Autor: Domínguez, Luis G.. 
   Del rejuveneciento en las Fuerzas Armadas     
 
 ABC.    04/06/1981.  Página: 82-83. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

TRIBUNA PUBLICA

Del rejuvenecimiento en las Fuerzas Armadas

Una buena condición física y psíquica ha sido siempre premisa obligada para los aspirantes al ingreso en

los Cuerpos Armados, ante los evidentes requerimientos del combate. La evolución histórica de las

luchas, desde la prehistórica, personal y localizada, hasta el moderno combate «a distancia», a bordo de

complicados ingenios tripulados, ha repercutido en el grado de exigencia de esa condición física, a los

distintos grados de la jerarquía militar, con una tendencia ciara a exigir una mayor juventud de los

cuadros profesionales. La maniobra táctica previa al combate y la subsiguiente acción de fuego, sumadas

a la complejidad y carestía de los modernos sistemas de armas, hacen que su usuario sea hoy con

frecuencia el eslabón más débil de la cadena operativa, cuyo deterioro por simple disminución psíquica

momentánea puede acarrear, no sólo el fracaso de la operación, sino la pérdida de la propia vida, a veces

la de todo un equipo, amén de la casi segura consunción de irreparables y cuantiosas pérdidas materiales.

Todo ello hace del aspirante a la carrera de las armas un «espécimen» cada día más difícil de conseguir,

pues junto a los tradicionales valores personales, éticos y morales, debe alcanzar una sólida preparación

profesional y poseer y mantener una .excelente condición física a lo largo de su vida militar. Las

modernas tendencias en e! reclutamiento de aspirantes se orienta, en la mayoría de los países, hacia una

búsqueda temprana de vocaciones, a impartirles una sólida formación humanística y técnica, y a

conseguir una promoción muy selectiva a lo largo/de no más de treinta y dos-treinta y cuatro anos de vida

activa, para engrosar unos cuadros profesionales reducidos y ajustados a las "exigencias de la defensa

nacional. E periodo de vida profesional señalado viene, además, determinado por la distribución óptima

de las capacidades psico-físícas humanas, según la edad, para el mejor desempeño del ejercicio del

mando, en los niveles básicos de la organización militar. Los israelitas forzaron los límites durante los

pasados conflictos, hasta e! extremo de contar con oficiales de apenas veinte años para el mando de sus

formaciones de choque, de aviación, unidades blindadas y lanchas rápidas. Así se justifica hoy el actual

límite superior de edad activa, situado en la mayoría de los países de la OTAN alrededor de los cincuenta

y seis años. Nuestra situación actual al respecto está muy lejos de la señalada para los países de la Europa

occidental y de la deseable por las razones antes apuntadas, singularmente sí la referimos a las exigencias

generales del objetivo de Fuerza Conjunto de la década de los 90. España, para entonces, no puede ser

diferente y hemos de poner en marcha cuanto antes un proceso racional que nos acerque al modelo

generalizado en la mayoría de los países europeos. El ciudadano corriente no acierta a comprender qué

circunstancias concurren para que se oiga hablar con frecuencia de tenientes generales de otros países,

retirados a los cincuenta y seis años (como un viola o un Videla), o un Haig que, tras un brillante ejercicio

del mando de la OTAN antes de los cincuenta, se encumbre al retirarse nada menos que a la Secretaría de

Estado de los Estados Unidos de América, o que los tenientes generales, que nos suelen visitar, al término

dé su carrera militar, no rebasen los cincuenta y seis años. Hemos tenido ciertamente militares españoles

en esa línea de juventud, y el caso del general Franco, incluso, no admite comparación en ese sentido, al

haber alcanzado el generalato nada menos que a los treinta y dos años; pero se trata en este caso de una

promoción excepcional (como lo fue en su día el del coronel Santos Costa, en Portugal, elegido a los

cuarenta y ocho años para Ministro de Defensa, o el de! actual teniente general Eanes, presidente del país

vecino, a ios cuarenta y cuatro). La evidencia de un envejecimiento excesivo, para una evolución cada vez

