunos de sus personajes. Es un principio nada discutible que la historia no se repite, sino que se corrige

a sí misma. En el caso improbable de que esta nueva democracia en transición no se consolidara por su

fracaso de convivencia o su consagración de inestabilidad, las soluciones no serian las de ayer. Por eso la

mejor recomendación a los protagonistas políticos o imaginativos de este momento es la de recordarles su

obligación de afrontar la realidad, lo que tenemos delante. Todo lo demás es recurso barato, mediocridad

o impotencia.

Por razones de edad, yo tampoco habla llegado a conocer un régimen parlamentario a la manera clásica.

Solamente tenía lecturas. Cuarenta años de exclusión del parlamentarismo histórico nos hablan dejado a

dos o tres generaciones universitarias el regusto literario del antiguo parlamento, la seria convicción de su

esterilidad y, sin embargo, sin libertad no podía concebirse ningún sistema político. Conciliar la libertad

política con un Parlamento que no enredara la acción del Estado, era como un deseo de los más abiertos

de mi generación. Pero ahora ya tenemos delante de todos el parlamento histórico. ¿Y qué es? En

principio, un colosal entretenimiento de los políticos. Exactamente como tos parlamentos de los dos

últimos siglos. Las circunstancias son otras y los acentos son diferentes. El gran vicio del régimen

parlamentario es que se ve más al político que al estadista. El Parlamento es tan atractivo que algunos

diputados o senadores son sorprendidos durmiendo en sus escaños por la implacabilidad profesional de

los fotógrafos. Pero es tan atractivo el Parlamento que además de ser placentero para hablar, o para oír

hablar, lo es para dormir. No sé cómo será este Parlamento cuando se consolide la democracia dentro de

algunos años, si es que todo fuera bien. Pero ahora mismo es un entretenimiento apasionante de los

parlamentarios. Apenas se nota a los que gobiernan en sus funciones de servicio al país. Se oye

clamorosamente el Parlamento.

Yo también tengo derecho a hacer ahora algún reproche decoroso al viejo régimen, sin ningún ánimo

rentable. Consiste en lamentar que nos haya impedido descubrir a lo largo de cuarenta años la fabulosa

caja de sorpresas que es España. He leído muchos periódicos de los dos últimos siglos, y no pocas

historias o memorias de personajes que dan noticia del Parlamento, de los políticos, de los partidos, de los

grandes o de los pequeños personajes. Hay que convenir en que el anécdota rio es rico y nuestro país es

una buena crónica de extravagancias, de ocurrencias y de sucesos. Pero todo aquello resulta pálido ante lo

que viene sucediendo ahora; y como uno viene de largo con buenas dosis de escepticismo

convenientemente distribuidas, y no poca literatura satírica acumulada, confieso que me diviene el

espectáculo, aunque las diversiones políticas nunca son un buen síntoma que revele eficacias o aciertos,

tas dos cosas más célebres que han ocurrido en los últimos días han sido la eliminación del leninismo en

el congreso del Partido Comunista español, y ahora la sugerencia de Felipe González de eliminar el

marxismo del Partido Socialista Obrero Español. Estas dos ocurrencias me parecen grandiosas y están

necesitadas de que la derecha o el centro propongan la eliminación del capitalismo, con lo cual el

espectáculo serla completo. Y no sería ningún disparate que mis amigos Ordóñez o Garrigues hicieran

esta sugerencia porque, en principio, eso de economía social de mercado no es otra cosa que un control

socialista del capitalismo, que es una atribución que se reservan en Europa los socialista que olvidaron el

marxismo en sus congresos o en su actividad, como los laboristas ingleses o los socialdemócratas

alemanes.

Lo ocurrente de todo esto es la capacidad de transformismo, la frescura personal e ideológica de una

buena parte de nuestros políticos. Al político se le ha considerado siempre como un hombre con

capacidad de adaptación a las circunstancias, con flexibilidad de operatividad pública y con conciencia

moldeable. Pero esto, que parece necesario, necesita a su vez algunos límites que eviten la desfiguración.

El pueblo español necesita políticos convivenciales para asegurar la paz, o la estabilidad, pero no

transformistas para convertir el escenario de la política en un espectáculo sorprendente y a veces

hilarante.

El Partido Comunista español no puede prescindir de Lenín, o del método leninista, porque es la gran

figura del fenómeno comunista a nivel mundial que ha llevado aparejado nada menos que los cambios

violentos de la sociedad y del Estado en no pocos países. El San Pablo del comunismo es Lenín. Y por

mucho eurocomunismo que aparezca en la estrategia de adaptabilidad a la Europa de nuestro tiempo, en

la patrística comunista no puede desaparecer Lenín. Sustituir ahora el leninismo por los términos

revolucionario y democrático. es puro transformismo que no conduce a nada, sencillamente porque lo

revolucionario y lo democrático son conceptos que en las postrimerías de este siglo hay que explicar, ya

que sus viejos contenidos ya no sirven.

La ocurrencia de Felipe González para excluir el término o el concepto marxismo en el Partido Socialista

Obrero Español es otro espectáculo. Tierno Galván ha tenido que recurrir a su incomparable elasticidad

de marxólogo y marxista para justificarlo. Es muy difícil meter esto. El nacimiento y los contenidos del

socialismo no vienen de otro lugar que de Marx, desde aquel célebre día del Manifiesto, y después en la

fundación en aquel pequeño teatro de Londres en 1861. Y de su obra terminada por su ilustre colaborador.

