Presididos por los Reyes en el Regimiento de la Guardia Real. 
 Serenidad y entereza en el funeral por los tres militares asesinados     
 
 ABC.    09/05/1981.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

SÁBADO 9-5-81

NACIONAL

Presididos oor los Reyes en el Regimiento de la Guardia Real

Serenidad y entereza en el funeral por los tres militares asesinados

MADRID. Los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, presidieron ayer en el acuartelamiento

de la Guardia Real de El Pardo el funeral por las almas del teniente coronel Guillermo Tevar Saco, el

cabo Antonio Noguera y el soldado Carlos Rodríguez Tabeada, asesinados en la mañana del miércoles en

Madrid por un comando de la organización terrorista ETA.

Todo el que haya escuchado alguna vez eí toque de oración habrá sentido que se le ponía la carne de

gallina. Faltaban pocos minutos para las doce cuando cuatro soldados, a paso lento, se dirigieron al

monumento a los caídos del acuartelamiento. Partieron desde el altar, frente a los féretros de los tres

militares asesinados, en medio de un impresionante silencio que expresaba la emoción contenida, sólo

rota por algún llanto, que llenaba la explanada que lleva el nombre de la Reina Sofía. Se quedaron firmes

al pie del monumento, saludando márcialmente. Instantes después, la banda de la compañía que rendía

honores —en la que estaban representados soldados de los tres Ejércitos— iniciaba los acordes del toque

de oración. Don Juan Carlos, con los ojos enrojecidos, se llevó la mano´dejecha a la sien, rozando con la

punta de los dedos la boina de la Guardia Real, que ayer lucía con el uniforme de capitán genera!. Junto a

él, Doña Sofía permanecía erguida, completamente vestida de negro. Al otro lado de! altar, los familiares

de las víctimas del atentado cometido hacía sólo veinticuatro horas apenas podían contener su dolor, al

igual que los cientos de representantes de los tres Ejércitos asistentes al último acto de homenaje, que

permanecían en primer tiempo de saludo. Era menor la serenidad de los muchos civiles, familiares de los

miembros de la Guardia Real, que se habían sumado a los funerales.

A LAS DOCE, TOQUE DE ORACIÓN

Las manecillas de los relojes habían alcanzado las doce del mediodía. De pronto, a los compases de!

impresionante himno a los caídos se unió el redoble dé campanas de la-cercana iglesia de El Pardo. Un

instante después, el sonido, lejano, de la sirena de una fábrica... Era el clamor del silencio unánime —dos

minutos históricos— de los ciudadanos que más allá de los límites del acuartelamiento, en toda España,-

unían su reconocimiento y su recuerdo al recogimiento con el que la familia militar homenajeaba a sus

tres compañeros de Armas. No fueron los únicos sonidos qué desde fuera llegaron a la ceremonia

castrense. Tampoco el momento más emotivo de una mañana gris a la qué el sol rio quiso arrebatar, en

ocasiones, la solemnidad del acto.

Al final efe los funerales, el Rey y la Reina sé acercaron a dar el pésame a los familiares de las víctimas.

Los Reyes fueron abrazados continuamente en escenas de gran dolor. Una señora enlutada repetía

continuamente ante Don Juan Carlos el nombre del familiar, del soldado caído. Una niña lloraba

abiertamente sin poder entender 1a tragedia.

Los féretros fueron introducidos ervtrés rur-gpnes del Ejército por jefes, oficiales, suboficiales y clase de

tropa de la Guardia Real. El Rey les impuso las cruces de la Orden del Mérito Militar. Algunos de quienes

habían logrado entrar en el recinto militar no aguantarían más. Una señora, brazo en afto, dio un grito:

«¡Caídos por Dios y por España...!» «¡Presentes!» fue la respuesta coreada por una decena de personas

que la circundaban. Otra vez el silencio y de nuevo otras señoras, con unos pocos más, dieron vivas al

Rey y a España y muer´as a los asesinos. Alguno alzó su voz contra la Prensa, sin que tampoco esta vez

tuviera muchos más que la secundaran.

Monseñor Benavent, que concelebró la ceremonia con el capellán del Regimiento, teniente coronel Flores

de Prieta, y con ocho sacerdotes tuvo en su homilía palabras de esperanza. Expresó el dolor de! pueblo

español por los atentados contra los miembros de las Fuerzas Armadas. El vicario general castrense quiso

en sus palabras llamar al deber y al compromiso de la familia militar. Ningún miembro del Gobierno

estaba presente en las honras fúnebres porque el Consejo de Minis-. tros celebraba en esos momentos

reunión en él Palacio de [a Moncloa. «No es motríento de pensar —dijo— lo que quienes no están aquí

deben hacer.» ´«Tenéis et deber —cx> mentó a los congregados—:,de defender, heroicamente si es

preciso, la paz e integridad de la Patria.»

Al filo de la una menos cuarto de la tarde, el presidente de la Junta dé Jefes de Estado Mayor ,y los jefes

de los Estados Mayores de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, junto al capitán general de la I Región

Militar, despidieron a los Reyes. Antes de partir, Don Juan Carlos y Doña Sofía se detuvieron unos

momentos con la esposa del teniente general Valenzuela, que estuvo presente en´ el funeral.

CONCENTRACIÓN ULTRA EN LA PLAZA

Durante la ceremonia, la Policía Nacional contuvo en la plaza del pueblo a cientos de manifestantes que

se congregaron en las aceras portando banderas españolas con crespones negros, iguales a las

qu&eolgaban de muchos de los balcones de las casas militares que dan frente al acuartelamiento de la

Guardia Real. Entre los congregados, numerosos jóvenes que habían llegado desde Madrid y a los que no

se les" permitió el paso en el acuartelamiento. Cuando fueron saliendo los coches oficiales de los

generales y jefes, los congregados dieron vivas a! Ejército y gritaron «¡Ejército al Poder!» También nuDo

grupos de personas qué alzaron su voz contra la Monarquía: «¡Tricornios, sí; Corona, no!», varias veces,

y en sectores distintos de la plaza se cantó e) «Gara al sol». Después, gritos de «¡Franco, Franco!» Las

calzadas de algunas calles estaban repletas de panfletos con textos contra los partidos pólíticps y en los

que se pedía la intervención del Ejército y la libertad de Tejero. Era la literatura de los ultras quienes, con

sus gritos, habían querido romper la entereza y la emocionada serenidad con la que las Fuerzas Armadas,

despidieron a las últimas víctimas del terrorismo.

 

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