Autor: Fanjul Sedeño, Juan Manuel. 
   Desafío a la democracia     
 
 ABC.    09/05/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

SÁBADO 9-5-81

OPINIÓN

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Desafío a la democracia

Hace pocos días, en e) discurso de recep^ ción a nuestros Reyes, decía el presidente Pertini que «el gran

desafío que amenaza a las democracias de nuestro tiempo (es) saber demostrar con hechos que en los

regímenes de libertad las instituciones pueden y deben actuar con plena eficacia y capacidad». Y citaba a

Ortega y Gasset cuando comentó que la dictadura constituye el momento elocuente de la incapacidad de

una clase política para resolver los problemas de un país.

Oportuno es e! reto que el mandatario italiano lanzaba así a las clases políticas democráticas enfrentadas

con gravísimos problemas que —al menos en España— están poniendo a prueba su eficacia resolutiva.

No hay que profundizar en el análisis de nuestra situación para advertir cuan peligrosamente nos

aproximamos al punto crítico bel desmoronamiento económico y del naufragio dé la paz y del orden.

La indiscutible autoridad técnica y moral del profesor Fuentes Quintana, en comentario publicado en una

revista especializada, ha lanzado su voz de alarma; «O la política concede tiempo a la economía... o la

situación económica del país —sin tiempo— planteará problemas insolubles a la política.»

Oportuno es el diagnóstico, porque pese al unánime reconocimiento de tal prioridad por parte de la clase

dirigente española, hay precedentes para temer que la decisión, que se exige inmediata, de anteponer lo

económico a lo político, levante tantas conformidades teóricas cc-mo recelos y distingos a la hora de

transformar la literatura en ley y las adhesiones en compromisos de Estado.

La democracia comporta la grandeza y la servidumbre de las urnas, que si ciertamente garantizan la

libertad y el gobierno del pueblo a través de la maypn´a, someten también al político a su esclavitud,

porque no acaba de salir triunfante de aquéllas cuando ya está acomodando su conducta y componiendo

su imagen al olor de tos próximos comicios.

Vale decir con ello que por mucho que sea el convencimiento de la angustia económica que nos amenaza

y de la batalla terrorista en curso, continúan prevaleciendo en unos y en otros sus respectivos

prpselitismos políticos, cuando no los personalismos internos. Así cuando, moVida por la urgencia, llegue

la hora de la verdad nadie querrá arrostrar la impopularidad de unas medidas restrictivas —sean éstas

sobre los salarios, los benefi-3¡os & las altas rentas— que puedan,.a la /uelta de unos años, transformarse

en detri-nentos electorales.

Ahí tenemos el ejemplo de las disposicio-les antiterroristas en cuyos remilgos legales. / parlamentarios

naufragan las mismas medi-Jas que los comunicados de los partidos redaman con, justo horror y sincero

deseo sobre la sangre caliente de las víctimas; no se afrontarán las soluciones con la energía y ia

independencia necesarias mientras no se superen los aspavientos de los puritanos que miran desde

entendido.

Todos, Gobierno y oposición, coinciden hoy en que la situación es grave y exige medidas excepcionales y

severas. Se predica así del terrorismo, del paro, de los problemas económicos en general. Pero no se

piensa que esas medidas que se reclaman—porque no existen—, y que hay que adoptar —porque no están

previstas—, llevan aparejado, por su propio carácter extraordinario, forzar, suspender o someter leyes

dictadas de modo normal para tiempos normales. Nadie acepta la idea de que para una situación

excepcional se requieren medidas excepcionales, que como tales tienen que salirse de la norma—si no no

serían excepcionales—, en aras de la eficacia que las circunstancias demandan también

excepcionalmente.

Dice claro Fuentes Quintana que la situación económica del país puede plantear a la política problemas

insolubles. Desgraciadamente su afirmación no puede ser rfiás fundada: los anticipos del Banco de

España al sector público ascienden a un billón doscientos mil millones de pesetas; un presupuesto para el

que se estima un déficit mínimo de setecientos mil millones, acosado por cuantiosas subvenciones que se

le reclaman con exigencias políticas desde todos los sectores afectados por la crisis; la inflación no parece

que lleve camino de remitir cuando el índice de precios de los productos alimenticios se acerca ya,a la

cota del 14 por 100 sobre los de 1980; la balanza comercial sigue aumentando su saldo negativo, y lo

mismo pasa con el endeudamiento exterior público y privado. Añádase a ello que el paro registrado se

eleva desde el fin de año en "un 7 por 100, superando el millón y medio: de hombres sin trabajo. Prosigue

el desgaste del valor de la peseta, con su repercusión sobre la balanza comercial; no hay horizonte

positivo para la inversión privada y hay hambre en Andalucía.

