Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Esa pieza que falta a la democracia     
 
 Informaciones.    17/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

TORRE DE PAPEL

ESA PIEZA QUE FALTA A LA DEMOCRACIA

Por Emilio ROMERO

HAY una noticia estos días que ha pasado inadvertida, o que ha sido machacada por otras más próximas a

nuestras preocupaciones y, sin embargo, en relación sobre lo que nos pasa a nosotros, me parece una

noticia de primera clase. Se trata de la disolución del Parlamento portugués por decisión de su Presidente

de la República, geñeral Ramalho Eanes. Primera meditación ante este suceso: el Jefe del Estado

portugués, a su iniciativa, puede disolver el Parlamento y convocar elecciones generales. El Jefe del

Estado español, que es el Rey Juan Carlos, no puede hacer, lo. Quien únicamente puede hacerlo es el

presidente del Gobierno, de acuerdo con el artículo 115.1. La disolución de las Cortes, sin embargo, es

siempre un acto atribuíble a quien ostente en el país el arbitraje y la moderación para el funcionamiento

regular de las instituciones. Esta misión la tiene atribuida en la Constitución el Rey, y no el presidente del

Gobierno, y sin embargo, han quitado al Rey la posibilidad de las acciones derivadas de aquellas

atribuciones. En la supresión al Rey de toda iniciativa le han hurtado hasta la de convocar referéndum,

que tampoco podrá hacerla si no es a propuesta del presidente del Congreso, previamente autorizada por

el Congreso de Diputados (artículo 92.2).

OTRAS MEDITACIONES

Lo sucedido en Portugal ha sido bien sencillo. El espectro de las fuerzas políticas hace imposible el

gobierno de Portugal. El Presidente ha hecho todos los esfuerzos antes de llegar a la disolución. Después

se ha ido a informar al Consejo de la Revolución, que son los que devolvieron la democracia a la nación

vecina y derribaron el pos-salazarismo de Caetano, y a pedirles autorización para disolver el Parlamento.

Se la dieron al Presidente Ramalho Eanes, y ahí está la noticia.

Segunda meditación: Hay una democracia en Europa, con todos los sacramentos y todas las bendiciones,

que tiene un Consejo Superior de la Democracia, que está por encima del Parlamento, y que está

constituido por los militares. Aquí no tenemos nada de eso. Aquí ni siquiera el Rey, que es el Jefe de las

Fuerzas Armadas, tiene una sola posibilidad de iniciativa. Ni puede disolver las Cortes, ni puede cesar al

presidente del Gobierno, ni puede convocar referéndum, que son las tres cosas básicas de un Poder que

tiene atribuida la moderación y el arbitraje. Pero el caso es que el Rey fue quien trajo la democracia a

nuestro país, y su acción fue respaldada por la disciplina de las Fuerzas Armadas, y después lo han

convertido en un símbolo para la devoción y no para la acción, y se han quedado ahora con esas

iniciativas los que se llenan la boca todos los días diciendo que son sus gentes fieles.

Pero sobre esta grave cuestión —y aquí aparece mi meditación tercera—, aparece deslumbradoramente

esa institución original que han inventado los portugueses y que es su Consejo de la Revolución. Las

democracias de corte antiguo como la nuestra, que hacen difícil o imposible la acción de gobernar,

necesitan correctivos ordenadores como ese de Portugal, y no para limitar los postulados básicos de la

democracia, sino para salvarlas del riesgo de descrédito o falsificación. Volver atrás sería políticamente

una locura; pero ir adelante, a la manera como vamos, es pura insensatez. Esto no funciona y está a la

vista. Nuestro sistema político no tiene un Gobierno debidamente asistido para gobernar con autoridad y

eficacia. Nuestra democracia no tiene una oposición relevante, impactante y dinámica, puesto que vive

emocionadamente para el consenso con el Gobierno, y cualquier día vamos a descubrir que donde

únicamente van a discrepar va a ser en el divorcio y en el aborto. La dinámica interior de los partidos es

fuertemente centralista y de élites —no es democrática—; el control del ParlamentO y del Gobierno se lo

vamos a confiar a los jueces, y el Jefe del Estado es un símbolo, que si en lugar de estar inmóvil y callado,

como están los símbolos, no estuviera trabajando todos los días en favor de la democracia, tapando todos

los agujeros abiertos, ya se habría ido todo al garete. Pero esto no puede hacerlo indefinidamente, y se

corresponde únicamente con el estado de transición.

UNA DEMOCRACIA GOBERNADA

Por todo esto, y una vez liquidado todo riesgo torpe e inútil de nostalgia, y apartado otro riesgo no menor

de afición desmesurada a las respuestas de pensamiento politico, que es la inclinación de todo escritor de

mis características, levanto mis ojos de envidia hacia Portugal, que cualquiera que sea su destino

económico o social, han inventado la forma de salvación de la democracia liberal y parlamentaria, por lo

que doblan las campanas en el mundo latino, y que es una seria preocupación para las gentes de más fuste

intelectual de Europa.

Se ha conseguido que estén en España —por primera vez después de dos siglos—, todas las fuerzas

políticas y sus personajes. Se ha acabado con los exilios y las marginaciones. Estas convivencias —por

todos nuestros lastres históricos— son difíciles. Ahora hay que hacer una democracia "agarrada" y no

"suelta". Una democracia gobernada y no ingobernable. Un Estado descentralizado y unido. Un país

donde los dogmáticos y los ilusos puedan ser nuestro lujo, y no nuestra necesidad.

17 de julio de 1979

 

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