más exigente de los sistemas de armas, es clara y contrasta además fuertemente con el rejuvenecimiento

que se viene observando en otros estamentos, desde el advenimiento de la Monarquía, que tan dignamente

encarna nuestro aún joven Rey Don Juan Carlos, quien, además, remata la cúpula de la cadena de mando

militar. Algunos de los estamentos de la vida política y social hacen gaja de una intensa renovación

generacional, sin parar mientes en las razones objetivas que la justifiquen e incluso desatendiendo

experiencias pasadas que han probado, hasta la saciedad, la superioridad de la cordura, ia prudencia y la

sensatez para el ejercicio de los niveles superiores de la administración pública y privada. En claro

contraste la escasa representación del estamento militar, en las esferas político-sociales en los últimos

años, ha sido para ostentar casi siempre ios mayores registros de edad física. ¿Cómo hemos llegado a la

actual situación y qué puede hacerse para adaptarla, a plazo medio, a las exigencias de una moderna

organización militar? Ciertamente, las circunstancias históricas del próximo pasado no han sido

precisamente las más favorables para auspiciar un estudio serio y razonable del tema, sobre la base de

armonizar un rejuvenecimiento gradual, con la debida eficacia, de la Organización Militar y ios intereses

generales del país. Al término de nuestro conflicto interior surge la presión en nuestra frontera y el

aislamiento internacional que obligan, primero, a mantener unos contingentes demasiado abultados de

oficialidad provisional y, luego, a facilitar su acceso a las filas profesionales, en condiciones

especialmente favorables, dada la indudable quiebra profesional que la guerra había supuesto para nuestra

juventud y las serias dificultades para absorber, desde un sector civil en franca crisis, ios excedentes de

tropa, suboficiales y oficiales.

En consecuencia, durante los primeros años de la posguerra surgieron de las academias y escuelas de

transformación unas promociones muy numerosas de oficiales y .de suboficiales, cuya marcha profesional

debió ser seguida con ia debida atención para atemperaría, a lo iargo de un proceso riguroso de selección

y de reconversión, a unas expectativas razonables de desarrollo de escalas de Armas y Cuerpos. Con

demasiada generosidad y cierta miopía se dulcificaron exigencias de promoción profesional, ante

coyunturas económicas imposibles de satisfacer, con lo que la progresión en el tiempo de la llamada

«joroba» de la curva de contingentes de la guerra se trasladaba hacia las categorías superiores, sin apenas

variación, provocando consecuentemente un estancamiento de la oficialidad de la posguerra en las

categorías inferiores, con un futuro profesional incierto e inadecuado. La Marina dio un paso importante

para enfrentar este problema con decisión, realismo y un tratamiento riguroso, a pesar de no afectarle

tanto el problema como a Tierra y Aire, y a sabiendas de que una solución de futuro cjara y razonable

presentaría dificultades obvias en su prosecución a ultranza y crearía una fuerte contestación y .un no

menor desencanto para muchos. La medida, basada en la aplicación continuada de dos procesos —

selección rigurosa y fijación de cupos de vacantes forzosas por categoría—, está consiguiendo muy

apreciablemente las metas propuestas. La separación más significativa, respecto a nuestro entorno

europeo, radica en que los márgenes de edad activa supuestos para cada categoría se separan

significativamente de los imperantes en la OTAN. El Ejército del Aire, con una situación de partida aún

peor y ante las crecientes exigencias del moderno materia! aéreo, dio también su paso adelante

disponiendo una reducción «lineal», a plazo medio, de tos límites de edad activa por categorías, para

permanecer en la llamada Escala del Aire. Empero esta medida, incluso unida a un endurecimiento

progresivo de las «condiciones de vuelo» y a la cifra significativa de bajas por accidentes, no podían

influir más que de forma general y escasamente apre-ciable en una situación límite. Por ello, y con más de

diez años de retraso, hubo de recurrir al camino señalado por la Marina, con la declaración de «vacantes

forzosas». Los tres Ejércitos han aplicado, además, a la categoría de general (o almirante) unos tiempos

máximos de permanencia parciales y totales. Es de señalar que los doce años que hoy estipulan las

