Las reflexiones de un militar demócrata     
 
 El País.    13/12/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

Las reflexiones de un militar demócrata

Capitán de Caballería del Ejército español, licenciado en Derecho y Ciencias de la Información, José Luis

Pitarch, "como el doncel de Sigüenza, lleva una espada en una mano y en la otra un libro", como dice

Antonio de Senillosaen el prólogo al libro que el capitán Pitarch ha presentado la semana pasada. Es la

reflexión de un militar que se declara demócrata y constitucionalista, y cuya firma aparece con cierta

frecuencia en nuestras páginas. A continuación publicamos una descripción de los contenidos de este

libro

DIARIO ABIERTO DE UN MILITAR CONSTITICIONALISTA. (Primavera de 1981).

José Luis Pitarch.

Prólogo de Antonio de Senillosa.

Fernando Torres, editor.

Valencia, 1981. 250 páginas.

El Ejército español ha dominado la historia moderna de España más que la de ningún otro Estado europeo

occidental, señala Raymond Carr y recoge el capitán José Luis Pitarch en su libro Diario abierto de un

militar constitucionalista, aparecido estas semana. El mismo autor considera «pretencioso» llamarlo libro,

pues es más bien un conjunto.de reflexiones que constituyen, en palabras de Víctor de la Serna, un «largo

y magnífico artículo». Dice también el autor que este trabajo sólo pretende ser beligerante a favor de la

democracia, la libertad, la Constitución, la lealtad al Rey y el respeto profundo a la soberanía del pueblo.

Y que decidió escribirlo como contribución personal, aunque sea mínima, para salir del círculo vicioso de

lo que él llama «legalidad clandestina», del miedo y la claudicación moral elevados a categorías políticas

y ciudadanas. Así escribe el 30 de marzo de 1981, en su «diario abierto» «La idea de tal libro, debo

confesar, llevábala rumiando algún tiempo. Traspasé el Rubicón esta noche de domingo a lunes, cuando a

lo largo de la calle de Colón me dirigía en Valencia al camino de Madrid. Carteles y más carteles a mi

izquierda, con reiteración provocadora, en desafío indiscriminado que a mí me parecía monomaquía,

invitaban/incitaban a conmemorar el 1 de abril como día de la victoria, a festejar la imposición, por la

fuerza del fusil y el fusilamiento, de unos españoles sobre otros, a reverdecer la violencia y el odio como

armas políticas únicas. Unos metros más allá, la plaza de América rebautizada, pintarrajeada en negro —

¡qué otro color habría de ser!— como plaza de Tejero. Me dije que había que hacer algo, lo que cada uno

se sienta capaz, todo menos esconder la cabeza bajo el ala, todo menos perder la esperanza de convivir en

paz, pero no la paz de los cementerios. Así, pues, voy a transcribir algunas de mis impresiones o

reflexiones, como en un diario abierto (al lector) e incompleto, porque toda la verdad aquí no hay quien la

diga, sobre todo en los temas que rozan a las Fuerzas Armadas. Quizá de este modo podamos contribuir a

romper mitos y tabúes. Y ojalá sirvan aquéllas de alguna respuesta a tanta pregunta angustiada, aunque

con frecuencia sólo haré que expresar en voz alta algunas de las cosas qué se dicen continuamente en

baja».

Demócrata beligerante

Sobré su propia función, la de un litar beligerantemente demó-crata en la España de hoy, señala el pitán

Pitarch: «Al decir cuanto antecede, indo hacerlo con toda la humildad jue sea capaz, sin atribuirme una

representatividad ni par-jaladinaje. Lo que sí llego a sentirme —acá es otro cantar, pues se trata de una

sensación subjetiva, bien que de realizar una pequeña función objetiva— es a manera de muelle u

hombre-muelle; expresado en otro modo, como una piececilla del embrague o colchón que el propio y

compacto mundo castrense usa, aun sin darse cuenta, para tomar contacto con la mismísima realidad

española y europea de fines del siglo XX, realidad igual o más fuerte que aquel mundo. Si no hubiera

muelles, en física como en sociología, los encuentros podrían ser demasiado traumáticos, incluso

explosivos. Claro que esos muelles quedan prensados, en este y tantos casos, entre el propio cuerpo a que

pertenecen y el otro cuerpo, al que el primero ha de insertarse. Y los muelles se retuercen, chirrían,