No son fantasmas; es ya hora de poner fos pies sobre el suelo y decidirse a salvar a un país que se puede ir

al traste. Marcelino Ca-macho ha dicho recientemente: «Tendremos que tomar conciencia de que vivirnos

en una situación de emergencia, para cuyo tratamiento no sirven las viejas recetas.»

Ante calles y carreteras taponadas de vehículos, cuyo consumo está arruinando nuestras ya mermadas

reservas de divisas, son indispensables elementales medidas correctoras; avergüenzan los derroches en

diversiones y lujos, cuyos excesos deberían gravarse duramente en orden a.su moderación y a la atención

de necesidades de inversión; conviene pensar que cada banda salarial que se ensancha para unos, es una

banda que se estrecha en el estomago de otros. Energía nuclear sí, pero en casa ajena, y si este ajeno

soporta el riesgo, ¿no será más justo que aquél mueva sus fábricas con candiles? Derecho de huelga, nadie

lo niega, pero atemperado a este cuadro estremecedor que puede hacernos holgar involuntariamente a

todos.

Y mientras tanto, la matanza implacable, cruel, inesperada, que cada vez con más descaro ensangrienta

nuestras calles.

La Historia nos recuerda que ante las crisis sólo sirven ias decisiones enérgicas; que sólo ellas salvan a la

comunidad, y cuando se soslayan por componendas de doctrinarismo político, en vez de protegerse tos

dogmas del sistema, acaba éste desapareciendo en-la vorágine de la incapacidad. La crisis de! 29 produjo

las desviaciones políticas que desembocaron en la catástrofe, del 39. ¿No hubiera sido más sensato que la

democracia se hubiera puesto a tiempo «los pantalones a cuadros» sin dar pretexto a otros para

sustituirla?

Se aproxima para los políticos la prueba de fuego: o resuelven el problema del terrorismo, acaban con el

paro y enderezan la economía, o España se les puede quedar en las manos. Milagros no caben ni nadie los

pide. Pero sí se debe exigir responsabilidad, visión de Estado y servicio al pueblo. Por muy drásticas que

sean las decisiones, no hay riesgo para la democracia si es la propia democracia la que diagnostica, decide

y opera; pero para salvar la democracia es necesario que sea la propia democracia la que demuestre ser

capaz de salvar al país. Y^ta urgencia no es mucha ni poca, es toda.

Pocas veces como ahora ha existido más extenso convencimiento nacional de que la vía política es la

democrática y de que no hay otra en un horizonte sensato. Esperemos, pues, que sea el sistema el que

acierte a sacarnos del atolladero. Para ello debe tomar conciencia de que algunas de las medidas pueden

fundir ocasionalmente principios o valores consagrados. No importa. El triunfo será de! répimen que

acertó con la decisión y demostró que la democracia que tiene medidas para el tiempo normal las tiene

también para el gravemente anormal. Ahí está el desafío de que hablaba Pertini.

Que pueda hacerse eso con un Gobierno monocolor o que sea preferible una «gran coalición» es cosa que

dependerá del espíritu de sacrificio doctrinario que, en aras de la ansiedad nacional, estén dispuestos a

ofrecer los partidos. Si su presencia en el Gobierno sólo tiende a vigilar al vecino para que, en todo caso,

se salven o. se apliquen sus principios, el intento resultará contraproducente, y la coalición será un centro

más de beligerancia estéril. Si, por el contrario, se consiguiera la adhesión general a uh programa mínimo

de urgencias, soslayando o «aparcando» cuanto pueda dividir, para que lo accesorio no estorbe a lo

principal, entonces podría hablarse realmente de un Gobierno de salvación que merecería la gratitud de

todos los españoles.—Juan Manuel FANJUL SEDEÑO.

 

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