Autor: Urbano, Pilar. 
 Celebración del Día de las Fuerzas Armadas.. 
 ¡Visca els Reis!     
 
 ABC.    31/05/1981.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

NACIONAL

Celebración del Día de las Fuerzas Armadas

Hilo directo

¡¡Visca els Reis!!

Pasaba Don Alfonso Xllí por una calle de Barcelona y, mirando unos balcones con los batientes cerrados,

comentó con cierto deje-de tristeza: «Detrás de cada balcón cerrado adivino una bandera catalana.» Hoy

no es así. Hoy la senyera y la bandera española se asoman a muchos, muchos balcones y ventanas d"e esta

noble ciudad de los condes! Hoy, cuando el Rey ha pasado «a parlar a-soles» con el presidente Jordi

Pujol, en su despacho de ia Generalidad, ha visto, hincada desde ayer, la gran enseña nacional de raso que

regalaron los Ejércitos. «Y... en la Corona, un precioso bordado de perlas y rubíes.»

Hacía trescientos años, ya son..., que un Rey de España no entraba en el palacio gótico de la Generalidad.

Desde estos arcos y estos claustros venerables, Majestad, siete siglos de Historia nos contemplan... Y

entró Don Juan Carlos, ya caído el «éngelus» desde un cielo límpidamente azul, a soi refulgente. El

pueblo, en la plaza de San Jaime, reclama con aplausos su presencia, y la Familia Real sale al balcón.

Después, en el salón de la Virgen de Monserrat, los discursos. Dos. Breves. Aquilatados en sus

contenidos de afirmación y compromiso. Pide Jordi Pujol «respeto y reconocimiento de nuestra

personalidad... y la proyección creadora y constructiva sobre el resto de España». Y el Rey dicta un

mensaje preciso: «Superaremos todas las circunstancias adversas si aprendemos a distinguir lo

fundamental de lo accesorio y nos entregamos con entusiasmo a la defensa de los valores permanentes

representados en esa bandera de España que habéis recibido de los Ejércitos...». Ha estado el Rey, antes,

en el Ayuntamiento, en la «Gasa Ciutat», frente por frente, plaza de San Jaime en medio, de la

Generalidad. Rosas para la Reina. (¿Cómo sabe tener esta mujer la sonrisa, no ya en los labios, ¡en los

ojos!, siempre, en cada momento?).

Y para las Infantas; vara del mado municipal, para el Rey; a quien eí alcalde socialista, Narcis Serra,

nominará «conselfer en cap». Estoy justamente detrás de la Familia Real. Observo —no sé por qué—los

talones juntos, •prietos, en «firme» marcial del Rey..., y en calco idéntico, los de su hijo, el Príncipe de

Asturias. Y pienso —sí sé por qué—, una vez, más, cuando veo de cerca al niño, «qugvSerá Rey», en esa

sólida garantía de eslabones de continuidad..., tan prpmetedora como obligante, de las Monarquías.

En el Salón de Cierto-, una joya de fa goti-cidad catalana, los cuarenta y dos «consellers», con sus bandas

rojas de moaré; enfrente, el Gobierno de la Nación, las autoridades militares, el gobernador civil, los

presidentes de las dos Cámaras parlamentarias, los del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional,

La Casa, Secretaría y Cuarto Militar del Rey... En sitiales destacados, el presidente del Gobierno y el

alcalde de Barcelona. Narcis Serra va a decir un discurso denso, importante y comprometedor, de los que

hay que leer con pausa. «La autonomía municipal ha de ser el fundamento más sólido en que Cataluña

apoye el edificio de su autogobierno», dirá, y con razón, y afirmará: «el espíritu de solidaridad con todos

los pueblos de España», rechazando «soluciones para Cataluña como nacionalidad aislada». Expone sin

sonrojos el capítulo de las dificultades económicas. El Rey adopta entonces un gesto de grave escucha,

cruza los brazos sobre el pecho, concentra su atención..., tiene delante un alcalde joven, un socialista

ilusio-nasdo, luchador, y a renglón seguido declarará que «los escollos no nos asustan» y que se

adelantará en el calendario de los buenos y los malos vientos a pedir para dentro de once años ¡1992! —

sonríe la Reina— la capitalidad dé los Juegos Olímpicos, en Barcelona..., bajo el patrocinio de la Corona.

«Vos sou, Senyor Re¡, la nostra mes ferma garantía», termina Serra.

El discurso de respuesta del Rey es breve. Se ha meditado mucho cada punto y cada coma. La cita de

Cervantes y la de Jacinto Verdaguer, que recitara en la lengua vernácula de Catalonia: «Avant, ciutat deis

cpmtes... ¡Adelante, ciudad de los condes!, extensa de río a río. ¡Adelante, hasta donde empuje tu nave el

Omnipotente!».

Ayer fue en Cataluña el día vertebral de la visita del Rey. Mejor dicho: de la Familia Real. No quiero

pasar por alto esta presencia plural. Porque no se trata de un Rey que al socaire de la fiesta de las Fuerzas

Armadas visita una guarnición militar que muestra sus defensas {«¡presenten armas!». Se trata, hay que

saber entenderlo, de la Corona: «La Reina y yo..., no es una deferente memoria a Doña Sofía; es una

constancia que señala al «tándem» egregio sobre el que se apoya la Corona: los Reyes, Reina y-Rey, y el

heredero. La Corona, digo, que.se hace presente, hoy aquí, en el diverso estadio de lo militar y lo civil.

No tiene otro sentido que éste, demostrativo, los sumandos de una milimetrada agenda de viaje en la que

la Familia Real, en su conjunto de cinco, presencia ejercicios navales y asiste a la ópera en el Liceo, visita

«lo municipal» en la «Casa Ciutat» y lo autonómico en eí «Palau de la Generalitat», se detiene en la

muestra cultural de una exposición de la Historia de España o acompaña a la bandera nacional en su

homenaje publico... Por todo ello, no es casual que la Familia Real almorzara a solas en el «Azor», Ni

que, al finalizar la ópera «Eugene Onegin», mientras la Orquesta de Kirov, de Leningrado, ¡ir» terpretaba

una magnífica recreación de nuestro Himno Nacional, el público de gala del Liceo aclamase en plural

«¡Visca els Reís!». Ni que firmasen en el libro de honor de ía Generalidad cada uno de los miembros de la

familia: «Juan Carlos, R. Sofía, R. Felipe, Príncipe de Asturias. Elena, Infanta de España. Cristina,

Infanta de España.

Y es la anécdota de hoy: rubrican los Monarcas sus nombres de pila con un, trazo horizontal. Debajo, con

grafía adolescente, imitativa de los trazos paternos, firman los hijos del Rey. Las Infantas, como el Rey y

la Reina, ponen raya por debajo de las letras. El Príncipe de Asturias se subraya en doble trazo y se

proyecta prolongando largamente la tilde de la «f» inicial, por encima.

El Rey ya está charlando con "Jordi Pujol en un ángulo del salón. Se vuelve, a hurtadillas, hacia ía mesa

donde la Infanta menor «echa su firma». Me da ía impresión de que el Rey se impacienta. Luego lo

entiendo: «¡£h! Mi plumaí». Y mientras se la guarda ert el bolsillo de la americana, bromea con su hija:

«Si me descuido..., me desplumas!». Son los espontáneos modos borbónicos de familiarizar una

presencia-«natural» que engorrosos protocolos se empeñan en encors»-tar solemnemente.— Pilar

URBANO

 

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