padecen, pero siempre es así y a nadie echo culpas. En todo casó a mí mismo, por meterme a fleje. O por

sentirme con derecho a contestar algo, aunque sea tórpidamente, al ciudadano de las És-pañas buidamente

preguntón de qué piensa el militar. Porque, no lo olvidemos, son esos ciudadanos quienes sufragan la

existencia de las Fuerzas Armadas con sus impuestos y, sobre todo, con las personas propias, las de sus

hijos, hermanos y novios, que entregan a la institución castrense y a sus cuadros de mando para que

aprendan a defender la nación si fuera atacada. Si yo hubiera de prohibirme decir todo esto me sentiría en

la legalidad clandestina, como asustado de ser leal al pueblo, a la Constitución, al Rey. Me sentiría como

si no hubiese libertad de expresión, ni democracia, ni pluralismo ideológico y social. Y me sentiría en

deslealtad a muchos millones de españoles que desean, que piden casi a gritos, oír este tipo de palabras en

bocas militares, aunque la mía sea de muy pequeño rango. No es uno quien debe temer a la ley y a la

coacción del derecho, sino el que pretenda interpolar su fuero interno (que cada cual puede tener el que

quiera) al exterior para dominar con él la realidad e imp9-nerlo a la ley positiva».

Contra el intervencionismo

En relación al intervencionismo militar en la política de la nación, dice el autor eon fecha 2 de mayo:

«Incluso Franco no las tuvo todas consigo respecto a la actitud de total sumisión a su caudillaje de

algunos de sus generales (recordemos a Aranda, Ponte, Juan Bautista Sánchez, García Valiño... o la carta

colectiva al caudillo de ocho tenientes generales, en septiembre de 1943, recordándole que ellos le habían

investido de los poderes máximos en 1936 con motivo de la guerra y ahora le pedían dejase la jefatura del

Estado para que volviese la monarquía. Firmaban Or-gaz, Dávila, Várela, Solchaga, Kindelán, Saliquet,

Monasterio y Ponte). Esta teoría, esta constante de origen decimonónico que encomienda en definitiva al

libre al-bedrío de cada cual la obediencia o la rebelión frente al Gobierno y el Parlamento, subsiste hoy en

algunas mentes militares. Sépanlo, por favor, por responsabilidad histórica, los gobernantes y quienes

esperan serlo, pues, constituyendo un sentimiento de raíz ética e incluso digna, en términos subjetivos,

podría conducir a cualquier catástrofe si no se modifica en sentido de respeto máximo a la legalidad, a la

Constitución, y, hasta tanto, se controla o neutraliza. La segunda "constante" es "la determinación del

ejército de sobrevivir como institución", lo que puede llevar tanto al intento de controlar las riendas del

Estado como al "pronunciamiento negativo" (así, el de 1931, negándose a salvar a Alfonso XIII). Para

asegurar tal supervivencia, Narváez y Franco se esforzaron en mantener la "armonía de la familia militar".

Mas, ¡ay!, es precisamente la intervención del Ejército en política lo que pone en peligro máximo la

armonía castrense. Narváez, organizador durante la regencia de Espartero de la clandestina Orden Militar

Española, hubo de hacer frente en el poder a más de una sedición. Primo de Rivera se encontró sin apoyo

al cabo de seis años de dictadura, cuando apeló a los capitanes generales. Franco, aprendiendo esta

lección, organizó su régimen de manera que lo dirigieran no soldados, sino una élite política por él

escogida. Sin embargo, tuvo que conocer aún en vida una organización —la UMD— de oficiales,

politizados en sentido distinto al impuesto por decreto, por guerra, fusilamientos y depuración política.

Era el precio de su apropiación del espacio político y en última instancia, el de no haber cedido el pavés a

alguien que no fuera militar, generalísimo. La lección no puede ser otra hoy que elegir como horizonte, en

vez de la simbiosis militar/civil característica de los países infradesarrollados, el modelo de las

democracias occidentales, donde el Ejército no ocupa el poder político, ni tampoco es utilizado por

grupos como instrumento de política interna frente a los ciudadanos».

