Autor: Muñoz Alonso, Adolfo. 
   El pronunciamiento de los cien     
 
 Diario 16.    11/12/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ALEJANDRO MUÑOZ ALONSO

El pronunciamiento de los cien

Para Muñoz Alonso el escrito de los cien, oficiales y suboficiales forma parte, según todos los indicios, de

un plan preconcebido y perfectamente estructurado que pretende impedir el desarrollo normal del proceso

del 23-F. El autor señala que es al poder civil al que corresponde acabar con estos residuos semifeudales.

Un poder fuerte que aplique sin contemplaciones la ley.

Hace meses las tramas civiles del golpismo intentaron poner en marcha un «manifiesto» que, firmado por

generales en la reserva, hubiera supuesto una dura crítica de la democracia. Ahora, y con los mismos

objetivos, se ha utilizado la táctica diferente y más sencilla de «embarcar» a un centenar de los mandos

inferiores e intermedios del Ejército. En uno y otro caso se oscila entre el pronunciamiento y el golpe de

Estado en un intento claramente desestabilizador. Se trata de acumular incidentes que vayan desgastando

la capacidad de respuesta del poder civil y preparen el camino para el golpe definitivo.

Privilegiados

Como ya ha señalado algún comentarista, es asombrosa la semejanza de este episodio de los cien con

hechos dé nuestra historia de finales del siglo XIX y principios del XX. La «desmilitarización» de la

política que llevó a cabo Cánovas no fue encajada nunca por ciertos sectores castrenses, y como señala

Carr, «los generales dejaban la política a los civiles solamente a condición de que éstos no tocaran al

Ejército y de que ellos mismos siguieran siendo figuras influyentes en la vida política». La consecuencia

fue, en frase de Pérez Caldos, que «los militares se consideraban como una clase aparte, como un Estado

dentro del Estado». Aquellos militares se sentían estamento privilegiado, al margen de toda crítica y con

patente de corso para, si era necesario, tomarse la justicia por su mano. Como ahora las cien firmantes,

culpaban entonces algunos militares a la prensa de insultos y atentados a la dignidad del Ejército, y tanto

en 1895 como en 1905 grupos, de oficiales airados destruyeron los locales de ciertos periódicos. En este

último año, con unt poder civil débil e incapaz de imponer su autoridad, se llegó a lo que hoy hubiera mos

llamado un «golpe blando». Moret, jefe de Gobierno, nombró ministro de la Guerra al general Luque, de

largo historial conspirador, que había jaleado y felicitado a los protagonistas de los asaltos vandálicos.

El paso siguiente fue la aprobación de la famosa ley de Jurisdicciones,, que ratificaba la situación

privilegiada del Ejército, situado, de hecho, al margen de la normalidad constitucional y autorizado (juez

y .parte) a juzgar y sancionar los hechos que se considerasen atentatorios a su honor y dignidad. De ahí

como consecuencias lógicas se derivaron las Juntas de.Defensa de 1917, la dictadura de Primo de Rivera

e incluso la guerra civil de 1936-1939. Cuando se rompe la subordinación de las Fuerzas Armadas al

poder civil se entra en el reino de lo imprevisible y el pretorianismo se convierte en una amenaza

permanente.

Poder civil fuerte

Por fortuna, la España actual no es la misma que la de principios de siglo, pero debe subrayarse que la

condición necesaria y suficiente para que no se repitan hechos semejantes a aquéllos es la de un poder

civil fuerte y sin complejos que aplique sin contemplaciones la ley. Como señalábamos al principio, los

golpistas intentan con todos estos incidentes lanzar una espesa cortina de humo sobre el juicio del 23-F.

La última respuesta frente a esta estrategia ha de ser sajar a fondo el absceso, Se. debe también afrontar

con decisión la campaña de desinformación que el gol-pismo organizado está realizando y para la que

parece contar con rmichos apoyos y complicidades. El tema básico de esta acción intoxi-cadora es insistir

en que la adhesión a estas actitudes antidemocráticas es masiva, que todos los militares piensan del

mismo modo y que, por tanto, es mejor rendirse que luchar inútilmente. Incluso se dice que el

golpe ya se ha dado, blandamente, y que más vale cesar toda resistencia. Frente a ello es preciso

desmontar tales planteamientos, mostrando cómo la parte mayor y mejor de las Fuerzas Armadas: está

con el orden constitucional, con el Rey y, .en:4efánitiv,a, con el pueblo .soberano, Lo que, por otra parte,

ha´sido siempre la tónica de nuestros • soldados. Es Conocido —en contra de la historiografía franquista

basada en el mito del alzamiento de todo el Ejército— que una parte importantísima de los generales del

Ejército en 1936 no se sumó a los rebeldes: 11 generales fueron fusilados por Franco; seis fueron

condenados a muerte, pero no ejecutados, y 33 permanecieron fieles a la legalidad. En la tarea de integrar

al Ejército y al pueblo queda seguramente mucho que hacer, y tanto militares como civiles deben dar

todavía muchos pasos. Nuestro ingreso en la OTAN va, sin duda, a contribuir decisivamente´ a ´

modernizar técnicamente a nuestro´s Ejércitos: Taihbién en la selección y formación de la oficialidad debe

avanzarse estrechándolos lazos entre las Academias militares y la Universidad y ampliando los contactos,

en la mejor tradición hispana, entre las armas y las letras, entre los valores del mundo civil y los del

mundo militar. Las Fuerzas Armadas de hoy poco tienen que ver con las de principios de siglo. Sólo en

un sector reducido y reducible siguen presentes los criterios del pronunciamiento cuartelero y la

concepción de la casta pretoria-na. Al poder civil corresponde acabar con estos residuos semifeudales.

 

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