Autor: Gómez Coll, Carlos. 
 Tomas de posición. El poder de las Fuerzas Armadas. 
 Las otras infanterías     
 
 ABC.    30/05/1982.  Página: 34. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

DOMINGO 30-5-82

Tomas de posición

El poder de las Fuerzas Armadas

Ya antes de que se anunciara la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, éstas han sido noticia

cotidiana en Prensa, radio y televisión. Sus relaciones con el pueblo, sus obligaciones y responsabilidades

han originado comentarios y polémicas desde hace más de un año. Hoy traemos a estas páginas dos

artículos; uno, de Federico Trillo-Figueroa, capitán auditor de la Armada y letrado del Consejo de Estado,

y, otro, dé Carlos Gómez Coll, teniente coronel de Aviación, que replican a sendos textos

publicados no hace mucho en A B C y qué, desde distintas posiciones, son una nueva aportación a la

clarificación de este tema

Las otras infanterías

Por Carlos GÓMEZ COLL

E! conflicto entre el Reino Unido y Argentina por la posesión de las Malvinas ya trayendo a la opinión

pública, de la mano de los medios de comunicación, noticias y reportajes sobre los acontecimientos

bélicos, juicios y opiniones de los comentaristas que analizan las posibilidades, las ventajas y los

inconvenientes que uno y otro bando encuentran en ei empleo de sus medios de combate. En algún caso,

probablemente con la esperanza de acertar, se aventuran opiniones que supondrían confiar en un arma

concreta la obtención de un éxito que resulte definitivo, confianza que implicaría desestimar en cierta

medida otras posibilidades. Frente,a algunas opiniones, parece que no se estimaría en ningún país una

política que tuviese como resultado la renuncia a utilizar las posibilidades que pudiera ofrecer un Ejército,

un sistema de armas o, incluso, un arma concreta, en un momento en que fuera necesario. Esto, que

probablemente ha sido cierto siempre, cobra categoría de axioma en el conflicto de hoy, desde que en la

segunda guerra mundial, con su carácter de guerra total, se apreció la necesidad de aplicar todos los

recursos nacionales de los beligerantes para alcanzar la victoria o la supervivencia. La situación sólo ha

evolucionado, a partir de 1945, en el sentido de hacerse imprescindible la necesaria contribución de la

totalidad de los medios y, sobre todo, de que tal contribución queda enmarcada en el conjunto de las

acciones militares que hubiesen de llevarse a cabo. Ya no se conciben, pues, casi en ningún supuesto,

operaciones de ocupación, de aniquilamiento de adversario, de bloqueo .naval, ni siquiera de repliegue

con la participación exlusiva de las divisiones en tierra o de las escuadras en la mar, que antaño fueran

protagonistas exlusivos de todas las acciones militares. Y, en general, aunque en casos concretos pudiera

afinarse y deducir alguna otra consecuencia, se afirma ya que toda batalla, todo encuentro entre dos

fuerzas adversarias tiene un componente —antes y durante la acción e incluso después de ella— que

habrá de traducirse en determinado desenlace en e! aire. Vienen estas reflexiones a cuento de un artículo

con que me encontré hace días; y por ello no han sido más que unas consideraciones previas al análisis

que me sugirió su contenido. Porque la Infantería de Marina, como la que podría llamarse infantería del

Aire en correspondencia con la capacidad existente para establecer cabezas de puente utilizando el medio

aéreo, no ha de ser menospreciada ni infrautilizada ni, mucho menos, liquidada; pero ésta es una cuestión

y otra muy distinta, casi «se sale de tos límites del dibujo», es que la Infantería de Marina, así, en

abstracto, lo mismo la norteamericana que la mauritana, pongamos por caso, deba tenerse como parte

decisiva del poderío militar de una nación, sobre todo a la hora de determinar las necesidades de la

defensa. Si a lo que se ha querido referir el autor del artículo es a las posibilidades de la Infantería de

Marina dé los Estados Unidos, he de confesar que no le Jaita razón; pero es que la Infantería de Marina de

ese país constituye en sí misma, sin ayudas ni apoyos ni agregaciones, todo un Ejército terrestre, toda una

