Un gran discurso     
 
 El País.    07/01/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL PAÍS

Un gran discurso

EL°DISCURSO pronunciado por el Rey con motivo de la tradicional Pascua Militar ha acentuado su

condición de capitán general de las Fuerzas Armadas y responsable de su mando supremo. Y si no

temiéramos rayar la adulación, habría que decir desde un principio que el discurso en cuestión es a un

tiempo inteligente, conciliador y enérgico. El golpe de Estado frustrado del 23 de febrero y otros

acontecimientos posteriores—como el manifiesto de los cien— quebraron la disciplina y neutralidad de

las Fuerzas Armadas desde el comienzo de la transición y materializaron la amenaza de una politización

partidista y sectaria de sectores militares en beneficio de programas ideológicos que sólo recibieron un

respaldo mínimo —ni siquiera un 2% de los votos depositados— en las últimas elecciones generales. La

preocupación de la opinión pública y los medios de comunicación durante los últimos meses en torno a

las cuestiones militares no ha tenido por eso como objeto tanto a las Fuerzas Armadas come institución

del Estado, sino a los conspiradores y sediciosos. La gran falacia montada por los libelos de la

ultraderecha ha sido tratar de identificar falsamente dos actitudes tan diferentes entre sí como son el

antigolpismo de la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles y un antimilitarismo que sólo existe en

las manipuladas tergiversaciones de quienes, para derribar a la Monarquía parlamentaria, no tienen más

recurso posible, dada su orfandad electoral, que un acto de fuerza. Sería necio discutir o dudar de la

necesidad de unas Fuerzas Armadas eficaces y disciplinadas para garantizar y asegurar la. soberanía e

independencia nacionales y defender su integridad territorial. Pero ese obvio reconocimiento se

complementa con la exigencia de que nadie pretenda utilizar el poderío militar, destinado a rechazar a los

potenciales enemigos de todos los españoles, para imponer los caprichos de una exigua minoría de

fanáticos. El Rey se ha referido, de manera inequívoca, al carácter profundo y necesario del proceso de

transformación democrática de la sociedad española al que las Fuerzas Armadas deben acomodarse. Los

cambios políticos, aunque no siempre resulten fáciles de asimilar para quiénes aceptaron honestamente la

legitimidad del anterior régimen, han sido el resultado de la voluntad mayoritaria del pueblo. Don Juan

Carlos ha recordado a las Fuerzas Armadas, cuyo mando supremo ostenta, "la necesidad de integrarse en

la organización política que se ha dado el pueblo español y que precisamente debéis defender". El respeto

por el pasado —ese pasado que tiene, por lo demás, colores muy diferentes para los españoles que lo

disfrutaron y para los españoles que lo padecieron— no puede convertirse, tras el referéndum

constitucional, en una coartada para no respetar el presente. Por esa razón el Rey exige a quienes acataron

la legalidad del régimen anterior que ahora den "toda la entrega también a la legalidad vigente" y

observen siempre "el mandato de la mayoría, porque el respeto al derecho ajeno es la paz".

Como capitán general de los tres Ejércitos, don Juan Carlos ha recordado que el poder que significa para

los hombres de la milicia ese monopolio de la fuerza que la sociedad les entrega tiene como obligada

contrapartida la exigencia de responsabilidad y disciplina, sin la cual las Fuerzas Armadas desaparecerían

como institución. El Rey ha pedido, también, que esa entrega leal y disciplinada de las Fuerzas Armadas

tenga, en la sociedad civil, el justo correlato de la consideración y el respeto que "la alta misión que la

Constitución les encomienda" exigen^ Don Juan Carlos ha exhortado a la tolerancia y a la comprensión, a

fin de que "cada institución, cada grupo, cada sector" de la vida española reciba él tratamiento adecuado y

aprenda, a su vez, a "conceder a los demás el tratamiento que necesitan y que se les debe". Las

dificultades de adaptación al sistema democrático no afectan sólo a las Fuerzas Armadas, "sino también a

muchos otros sectores de la sociedad" y sólo el mutuo respeto y el ejercicio de la tolerancia pueden hacer

posible su convivencia. El desentendimiento entre la Prensa y las Fuerzas Armadas puede y debe ser

superado sin menoscabar en un ápice la libertad de expresión ni la dignidad del Ejército. Periodistas y

militares deben ser conscientes de la necesidad de restablecer un clima de diálogo que no obvie la crítica

y que se rompió de manera dramática en la noche del 23-F. Don Juan Carlos ha expresado igualmente su

dolor por "la propaganda insidiosa y mendaz" y por la campaña de calumnias —-"con la mentira como

lema, la confusión como método y la afrenta como objetivo"— que ha tratado de involucrar a la Corona

en el golpe de Estado frustrado. Don Juan Carlos ha subrayado por fin que el valor, cualidad que no es

patrimonio de ningún sector o institución en particular, "consiste en buscar la Verdad y decirla". También

ha exhortado a "que el patriotismo no se considere como exclusiva de algunos" y ha advertido contra el

peligro de que alguien "pretenda erigirse en salvador del resto de sus compatriotas contra la voluntad de

éstos libremente expresada". Quienes contemplaron con aprensión las palabras del Rey durante su última

visita oficial a Aragón, se habrán visto reconfortados con esta intervención del día de la Pascua Militar,

que constituye un gran discurso. La voluntad democrática de la Corona, demostrada durante toda la

transición y ratificada con tonos de dramatismo en el pasado mes de febrero, es obviamente

imperturbable. Su discurso de ayer es todo un catálogo de deseos de convivencia y diálogo, de respeto a

la libertad y de esfuerzos de concordia. Pero un sistema político como el que tenemos no se construye ni

se consolida con la voluntad de un hombre solo, por altos que sean su rango o su representación. La

fragilidad esencial de nuestro régimen reside hoy en la disposición de aquellos cavernícolas —unos con

oficio de pluma y otros con oficio de espada— que ensueñan sus nostalgias construidas sobre la opresión

y la barbarie. Si es justo que pidamos a los militares aislen, en el seno de su profesión, a los sectores

golpistas, no es menos justo por lo mismo que exijamos de los civiles hagan lo propio con quienes no

desisten de su tarea de agitación (no sólo la malévola, sino incluso cuando es fruto de la inocencia o de la

estupidez). Cualquier autocrítica resulta pequeña cuando lo que está en juego es la libertad y la

pervivencia de la democracia. Lo irrenunciable es ésta, objetivada legal y jurídicamente en la vigencia y

aplicación de la Constitución.

 

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