Autor: Altares, Pedro. 
   El último en reir     
 
 Gaceta Ilustrada.    22/07/1979.  Página: 66. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

PEDRO ALTARES

Primero fue la decepción. Después el «pasotismo». Ahora estamos en el puro y simple cachondeo. El año

pasado un diputado en el Congreso se hizo una fotografía enseñando el trasero y sus partes pudendas. Era

de izquierdas. Este año, hace pocos dias, otro venerable padre de la patria, esta vez de derechas, escribe

un articulo en la tribuna periodística más leída del pais haciendo una mofa taurino burlesca del

Parlamento. En la prensa, o al menos en una parte importante de ella. las secciones con más éxito son

aquellas en que se pone en solfa todo lo divino y humano. Ya se sabe: el gobierno es un desastre, los

partidos están en el limbo, la clase política no sabe por dónde se anda y son todos una panda de

mediocres, etcétera. No hablo, claro, de aquellas otras tribunas cuya razón de ser desde una posición

ideológica ultra, es decir que la democracia es el mal en sí misma y lo que sucede su consecuencia, sino

de otros ámbitos profesionales que se distinguieron en los últimos años de la dictadura por luchar a favor

de la libertad. Son ahora esos sectores, dentro y fuera de la politica activa, los que hacen gala de un

aniquilador escepticismo y, lo que es más grave, de un negro pesimismo en relación con las posibilidades

que tiene el sistema democrático para salir de su actual «impasse» entre nosotros. Curioso: la democracia

formal no es. según ese sentimiento muy generalizado, ningún punto de partida sino una especie de

estanque cenagoso, repleto de mediocridad, que ya no tiene salida.

En eso estamos. Esta sociedad. con la democracia, parece haber envejecido siglos. Las ilusiones están,

casi, prohibidas y, en cualquier caso, muy mal vistas. Aquí todo el mundo parece estar de vuelta de todo.

Y eso sin haber llegado antes a ninguna parte. Quemamos etapas sicológicas vertiginosamente y unos

ciclos se superponen a otros sin que antes les haya dado tiempo a madurar a ninguno. Se ha dicho hasta la

saciedad, desde la izquierda, que la decepción es el precio porque no haya habido ruptura. Y es posible

que tenga razón. La ruptura, ai menos, hubiera «encandilado» a alguien, especialmente a las capas

sociales más progresistas. Lo que sucede es que al no haber ocurrido aquélla, el planteamiento no deja de

ser una pura evasión. Aparte, naturalmente, de que está por probar que los objetivos de la ruptura

hubieran podido convertirse en logros o engrosado el lote de las frustraciones. Pero en fin, el caso es que

estamos aquí y no en ninguna otra parte. Y si las causas de la famosa decepción están claras para algunos,

nadie por ahora parece plantearse un mínimo rearme moral de esta democracia que es la que tenemos. Y a

partir de la cual hay dos caminos: tomarla como punto de partida o considerar que ya hemos llegado,

aunque nadie sepa exactamente dónde. No me estoy refiriendo al desarrollo constitucional en un sentido

más o menos progresivo, sino a esa actitud mucho más profunda que nos lleva al terreno de los

comportamientos sociales y a las expectativas de futuro como colectividad. Un país no puede ir hacia

adelante cuando parece haber perdido su capacidad de engendrar entusiasmo. El franquismo encerró a

esta sociedad en el circulo cerrado de un desarrollismo embustero y ramplón, pero que tuvo una cierta

capacidad de arrastre a partir de tos niveles de subdesarrollo de que partía. A la democracia, los españoles

parecemos llegar exhaustos, dispuestos a vivir de las rentas, sin plantearnos siquiera la necesidad de

replantear nuestros presupuestos de vida al menos en dos temas que la dictadura nos había duramente

escamoteado: la libertad y la cultura. No es una cómoda abstracción, formaban parte de cualquier

proyecto de futuro en aquellas reuniones de cualquier tipo de oposición. Ahora la libertad, la parcela que

tenemos y que tanto costó, se nos quiere decir que apenas sirve para nada y que la cultura. como única via

para el profundo enriquecimiento y mejora cualitativa de los españoles, es un lujo que no podemos pagar.

Mientras parecemos absolutamente incapaces de responsabilizarnos ante el futuro, no nos paramos en

barras a la hora de destruir lo poco o mucho, bueno o regular que tenemos. Cuidado: no me asusta, más

bien todo lo contrario,que se derribe un tipo de sociedad cuando detrás hay otro proyecto, mejor o peor,

pero alternativo. Y, a ser posible, re volucionario. Pero no es esa la situación en que nos encontramos y

ahí está la crisis de mili lancia de todos y cada uno de los partidos políticos de izquierda para demostrarlo.

Un tanto por ciento de españoles se abstienen de ir a votar, pero se abstienen también de cualquier otro

tipo de compromiso colectivo o de proyecto común. A su lado, la acerva critica a todos y a todo, aunque

pueda estar sobradamente justificada dado el mediocre tono medio de la vida política, anula cualquier

logro parcial y culpabiliza a los que. a pesar de todo, y contra viento y marea creen que «dar el callo» es

el único modo de mover la historia hacia adelante. La democracia en este pais apenas ha cumplido los dos

años de vida. Es un aniversario que la coge con sus enemigos en armas y con sus amigos cansados y

decepcionados. Y con una enorme masa de gente que sólo oyen criticas y burlas a las instituciones,

soportan catástrofes y nadie les habla de responsabilidades ni de proyectos. Con Franco éramos «la

reserva espiritual» de Occidente. Con la democracia, esto se parece cada día más, a juzgar por lo que se

oye y se dice, a un sanatorio de enfermos incurables. Lo malo es que hablando sólo de enfermedad

propiciamos la llegada de algún curandero dispuesto a lavar nuestras heridas. La Historia nunca vuelve

atrás, pero algunos siempre están empeñados a empezar de nuevo. Pero los demócratas, como los maridos

cornudos, son los últimos en enterarse. Sigamos, pues, en el juego de reírnos de la democracia. Veremos

quién se ríe el último.

Pedro Altares escribió una importante etapa de la historia del periodismo con su dedicación a «Cuadernos

para el diálogo». En sus épocas, Es periodista sólido y ameno. Es, sin duda, ana de nuestras grandes

firmas, hoy. El último en reír

 

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