Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Constitución, parada militar y consenso     
 
 El País.    03/06/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL PAÍS, sábado 3 de junio de 1978

OPINIÓN

Constitución, parada militar y consenso

EMILIO ROMERO

Recientemente se ha publicado en este periódico un luminoso articulo del profesor Aranguren. Da gusto

leer a estos escasos personajes que tiene la vida intelectual, política o dialéctica española, a quienes se les

nota la independencia y el análisis por los cuatro costados. No importan los aciertos o los fallos. Los que

escribimos no tenemos toda la información a la mano. Pero la autoridad de un texto sobre los

acontecimientos de la vida presente se deduce de un solo compromiso y que no es otro que el

dcscompromiso con los intereses, las ambiciones, las pasiones o los resentimientos. Una buena posición

crítica dependerá de distanciarse lo que se pueda sin alejarse de nada. El tema de Aranguren era el de los

poderes efectivos en la España de la transición y el sitio de los grupos políticos y sociales. Ocurre que

Aranguren es un profesor y por ello academiza o intelectualiza las cosas. Probablemente habrán pasado

inadvertidos para muchos la intención y el diagnóstico de ese artículo. Para mí, no. En resumen,

Aranguren otorga las mus altas significaciones de poder al Rey y al Ejército. Esto cada vez es más

verdadero, pero con una. sola condición, y que no es otra que constituyen -Fuerzas Armadas y

Monarca- una realidad inseparable.

Nada hay más delicado en la literatura política actual que este tema. Siempre es tentador en cualquier

tiempo la localización del Poder. No he leído todavía un libro o un articulo donde alguien intentara,

seriamente, una localizado n del Poder en el viejo régimen. Ni estaba, en exclusividad, en la persona de

Franco; ni los célebres cuarenta años fueron la misma cosa, sino diferentes épocas en cuanto a la

localización del Poder. Cierto alejamiento de actividades o protagonismos que tengo en la actualidad, y

mayores estímulos de reflexión objetiva, me conducen hacia este tema, aunque ya sé que tengo que

hacerlo con especial cuidado porque tengo ya fatiga de incomprensiones, de susceptibilidades y de

deformaciones interesadas. Por otro lado, tengo que decir, anticipadamente, que esto va a constituir un

reconocimiento hacia todos aquellos que han hecho posible esta situación original, y hasta pasmosa, vista

desde atrás.

Esto tampoco me impide hacer otro reconocimiento de incertidumbres, porque estamos solamente en una

comedia dicho sea sin reticencia malévola- dividida en dos partes. La primera parte terminará después

de que sea aprobada la Constitución, y luego viene la segunda parte. Es igualmente necesario hacer

constar que así como en los asuntos políticos ha habido pericia y destreza singulares, en las cuestiones

económico-sociales se ha producido una impericia y una frivolidad inimaginables: precisamente en las

áreas de la vida española donde la democracia o los políticos deben dar la respuesta más urgente y

decisiva. En las postrimerías de este siglo los problemas económicos y sociales tienen bastante más

entidad que los asuntos políticos. Un país nunca se va a pique por lo político, pero puede irse todo al

traste por lo económico-social. Voy a tratar los hechos objetivamente.

La diferencia entre la primera Restauración de don Alfonso XII bisabuelo del actual Monarca- y esta

segunda Restauración de don Juan Carlos de Borbón, consiste en que aquella situación del siglo XIX la

fabricaron los políticos, y esta situación la ha fabricado el Rey, Los políticos de entonces trajeron a don

Alfonso XII, mientras que don Juan Carlos ha traído a los políticos que están en el ruedo. Este es un

hecho históricamente básico para comenzar cualquier relato o especulación. Es un hecho decisivo. El

motor del cambio en la primera Restauración fue Cánovas. El motor del cambio en esta segunda

Restauración es el Rey. Y todo esto lo ha hecho el Monarca, prodigiosamente, sin alardes, sin

comprometer a la Corona ni un ápice. Eligió a los políticos que habrían de asumir, a titulo personal, las

responsabilidades y el riesgo del cambio. Confió en la destreza de todos ellos para que lo hicieran en un

periodo determinado de tiempo, con grados, con paciencia y con todos los recursos de audacia y de

desgaste que tienen los políticos. Pero todo el mundo sabe, y se proclama fuera y dentro, que el conductor

de este país -una vez muerto Franco hacia la democracia parlamentaria y europeizante ha sido el Rey.

Tres hombres resultaron básicos en este cambio: Fernández Miranda, con sus poderosos recursos

dialécticos para el paso de la vieja legalidad a la nueva legalidad: Adolfo Suárez, que fue el que trajo y

engatusó a la España desterrada o marginada, y el teniente general Gutiérrez Mellado, que ha sido el

mecanismo militar reformador y seguramente la gestión más difícil, aún no acabada y todavía generadora

de tensiones y problemas. Realmente, el Ejército es la parcela que lleva más directamente el Monarca; en

primer lugar, porque es el comandante general de las Fuerzas Armadas, y después, porque nadie habría

tenido con el Ejército más atractivo y más fuerza moral que el Rey.