disposiciones como de máxima permanencia en aquellas categorías resultaría excesivo al reducirse la

carrera militar activa. El Ejército de Tierra, sin duda el más afectado por el proceso de envejecimiento

progresivo de sus contingentes, ha reaccionado muy tardíamente y de modo parcial, por lo que su

situación actual sigue siendo poco acorde con los supuestos antes mencionados, hoy exigióles a toda

organización militar moderna. La creación de la llamada «reserva activa» y sobre la que se han

pronunciado los diferentes partidos con representación parlamentaria, no contempla un objetivo asumióle

a nivel europeo, siquiera sea a plazo medio (ocho-diez años), lo que signiABC es independiente en su

línea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas vertidas en los artículos firmados.

fica que no ofrece a la oficialidad joven, ni a los futuros aspirantes, y menos aún a las actuales categorías

intermedias, una carrera homologable con las similares en los países de la OTAN. La simple aplicación

continuada del proceso actual seguido por los Ejércitos de Mar y Aire superaría los logros que se

pretenden con la actual legislación, sin más que revisar los criterios actuales de asignación de categoría

por márgenes de edad. Cuando se plantea este problema en tales términos, siempre surgen los

comentarios inevitables de ¿qué se va a hacer con los posibles contingentes pasados a la reserva en edad

temprana? O, ¿qué va a ocurrir con tos afecta-, dos por un riguroso proceso selectivo, a lo largo de la

carrera? A tales cuestiones habría que contestar que para ello está la «planificación») que debe hacerse

pensando fundamentalmente en los posibles aspirantes .y no en las categorías intermedias o superiores,

para las que no caben más que soluciones parciales. Las actuales disposiciones de los Ejércitos de Mar y

Aire tienen rigor suficiente para alcanzar tal objetivo, a plazo medio, por aplicación reiterada del proceso

de «vacantes forzosas» y de selección negativa, incluso para las actuales categorías intermedias. En

cuanto al problema del contingente que pueda resultar afectado a edad temprana, no´es tan grave si se

conjuga la fijación de unas plantillas «apropiadas» de cuadros profesionales ajustados a las exigencias de

nuestra defensa militar, y fa reconversión profesional de aquéllos hacía actividades de la logística general.

Esta medida puede ser muy eficaz para recuperar el personal de las Armas afectado por unas

circunstancias profesionales muy exigentes (físicas, psíquicas y profesionales) para otras Cuerpos o

escalas, tras un período de adaptación y contando, por supuesto, con una buena formación de base en las

Academias. De otra parte, el personal que alcanza categorías superiores (general o almirante), queda

suficientemente protegido en su futuro, además de encontrar, con frecuencia, importantes solicitudes

desde amplios sectores civiles.

Esta práctica, hoy norma! en otros países, nos lleva finalmente a la consideración de la formación

profesional de nuestros cadetes qué, si han de enfrentarse al futuro con decisión y optimismo, deberán

conjugar, junto a una amplia y esmerada formación humanística, una sólida preparación técnica con la

que asegurar, no sólo una difícil y exigente marcha profesional, sino la eventual y futura reinserción en

Cuerpos técnicos o facultativos más afines a su peculiar vocación e interés, lo que para el personal de fas

Armas especialmente técnicas, como Aviación, Marina, Ingenieros, Artillería, etc., significa que habría

que pensar ya en la homologación, en breve plazo, de la categoría de alférez-afumno con la de ingeniero

de sistema de armas. Actualmente es normal en Europa exigir, por ejemplo, a los oficiales de Estado

Mayor, estar en posesión de un título facultativo, para poder ascender a los puestos de alta

responsabilidad de la organización militar. Sobre estas bases, la perspectiva de alcanzar a plazo medio

(ocho-diez años) una situación de la profesión militar, en sus escalas de Armas, análoga a la imperante en

Europa, no sólo aparece factible y deseable, sino con potencialidad suficiente para enfrentar y asimilar

toda futura evolución de este sector de la Defensa nacional.

Luis G. DOMÍNGUEZ General de Aviación

 

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