Defensa del honor

También trata el libro el controvertido tema del honor militar, «ese honor que respeto y quiero si él se

compadece consigo mismo y con su sentido profundo de lealtad al pueblo, consciente.de que los militares

somos los cuadros instructores, el esqueleto y armazón, los encargados de encuadrar a la inmensa mayoría

de españoles no militares para enseñarles "técnicamente" a defender la Patria, sobre todo con el arma

clave de la guerra moderna, que es la disuasión (sin olvidar que la defensa abarca otros aspectos y

elementos además de las Fuerzas Armadas, y que hay que impedir que éstas sean sentidas por muchos

españoles como algo "extraño", como una carga o hipoteca a soportar; conectando en cambio con el

pueblo, con lo que siente y quiere)». El honor, dice el capitán Pitarch, «que consideramos desde el

convencimiento de que las virtudes castrenses no proceden de ningún espadón metahistórico, sino de los

propios valores humanos, patrimonio de todos los hombres. Es justamente sobre estas premisas cuándo

adquiere su completa valía, su ética y su estética, la vieja —y ojalá siempre noble— profesión de las

armas. El honor, emparentado con la gloria del general Custer, con la carga de la caballería inglesa en

Crimea, incluso con la grandeur gaulliana! (lo que le pone siempre en peligro de mixtificación)...».

Una llamada a la esperanza Pitarch plantea su libro como llamada a la esperanza, bajo una óptica de

optimismo responsable y quizá el mejor resumen de su intención sea su carta titulada «Contra el

golpismo, esperanza», donde se lee: «Sin embargo, hay que creer, hay que esperar, hay que luchar y

empujar el carro de la historia, cada cual con las fuerzas que tenga. Aquí no hemos hecho aún la

revolución burguesa (la gloriosa y la II República lo intentaron sin éxito), la que Francia llevó a cabo ha

dos siglos y luego consolidó el rey Luis Felipe, la que los puritanos ingleses desencadenaron en Gran

Bretaña hace más de trescientos años. Y no puede haber trampas o embelecos bastantes para impedir a

este pueblo de las Españas que haga de una vez, aunque sea de aquí al año 2000 —pero sin sangre y

cárceles, torturas ni metralletas terroristas— su verdadera revolución pendiente: incorporarse a Europa,

mas no sólo política y económicamente, sino en todos los demás sentidos. Porque trampas las ha habido y

habrá, ¡vaya si las habrá! Como que se trata de recuperar no sólo la tempestividad perdida en cuarenta

años, no ya las oportunidades dilapidadas por el primorriverismo y el canovismo, sino aun las del nar-

vaezismo, el fernandoseptismo y así... hasta la Mesta o las Navas de Tolosa, como me decía el alicantino

batlle Lassaleta escribiéndome a Alcalá hace un año (...)». «¿Podemos tener estas Fuerzas Armadas? Hay

que decir resueltamente sí, pero un sí que tenga muy en cuenta que las FF AA de la dictadura tienen que

ser distintas a las de la democracia. ¿Significa esto necesidad estricta de depurar? No. Lo que significa es

que hay que profundizar en la línea legislativa iniciada con estas nuevas ordenanzas (las cuales exigen

reiteradamente acatamiento a la Constitución), que hay que ocuparse a fondo de la enseñanza militar, de

sus programas y cuadros de profesores, que hay que situar en los servicios de información, en las revistas

militares, en los puestos de mando y asesoramiento más importantes, a personas leales a la ley y a la

democracia. La gran mayoría de los militares tienen un respeto profundo a las leyes en vigor, obedecen

siempre a sus jefes naturales, nunca cooperan activamente con intentonas o aventuras que pisoteen la

legalidad. Téngase esto muy en cuenta al analizar y al elaborar objetivos y procedimientos. Y también

que el lenguaje que entienden los militares es el de la firmeza y la decisión, no el de la debilidad y la

hipostenia. No nos de-jemos, pues, ganar la mano por unos pocos, pero más decididos. No nos asustemos

porque se oiga más a los que más gritan. Creamos en la esperanza porque sobran motivos para ello, pero

trabajemos por hacerla fructificar» Este es el libro de un militar constitucionalista, heredero dé la línea de

Torrijos, Espartero, Prim —como él mismo se autodefine—, enemigo de un militarismo trasnochado y

«bananero; libro escrito con un notable esfuerzo para mantenerse dentro de los límites establecidos por las

ordenanzas militares a la libertad de expresión de los hombres de uniforme.

 

< Volver