Lo que han cambiado han sido las estrategias. Pablo Iglesias, uno de los fundadores del socialismo

histórico español, no viene de otra parte que del marxismo de la Segunda Internacional y del movimiento

obrero aparecido ahora va a hacer un siglo, tras la creación de los sindicatos. Lo que ocurre es que la

presión de los movimientos obreros a lo largo de un siglo, la aparición de la tecnología y de una sociedad

industrial auxiliada vertiginosamente por los descubrimientos científicos, y hasta la nueva moral

impartida por las encíclicas de los Papas de Roma, han venido construyendo una nueva sociedad en la que

se ve ya al marxismo en su perspectiva histórica, más que en sus soluciones actuales. Aquí es donde

podría tener razón Felipe González, siempre que no fie proponga su partido como se propone— la

liquidación de este modelo europeo de sociedad, el predominio de una clase y la apropiación de los

medios de producción. Ese es, precisamente, el marxismo histórico; pero ese socialismo no es factible, no

es viable en la Europa occidental. Por eso los socialistas alemanes lo olvidaron en Bad Godesberg y tos

socialistas ingleses hace mucho tiempo que perdieron la memoria de él.

El otro día, cuando el Parlamento aprobó una irrealizable, pero justa, proposición de ley socialista sobre el

paro, Felipe González reconoció, en virtud de los votos favorables a esa proposición de los diputados de

Alianza Popular, que hasta las zonas empresariales del Parlamento se habían puesto de su parte. La

opinión del dirigente socialista era atroz. Resulta que, como en la antigüedad, la izquierda tiene a los

obreros, y la derecha tiene a los empresarios. La izquierda tiene la calle y la derecha tiene los casinos; la

izquierda es antimilitarista, y 1a derecha tiene a los militares. Esta sería una democracia de guerra. Las

cosas en Europa no son asi. La clasificación o el reclutamiento no es tan rígido. Es mucho más poroso. La

sociedad moderna vive un proceso de diseminación o de homogeneización de las clases, sencillamente

porque los comportamientos del capital ya no son los que fueron, ni el proletariado está constituido por

los parias antiguos, sino por gentes especializadas en diferentes grados, aunque todavía no estemos en la

óptima sociedad a la que nos llevará el proceso irreversible de la historia. Si los comunistas no son

leninistas, si los socialistas no fueran marxistas, y si los derechistas no fueran capitalistas, habrá que

empezar a preguntarse qué es lo que somos. Pienso que podemos ser cualquier cosa menos transformistas,

comediantes, expertos en camuflajes, desorientadores o pérfidos. Todo esto, claro es, se hace en función

de homologarnos con Europa. Los comunistas no quieren asustar a los militares y a los conservadores

españoles renunciando al leninismo y sustituyéndolo por

la ambigüedad de su ánimo revolucionario y democrático. Los socialistas quieren tranquilizar a los

empresarios renunciando al término o al concepto de marxismo, pero sin borrar de sus programas la lucha

de clases y la apropiación de los medios de producción, y postulando otro modelo de sociedad. Y,

probablemente, las derechas, a quienes les carga mucho este concepto, expenderán en cualquier momento

la proscripción del capitalismo con ese refugio de la economía social de mercado hacia el centro

izquierda. Si nos quedáramos de golpe sin leninismo, sin marxismo y sin capitalismo, caeríamos de

bruces en los postulados del glorioso Movimiento Nacional, pero interpretado parlamentariamente por ex

leninistas, ex marxistas y ex capitalistas, y en el marco de una Monarquía parlamentaria. Una verdadera

delicia. Una síntesis de la historia, que diría un filósofo cachondo del café Gijón. Todo eso son

estrategias, engañabobos, operatividad inocente, taumaturgia política regocijante. Y todo esto sucede

porque los políticos no soportan su propia antigüedad, su tremendo envejecimiento del que vienen y del

que han vivido. Su modernización es nada menos que su renuncia. Les falta el mínimo valor para las

nuevas definiciones que les pondrían ante riesgos evidentes. Tienen una gran oportunidad en la nueva

Constitución. Me temo que la pierdan. España no puede seguir viviendo de sus viejas credenciales y de

sus litigios históricos. Ahora mismo no saben dónde están en muchos problemas. Pero han ocupado el

Parlamento. Allí gozan o se duermen. Y allí sueñan con el palacio de la Moncloa. Cuando ya nadie

sepamos quién es nadie y todo sea convencional, la política podría ser solamente, un gran

entretenimiento. Esto sería muy grave. Por eso me parece urgente que el secretario de Estado, señor

Graullera, lleve adelante su Estatuto de la Función Pública para dotar, por lo menos, al Estado de

funcionalismo ante los problemas diarios, mientras los políticos consumen su juerga íntima y dialéctica a

espaldas de los verdaderos intereses de la nación. Cuando los líderes y los programas políticos se ven

obligados al transformismo para poder asumir la realidad, se impone una revisión a fondo de los propios

materiales de la democracia.

 

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