Autor: Amador Franco, Enrique. 
   El golpismo y los políticos     
 
 ABC.    16/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

TRIBUNA PUBLICA

El golpismo y los políticos

A las Fuerzas Armadas se las ha situado, frecuentemente, frente a la antinomia que supone constituirlas

en último reducto de la defensa nacional, ante graves amenazas extemas o internas, y no fijar, en cambio,

las condiciones objetivas en que habrían de tomar la iniciativa ante las situaciones que puedan calificarse

de «límite» o precaóticas en los que la incapacidad, la ineficacia, la mala fe o la traición del poder civil

hayan quedado patente* mente manifiestas. La historia presenta un muestrario suficiente de situaciones

tales y hoy, ante los métodos equívocos y solapados de penetración y captación para la guerra ideológica

y subversiva, constituiría una imperdonable ligereza no incluir en nuestros razonamientos los anteriores

supuestos.

Con ello se sitúan los políticos en una cómoda posición, al poder calificar como indisciplina toda

intervención de las Fuerzas Armadas en la vida política, sea o no justificada, olvidando que tos ejércitos

también pueden ser culpados por omisión o inacción cuando sus palabras o sus acciones aparecen como

necesidad imperativa derivada de la situación. Pueden presentarse ejemplos bien próximos en el tiempo o

en la geografía. Ni las grandes naciones democráticas dudaron en condenar, incluso a la pena de muerte, a

quienes como jefes militares actuaron obedeciendo órdenes del poder civil alemán, aplicando en

Núrenberg principios judiciales sin precedentes, ni la doctrina francesa de la «grande muette» salvó la

vida o la libertad de los militares franceses que, por aplicaría en momentos cruciales de la vida de su

nación, se consideraron obligados a prestar obediencia al poder civil derivado de una situación de hecho

que difícilmente podían ellos cambiar. Mientras, en cambio, fueron ensalzados los militares portugueses

cuando intervinieron en la política y se constituyeron en factor dominante y controlador durante un largo

periodo de tiempo.

Y es que quizá debieran pensar los políticos que mantener calladas, pase lo que pase, a las Fuerzas

Armadas puede cos-tarle un alto precio al pueblo español, pues inmersos los políticos de partido—la

totalidad del poder político civil— en su bola de cristal pueden no alcanzar a comprender el proceso que,

partiendo de una situación nacional degradada, termina por justificar ante la opinión pública una

intervención militar. Y como no analicen el tema con la seriedad y la profundidad indispensables, ni con

otros datos que los delimitados por esa bola de cristal, pueden no darse cuenta de que uno de los pocos

procedimientos eficaces para impedir una intervención militar «motu proprio» consiste en hacer

desaparecer las bases en que se funda, en esencia, el descontento y la desesperanza generalizada de la

población, ya que hoy una intervención militar de alcance y grado suficiente para triunfar sólo puede

tener lugar cuando brota un clamor de amplísima base popular, que pone de manifiesto una totai

incomunicación entre los políticos y un pueblo que vuelve sus ojos a sus Fuerzas Armadas como último

recurso y en la esperanza de que el patriotismo de esta institución constitucional permita reconducir la

democracia por causas eficaces y apacibles, aun cuando para ello hayan de sacrificarse algunas libertades

por cierto periodo de tiempo.

Y quede claro que con ellos no pretendo abogar por el golpismo. Todo lo contrario. Lo que ocurre es que,

si veo la manera de evitarlo en el terreno de los hechos, no puedo eludir su presencia en el de la dialéctica.

Y me parece que basta leer la Prensa de estos días para ver que lo mismo les ocurre a los comentaristas

políticos de todos los campos.

Comprendo que los políticos mantengan una postura extremada en cuanto a su supuesto derecho a

conducir la vida española pase lo que pase, a tumba abierta. Y lo comprendo porque no pasa de constituir

una cuestión de «deformación profesional», y comprendo también que, igualmente, la profesión militar,

aun siendo la mía, conduzca nuestra mente y nuestro corazón por dos vertientes dispares, una por la que

discurre y se recrea nuestro egoísmo personal, otra por la que se elevan y exaltan nuestros sentimientos

patrióticos. Pero me doy cuenta de que ambas deben ser encauzadas de modo equilibrado para que la

profesión militar contribuya en tiempos de paz y, sobre todo, en tiempos de crisis, al bien de nuestro

pueblo y de nuestra nación. Pero lo que me parece fuera de toda duda es que ni los militares pueden exigir

que el poder pase a sus manos por el hecho de que las cosas «van muy mal», lo que en ocasiones puede

ser difícilmente evitable, ni los políticos pueden pretender que el mandamiento recibido del pueblo es un

cheque en blanco que les permita malgastar en una o dos legislaturas unos capitales de unidad histórica,

de capacidad de orden, de posibilidades de creación de riqueza y de esperanza y de ilusión por un futuro

mejor, que habían sido creados y amasados tras siglos de luchas, de aciertos y errores, de esfuerzos y

sacrificios, en fin, de cientos de generaciones.

Por ello no deben extrañarse los políticos de que en situaciones como la actual el golpismo aparezca, ni

creer que el problema se resuelve asustando a los golpis-tas. Más bien se resolvería acertando a encontrar

e! punto de equilibrio entre la libertad, de que todo pueblo debe disfrutar, y el indispensable

.mantenimiento de los valores esenciales en qué se asienta la supervivencia y la capacidad de vida y de

futuro de una comunidad del calibre histórico de la nuestra. Valores que, no creo equivocarme al

afirmarlo, la inmensa mayoría de nuestro pueblo ansia ver mantenidos con firmeza por la clase política. Si

la degradación rebasa, en continuado declive, dicho punto de equilibrio, creo que cualquier

psicosociólogo podría diagnosticar:

a) O las propias fuerzas políticas —Gobierno, oposición, partidos políticos, etcétera— encuentran

soluciones de emergencia que restablezcan la confianza general, anteponiendo los intereses generales a

los de partido; o

b) Cualquier otra fuente de poder que inspire confianza será aceptada, y aun solicitada clamorosamente,

por la inmensa mayoría del país.

Pidamos que no se llegue a tal situación y que son los políticos los que deben evitarlo. Pero si esa

alternativa (b) se convirtiese en una triste realidad nadie se extrañe que esa otra fuente de poder aparezca

en el horizonte nacional por haberse creado las condiciones objetivas que hacen posible su vigencia.

Quisiera terminar con una afirmación que pudiera ser resumen y compendio de todo lo anterior: «No sé si

quedan golpistas residuales. Sí sé que el Ejército no es gol-pista. Pero me temo que puede haber

situaciones que inciten y alimenten el golpismo. Y está en nuestras manos evitarlas.» Creo que España y

el pueblo español se lo merecen.

Enrique AMADOR FRANCO

Almirante de la Armada

(en situación de reserva)

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vertidas en los artículos firmados.

 

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