Una badera común     
 
 El País.    02/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Una bandera común

Los ACTOS celebrados en Barcelona el pasado domingo pusieron fin, con la misma brillantez de su

comienzo, a la Semana de las Fuerzas Armadas. La presencia de los Reyes, el significativo papel

desempeñado por el presidente de la Generalidad y por el alcalde de la capital catalana y la participación

popular en la parada militar fueron los rasgos más destacados de este homenaje a los tres ejércitos, a los

que el artículo 8° de la Constitución encomienda la misión de «garantizar la soberanía e independencia de

España» y «defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».

El servicio militar hace que prácticamente todos los españoles varones mayores de edad hayan formado

parte durante una etapa de las Fuerzas Armadas, cuya estructura básica está compuesta por quienes han

hecho de. la milicia una profesión y una vocación.

Algunos sectores de la oficialidad tienden, sin embargo, a sobreponer sobre los hechos desnudos de

nuestra cruenta guerra civil, librada hace más de cuarenta años, la interpretación ideologizada de que uno

solo de los bandos contendienteS´-era auténticamente nacional. El desgraciado corolario de esa falsa

teoría sería qué nuestras Fuerzas Armadas se consideraran vinculadas históricamente a los vencedores del

conflicto bélico y excluyeran a los vencidos de la comunidad española.

Pero las Fuerzas Armadas, que deben amparar a todos los españoles por encima de creencias, ideologías y

mifi-tancias, de. los sectores y grupos que combatieron en la zona republicana o que se consideran

herederos de su .legado. Esa reconciliación que la Corona, ios partidos políticos, la Iglesia, las fuerzas

sociales, los intelectuales y la mayoría de los ciudadanos desean, llevar a término, a fin de cerrar la brecha

abierta en julio de 1936, que dividió-a España en dos mitades enemigas, culminará cuando el Ejército se

contemple a sí mismo y sea contemplado por la sociedad como una institución que integra todas las ideas

y creencias y que acepta sin tomas de posición partidarias la historia entera de nuestro país.

De todos es conocido el enorme valor simbólico y emocional que para las Fuerzas Armadas tiene la

bandera, que materializa una constelación de valores y virtudes propiamente castrenses, pero que-también

encarna el sentimiento de identificación nacional de todo él pueblo. No es esta una particularidad

española, sino un rasgo común a los ejércitos y países del mundo entero, que contemplan en su bandera

las señas de pertenencia a una comunidad formada a lo largo de la historia y que asume todo su pasado. A

este respecto, nunca se subrayará lo suficiente el dañó que en el plano simbólico causó la sustitución, en

1931, de la bandera de Carlos III por otra enseña. Esa decisión llevaría, cinco años después, a que los dos

bandos de la guerra civil lucharan bajo banderas diferentes y los combatientes de la zona republicana

identificaran la enseña bicolor no con España, sino con una parte de España. La aceptación incondicional

dé socialistas y comunistas de la bandera de Carlos III al comienzo de la transición puso fin a ese pleito

simbólico. Las Fuerzas Armadas tienen que saber que en nuestro país siguen existiendo grupos, instalados

en los campamentos de la ultraderecha, que se esfuerzan por ignorar esa reconciliación y siguen

empeñados en enarbolar la bandera bicolor como enseña sectaria que perteneciera exclusivamente a una

parte de los españoles.

La colaboración, sincera y sin reservas, de Jordi Pujol, presidente de la Generalidad, y de Narcís Serra,

alcalde socialista de Barcelona, a la Semana de las Fuerzas Armadas y al homenaje a la bandera española

ha sido una alentadora contribución a esas celebraciones. El acercamiento y el entendimiento entre las

Fuerzas Armadas y el régimen democrático necesita planteamientos de fondo, pero también gestos que

los hagan añorara la superficie.

El derecho de las comunidades autónomas a que les sean reconocidas banderas y enseñas propias,

garantizado por el artículo 4° de la Constitución, debe ser conjugado con la obligación, también

constitucional, dé ser utilizadas, «junto a la bandera de España, en sus edificios públicos y en sus actos

oficiales». Asimismo, el derecho del catalán, el vasco o el gallego a ser lenguas oficiales en las

respectivas comunidades autónomas, garantizado en el artículo 3° de la Constitución, tiene como

correlato que «el castellano es la lengua española oficial del Estado» y que «todos los españoles tienen el

deber de conocerla y el derecho a usarla».

El intercambio dé banderas entre el presidente de la Generalidad y eljefe de la Junta de Jefes de Estado

Mayor rubricó simbólicamente esa aceptación íntegra y coherente de ía letra y del espíritu de la

Constitución, también patente en la presencia de la senyera junto a la bandera de Carlos III en las calles

de Barcelona. Al igual que-el discurso de salutación del alcalde de Barcelona al Rey, pronunciado en

castellano y en catalán, fue cortésmente contestado por don Juan Carlos conjuna cita en el viejo romance

deí Principado. La Constitución reconoce a las nacionalidades históricas la protección´ y el uso de sus

lenguas y el derecho a sus banderas y enseñas. Pero también establece, sin merma ni desmerecimiento

para las comunidades autónomas, la unidad de la nación española, el carácter oficial del castellano como

lengua de! Estado y la existencia de una bandera común a todos los españoles.

 

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