Flota y toda una Fuerza Aérea. ¿Tiene .comparación con su capacidad y potencia de combate cualquier

conjunto de las Fuerzas Armadas de un país de «tercera fila» hacia abajo? Evidentemente, sería cuando

menos dudoso, y para cerciorarse acerca del resultado de la comparación bastará repasar los datos del

«Balance Militar». A otras Infanterías de Marina no es prudente referirse por el momento, incluso a

algunas punteras; al menos mientras el tiempo no permita analizar con cierta perspectiva tos resultados de

las acciones que tan recientemente han venido llevando a cabo, porque en la medida en que constituyen

fuerzas de.entidad notable y destacada preparación, siempre cabría esperar de su actuación efectos

contundentes y hasta espectaculares. En la búsqueda de la verdad, resulta curioso comparar la sencillez

cíe la ocupación argentina de «sus islas» frente a las dificultades que parece encuentran los ingleses para

recuperarlas. Pensando en ello, me vino a la memoria una conversación con un ilustre infante de Marina

español que, más o menos, ponía el acento en lo crítica que resultaba en cualquier caso una operación

anfibia, ya que —afirmaba— para entidades modestas de la Fuerza, un desembarcó requeriría en la

práctica un dominio absoluto de la situación en la zona, no sólo dominio aéreo—éste por supuesto— sino

en la mar y en la playa. Sentado el criterio, bien que a título rigurosamente personal, del dudoso papel

resolutivo de una modesta fuerza anfibia, y a salvo, por tanto, la importancia de posibles intervenciones

de fuerzas anfibias muy poderosas como medio de alguna nación para hacer sentir su presencia a escala

global, pueden merecer comentario dos parcelas, a mi juicio relevantes, del artículo en cuestión.

Se refiere la primera al papel de una fuerza aérea en las operaciones de desembarco anfibio. Ya se esbozó

líneas arriba la importancia determinante del dominio aéreo. La materialidad de conseguirlo, supuesta la

existencia de medios, se reduce simplemente á resolver un problema de prioridades -y aplicar después a

ello el poder aéreo. Y el establecimiento de un orden de prioridades es cuestión fundamental a la hora de

planear el empleo de una fuerza aérea, de forma que en ningún caso (me atrevería a afirmar), se

permitirían ni siquiera los Estados Unidos dedicar un esfuerzo aéreo a operación anfibia, alguna si no

hubiesen conseguido previamente otros objetivos aéreos fundamentales. De manera que una fuerza aérea

modesta de un país modesto, que cuenta con, una Infantería de Marina modesta, apoyará, sin duda, a ésta,

con todos sus efectivos si es preciso sólo cuando haya alcanzado todos y cada uno de sus objetivos

específicos fundamentales. Ya se ve: es problema de prioridades. El último párrafo del artículo lleva la

duda al lector acerca de la necesidad estratégica de una «notable» fuerza anfibia, en concreto, para

España, de cara a su posible incorporación a una alianza militar y como opción alternativa a la mentalidad

de defensa continental, característica pretérita de nuestro esfuerzo defensivo. Más o menos, se dice que la

dedicación de recursos a dicha fuerza sería la mejor inversión de nuestro caso presente. Con toda reserva,

por supuesto, entiendo que existen otras alternativas y que de entre ellas fas hay más versátiles,

susceptibles no sólo de cubrir con su ernpteo exigencias plurjnacionales que puedan plantearse, sino

también capaces de atender a satisfacción a las necesidades privativas nacionales. Pero, en todo caso,

finalmente, quizás la reciente crisis en el Atlántico Sur venga a rubricar para muchos que estas otras

Infanterías, grandes ó pequeñas, veteranas o bisoñas, se empeñarán en la lucha y podrán llevar de su

mano desde cabezas de puente a la Infantería encargada de la ocupación final si -^y sólo si— la Fuerza

Aérea tiene tos medios suficientes y sí ha podido resolverse su gravísimo problema de prioridades. Por

eso, ésta es más bien ¡a hora de todos, aunque, quizás entre todos, cualquiera vislumbra que sería

imprudente correr el riesgo de quedar sin nada, como podría ocurrir si no aplica su mayor esfuerzo a

aquello que con seguridad va a necesitar en cualquier caso.

 

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