Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Sin banderas naturales     
 
 Ya.    08/12/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA QUINTA COLUMNA

Sin banderas naturales

LEOPOLDO Calvo-Sotelo no tiene suerte con sus pronósticos. Su proclividad a orientar la información le

conduce lamentablemente a descuidarla. Decretó en las Cortes que había terminado la transición y acto

seguido se le encaramó Tejero a la misma tribuna. Mostró, en su rueda de prensa, una convicción absoluta

sobre la tranquilidad del estamento militar, y confundió tan excelente deseo con un diagnóstico, tras

confirmar, contra viento y marea, a su ministro de Defensa. Su Gobierno le creyó y se marchó de puente.

La noticia del manifiesto de oficiales y suboficiales le sorprendió en la Cava Baja, y los vigías del

gabinete telefónico de Presidencia, uno de los equipos más discretos y competentes de la transición (la

cual, por supuesto, continúa) cazaban uno por uno a los ministros en vuelo para devolverles a sus

Departamentos desiertos. El manifiesto es muy grave; y el mando superior (eso de la cúpula, militar me

suena a horterada) lo considera, de momento, como un acto de indisciplina. No pienso interferir, como ya

se ha hecho, ridiculamente, desde la izquierda y desde el liberalismo radical, en las decisiones del mando

militar. Pero lo menos que puede hacer un español sensato, antes de rasgarse las vestiduras del miedo, es

leer detenidamente el manifiesto y pedir al cielo que acertemos entre todos, a remediar sus causas antes

de fustigar ciegamente sus efectos. Estoy seguro de que la mayoría de mis lectores reprobarán el método

elegido por los cien firmantes, la comunicación píjblica en ausencia del Rey y los evidentes deseos de

aguar la fiesta popular de la Constitución. Estoy seguro también de que algunas reacciones utópicas —

esta es la España de la transición, no la Inglaterra de Jorge V— pueden absurdamente dar .a los firmantes

del manifiesto la parte de razón que han perdido con su indisciplina. Pero en todo caso deben valorarse

los hechos, sin sustituirlos por el deseo o el engaño. Como han hecho, por desgracia, los portavoces

oficiosos al comentar las banderas del domingo. Voy a decir lo que vi camino de la Academia, al

atardecer. Muchas banderas oficiales; el Ayuntamiento se volcó en los mástiles callejeros. Un fracaso

total de banderas naturales. Casas enteras, manzanas enteras sin una colgadura. Recorrí con incredulidad

primero, con estupor después, varias urbanizaciones periféricas, cada vez más pobladas por las familias

que huyen del Ayuntamiento del señor Tierno; entré por la calle Mayor, rodeé el Retiro, regresé por Ríos

Rosas y Cuatro Caminos. Menos de una bandera por cada doscientos balcones; menos de, una por cada

doscien-, tos automóviles. Cierto bufón mañanero dice que recorrió Madrid engalanado. Sería, como casi

todo lo suyo, un. chiste malo. Sin reconocer los hechos —que fueron así^- jamás acertaremos corí los

remedios. Al llegar a la calle de Felipe IV —ni una sola bandera en los balcones— entramos en el gran

salón de la Academia, helado y semivacío. Erpre-sidente Rafael Caldera oficiaba, con Dámaso Alonso, en

el acto cultural más importante del año en Madrid, el.homenaje de España al genial polígrafo de España y

las Américas, Andrés Bello, al segundo centenario de su nacimiento como ciudadano español- en

Caracas. «Para Bello éste es el día más feliz de su eternidad», me decía, con emoción suprema, el procer

venezolano, ehgran estadista atlántico, antes de su maravillosa lección de Historia, y de Filología, y de

Hispanidad. Reinaba el frío de la contaminación y las banderas en el salón destartalado, de cuyo arco

central pendían, provocativas, dos grandes telarañas. Dos comandos democristianos rellenaban algunos

huecos; Fernando Alvarez de Miranda y Luis Vega, en las butacas; Iñigo Ca-vero, en la presidencia;

Eugenio Nasa-rre, arrebujado, al fondo del estrado, en Luis Rosales. Manuel Fraga tenía que estar allí y

estaba, detrás de un rozagante Julián Marías. Me dijo todo, con dos gestos, Eugenio Montes. Cuando falló

el micrófono se impuso, en el aula espaciada de abrigos, la voz pausada de don Rafael ante la Irreal

Academia Española, que debería encomendar la organización de sus actos a José Manuel Lara.

La clase política, de puente, repasaba sus notas. De cómo una llamada de Antonio Garrigues descalificó

para ministro a Antonio Jiménez Blanco; de cómo Martín Villa, para hacer ministro a mi vecino de la

derecha, Manolo Núñez, tuvo que desnombrar a mi vecino de la izquierda, Lorenzo Olarté, otra gran

ocasión perdida para situar a Canarias en el Gobierno. De cómo Luis Gámir se quedó dentro cuando

Fernández Ordóñez le negó la secretaría general del partido disidente. Los servicios de intoxicación, deci-

didos a enmascarar el vacío de las banderas naturales, no supieron jamás de Andrés Bello ni desmentían

aún la gravísima noticia que surgió, esa mañana, del Banco de España: por prirnera vez en cuarenta años

la~Renta Nacional de España dejaba de subir; bajaba 0,9 . puntos en 1981. Como acató de decirle a Luis

del Olmo, ya no hay política para el desencanto: pero va a salvarnos, ya lo verán, el ansia de vivir.

Ricardo DE LA CIERVA

 

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