Hay que reconocer que cosas tan prodigiosas como que Santiago Carrillo y Felipe González, el

comunismo y el socialismo, asistan como invitados de honor a un desfile militar en la Castellana -

precisamente de ese Ejército originario de donde viene y cuyos jefes tienen la historia militar qjue todos

conocemos- han tenido lugar en muy poco tiempo. Es, como digo, todo un prodigio. Dos años escasos

han transcurrido para llevar a término este cambio. Una operación así, divulgada con antelación,

programada como una estrategia política, hubiera parecido a los más abiertos o liberales en la lealtad o en

la compañía del Rey, como una locura. Las viejas y las nuevas generaciones sabían la separación

insalvable de las dos o de las cien españas y la imposibilidad.de meter la Monarquía a la izquierda. Y ahí

está el espectáculo. El comunismo español no es lo que era antes -aunque lo presidan Dolores Ibárruri y

Santiago Carrillo- ni lo que era en el exilio; ni este socialismo de Felipe González, o de Múgica, o de

Peces-Barba, tienen nada que ver con el antiguo socialismo de la última Monarquía o de la República, ni

con el socialismo en las catacumbas del viejo régimen. El conflicto de la derecha y de la izquierda

parlamentarias (con los extremismos fuera) nos llevó a la guerra civil de 1936. El centrismo de Gil Robles

no pudo entenderse con el izquierdismo de Largo Caballero o de Azaña. La Monarquía no entraba, ni

siquiera, en juego. Los partidos de la izquierda son ahora, en sus cabeceras -no en sus bases- como

corderitos lechales y sabrosos que dicen sus antiguas letanías demagógicas para no perder la imagen, pero

no se notan en sus radicalismos, ni alarman a nadie en la vida española, excepto si triunfaran. Alguien

dice que están disfrazados. Yo no lo creo. Lo que están es seducidos, felices. El poder y la influencia

social corrompe tanto, que nadie se da cuenta de su desfiguración, porque los papeles están bien

distribuidos.

Esas dos cosas casi simultáneas de la gran parada militar y de ponerse de acuerdo los políticos, bajo

cuerda, para tragarse, de un golpe, los artículos referidos a la Corona, constituyen una verdadera

maravilla, y que aunque hubiera sido producto del azar merecería que se inscribieran en la propia

estrategia de la transición. Hay un poder moderador, arbitro y generador de la unidad de los españoles,

representados por el Rey y tutelados por el Ejército, y después, los políticos o se ponen de acuerdo o no

sale la experiencia democrática. El diputado socialista Peces- Barba ha dicho seriamente lo más ocurrente

de todo; resulta que entenderse todos los diputados, buscar el consenso fuera del Parlamento, para llegar

luego todos juntos al Congreso pensando lo mismo, señala que es un gran hallazgo, «una peculiaridad de

la vida política española actual». A mí que me han prohibido, durante una breve temporada, que no me ría

con exceso -entre otras restricciones- he tenido que hacer grandes esfuerzos para contenerme. Lo que

es de verdad un gran invento es hacer que el Ejército y el jefe del Estado sean un poder institucional

disuasorio de cualquier aventurerismo político. Portugal, en otras circunstancias, y con otros métodos, ha

hecho una cosa parecida; probablemente menos sólida.

Por lo demás, el cuadro político va alcanzando cierta estabilidad, por el imperio de cierto pragmatismo

que les dice muy claramente que, o se ponen de acuerdo en muchas cosas o se ponen en peligro. El

socialismo asume su papel referido a la imagen europea como es ser una fuerza de control, del sistema

capitalista. El comunismo se integra en la democracia sin ensoñaciones revolucionarias que no formen

parte del propio proceso de la historia, y la derecha se moderniza en sus responsabilidades sociales, en su

convivencia con la empresa pública y ya sin la Iglesia a su costado.

La gente no deja de hablar sobre cambio de chaquetas y la mala memoria de los políticos. Pero esto no es

una novedad. La política es un género dramático. Lo que ocurre es que esta comedía (esta de la

transición) está sendo escrita e interpretada fantásticamente. Por las circunstancias en tas que ha tenido

que hacerse un cambio político e histórico, ha resultado una fabulosa comedia de enredo, y es mágica.,

Lo peor es verla desde dentro. Mi maravilla, y la de Aranguren, es que la estamos viendo desde fuera.

Cualquiera que sea el volumen de sus riesgos, es todo un.espectáculo. Después de la muerte de Franco no

había más que un poder efectivo: el poder del Ejército. Las instituciones del viejo régimen carecían de

autenticidad y de vigor. Entonces el Rey tenía que tener el poder de tutela del Ejército para realizar el

proceso democrático. Lo ha ido consiguiendo trabajosamente. Los políticos de la izquierda -por su

parte- han descubierto que la realidad de España, vista desde las responsabilidades públicas, es muy

diferente a la que se observa desde la marginación. Parece que han descubierto- inteligentemente- que

deben ser buenos chicos. Por lo pronto, mientras no tengan el poder ejecutivo. La derecha es la que anda

desorientada. Lo más triste es que todo esto no genera todavía confianza popular. Es solamente un

espectáculo apasionante.

 

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