Autor: Silva Vidal, Miguel. 
   Carta a un compañero militar/1     
 
 El País.    06/08/1981.  Página: 9-10. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

Carta a un compañero militar/1

MIGUEL SILVA VID AL

Mi querido amigo: perdona que me dirija a ti por este medio tan poco usual entre nosotros como es una

carta abierta, pero te aseguro que no he encontrado una forma mejor de comunicarme contigo, y te ruego,

aunque no estés de acuerdo con el procedimiento, que hagas el pequeño esfuerzo de reflexionar sobre

alguna de las cuestiones que te voy a plantear. Ten en cuenta, además, que no es justo que guardemos

nuestras ideas en la esfera estrictamente militar, ya que ía historia de España nos enseña que muchas

veces nuestras acciones u omisiones han tenido una gran repercusión sobre el resto de la sociedad y es

normal que a sus miembros les interese estar al tanto dé nuestras actitudes. Personalmente prefiero dar

público testimonio de mis ideas que andar, de cenáculo en salón y de tertulia en conversación de café,

pontificando sqbre las soluciones políticas y militares que demanda en estos momentos cruciales nuestra

Patria. Permíteme que maneje como hipótesis previa la de ,ríaustro acuerdo básico en los problemas que

aquejan a España, que podrían ser, sin darle excesiva importancia al orden en que los cito, el desprecio

del derecho a la vida por parte de ciertos grupos terroristas, así como los secuestros, extorsiones,

violencias y chantajes que practican; el desequilibrio entre los deseos de autpAomía de las nacionajidade$

y regiones españolas y la ñecéií" ria afirmáción~del fespeto a la" tradición y al futuro de una Patria

común; la insuficiente, compensación entre el ansia de que se aumenten nuestros derechos con un no

demasiado claro compromiso de cumplir nuestros deberes ciudadanos; la crisis económica, con sus

secuelas de paro y pérdida del nivel de bienestar individual y colectivo; la inseguridad ciudadana fruto en

grar» medida de •ár^^^^rbv pTOtKeVnís´aiiTe^" riormerife planteados y la carencia de una voluntad

política firme en el planteamiento y ejecución de la reforma de la Administración, incluida la militar.

Estoy seguro de que hasta aquí no tendremos dem asiados puntos de discrepancia y de que ambos estamos

deseosos de aportar soluciones. Creo que compartirás conmigo la conveniencia de que nuestra

preocupación la ´manifestemos, siguiendo lo que es norma y tradición en la milicia, por el conducto

reglamentario con el objeto de que dicha información pueda llegar a los~más altos escalones de mando.

Como esto, por uno u otro cauce, habrá ocurrido ya, no nos debe quedar la menor duda de que al órgano

colegiado superior de la cadena de mando rnilitar, la Junta de Jefes de Estado Mayor, le habrán llegado

hace tiempo estas inquietudes y las habrá expuesto al Gobierno de la nación. Me imagino que la respuesta

recibida no diferirá mucho de la siguiente: «Esa preocupación no es exclusiva de . los militares; también

la comparte cualquier español bien nacido, y lo que habría que intentar con el esfuerzo y colaboración de

todos es que en el plazo más breve posible deje de angustiarnos». Pero tal vez lo que ocurre es que tú y yo

no dudamos de que el poder político tenga esa información y esa preocupación, sino que no nos

convencen las medidas que aplica... Pues mira, somos afortunados, vivimos en uno de los pocos países

del mundo en el que se ha conseguido instaurar un sistema democrático que nos permitirá en un plazo no

superior a dos anos poder retirar nuestra confianza, si es que en su momento se la otorgamos, a los

hombres y mujeres que configuran en la presente legislatura la mayoría parlamentaria en el Congreso, de

la que nace y en la que se sustenta el actual Gobierno. No creo que se te ocurra desechar ese sistema

democrático, definido muchas veces como el menos malo de los posibles, únicamente por el rechazo de

unos pocos españoles, aunque entre ellos se incluyan bienintencionados compañeros nuestros. Debemos

abandonar de una vez por todas la idea obsesionante de que por encima del juego político institucional

que corresponde a los partidos, el Ejército puede, llegado el caso, constituirse en «salvador» de la Patria.

Es más: aunque, con absoluto desprecio a la opinión mayoritaria de nuestros compatriotas libremente

expresada, se llegara a plantear una-rebelión militar contra el poder constituido, nos tendríamos que

plantear con quién habría que contar y hasta qué nivelesrEstoy seguro de que el 23 de febrero rio contaron

contigo; desde luego, conmigo no; ni contaron con el Rey, ni con la Junta de Jefes de Estado Mayor, ni

con la mayoría de los capitanes generales y jefes de las unidades, ni con la Armada y la Aviación. En fin,

no quiero seguir con ejemplos y no admito que nadie ñas insulte con la hipótesis de que la reacción en

cadena y la política de hechos consumados nos hubiera llevado a unirnos a su locura. No soy quién para

hablar por los demás, pero te aseguro que no faltaré a mi juramento y, en consecuencia, no podré aceptar

un golpe de Estado contra el orden institucional, venga de donde venga y cualquiera que sea su

patrocinadór. En virtud de este compromiso, imagínate por un momento la escena en la que intervenga un

compañero común, el cual busque soluciones políticas y de gobierno prescindiendo de la legalidad

vigente y del respeto al mandato popular, y yo mismo creyendo que.es condición ineludible defender a

toda costa nuestro ordenamiento constitucional. Las manos se acercan a las pistolas y, a no ser que alguno

de nosotros flaquee en la defensa de sus ideales, la escena se tiñe de sangre; la lucha fratricida en nuestras

Fuerzas Armadas se desencadena y el título de la película que se desarrollaría a continuación te lo puedes

imaginar: guerra civil. El que nos pudiéramos encontrar con una nueva guerra debería ser razón,

suficiente para evitar cualquier acción golpista, pero como sé que desde un plano teórico de no bien

asimilado patriotismo, que olvida los intereses y deseos de la mayoría de españoles que conformamos esa

Patria, se puede argumentar que si es necesario defender unos valores superiores, hay que entregar hasta

la propia vida, voy a utilizar, en la segunda parte de esta carta, otros argumentos adicionales, no sin

previamente cerrar este apunte preguntándote si tu estado de ánimo, patriotismo, religiosidad (si la

conservas) y hombría de bien te podrían hacer ver como justo razonable y necesario quitar la vida a un

compatriota, a un compañero, sólo por discrepancias sobre la forma mejor de afrontar la gobernación de

España; sobre todo teniendo en cuenta que al final terminaríamos entregando o compartiendo el poder con

unos grupos políticos que si dispusieran de soluciones milagrosas deberían confrontarlas con las de los

demás, en la disputa democrática que desemboca en el veredicto inapelable de las urnas. No te creo tan

ingenuo de pensar que los militares íbamos a pasar a dirigir la complejísima maquinaria de nuestra

economía, por citar un ejemplo, con las dificultades que estamos teniendo para poner en marcha un

Ministerio de Defensa.

Miguel Silva Vidal es capitán de Ingenieros.

 

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