Silencio y análisis     
 
 ABC.    09/05/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Silencio y análisis

La respuesta —una nueva afirmación solidaria,, por si no bastasen todas las anteriores— del pueblo

español al terrorismo lia resultado unánime; impresionante el silencio, emocionante la actitud de respeto y

de condena. Los dos minutos de silencio observados ayer por una inmensa mayoría de españoles fueron

de homenaje a quienes más directamente están sufriendo en su carne la vesania del terrorismo y de

condena a los que siguen pretendiendo romper un país a fuerza de balaa y metralla. No cabe ya ninguna

duda razonable. Ni las derechas ni las izquierdas pueden esgrimir, a estas alturas dé la ofensiva terrorista,

argumento alguno, de índole política o de oportunidad electoralista.

Sin embargo, el silencio de ayer, silencio de un país que se niega a ser silenciado por el terrorismo,

silencio activo de un país encallecido en el dolor y la sangré cotidianamente vertida por manos criminales,

no pasa de ser un gesto. ´Un hermoso gesto, desde luego. Pero nada más que eso. Se impone, ahora sin

paliativos, sin medias tintas, sin preocupaciones por el aval democrático- ni; reticencias hacia la clientela

de todos y cada uno de los partidos parlamentarios, el análisis. Con la mayor serenidad y la mayor

exigencia. Análisis ño por parte de los medios de comunicación, sino por parte, del Gobierno y de la

oposición; por parte, en definitiva,: de las estructuras del Estado. Porque de un terrorismo estructural se

trata, que atenta directamente, y él último -de los atentados —y al decir el último nos invade la ira de

adivinar que, salvo´ :un milagro, no será el que cierre la trágica cadena— lo indica meridianamente,

contra las propias raíces del Estado, provocando abiertamente a su propia Jefatura.

Volver la vista atrás sería, acaso, en-zarzarnqs. —que España se enzarzase—en una estéril lucha de

reproches, la mayoría de los cuales estaría justificada. Desde el hostigamiento a las Fuerzas del Orden a la

sistemática zancadilla, parlamentaria o electoral, el capítulo de culpas dejaría manchadas a la mayoría de

las formaciones políticas. No se ha entendido, por ejemplo, el problema del terrorismo vasco —los

también tristemente célebres miembros del GRABO no parecen sino unos simples esbirros de la central

terrorista ETA—, porque no ha querido entenderse. Del referéndum para la reforma política a las

elecciones gene* rales, pasando por el voto a la Constitución^ las excusas políticas para dilatar una acción

efectiva contra el terrorismo han abundado, desgraciadamente. Y también, para nuestra desgracia, el

terrorismo se ha demostrado como una bestia voraz hasta quedarse objetivamente aislado.

La acción que se propugna, la que tantas veces hemos solicitado desde estas mismas páginas ¡ no es la de

entrar con los tanques en el País Vasco ni la de acentuar indiscriminadamente la represión, pero sf la de

exigií que el Gobierno, y con él las restantes fuerzas políticas, así como las instituciones democráticas, se

decidan, de una vez por todas, S asumir las responsabilidades excepcionales que las circunstancias

actuales exigen. La lucha antiterrprista debe entenderse como un objetivo común, de vital necesidad, para

cuya consecución deben unir sus esfuerzos todas las fuerzas o los grupos políticos. En la lucha

antiterrorista no puede haber derechas ni izquierdas, centristas y socialistas, comunistas o miembros de

Alianza Popular. El edificio al que atacan las bombas terroristas es el del Estado que a todos da cobijo.

Pensar hoy en unas elecciones, más o: menos anticipadas, como solución, no demuestra sino la huida de

la realidad de quien así se manifiesta.

La responsabilidad directa de la lucha antiterrorista corresponde, por supuesto, al Gobierno. Pero cada

cual debe asumir la que le toca. El pueblo español demostró ayer, una vez más e inequívocamente, su

postura.

En su comparecencia de anoche ante el país, el presidente Calvo-Sotelo se dirigió a ese pueblo, a la

opinión pública, y lo hizo con rigor, firmeza y autoridad, con palabras que consideramos tranquilizadoras

por su-realismo.

 

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