El ejército y la política     
 
 Arriba.    10/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

• EL EJERCITO Y LA POLÍTICA

El Consejo de Ministros del pasado martes aprobó un decreto por el que se establece que los miembros de

las Fuerzas Armadas no participarán en asociaciones de carácter político. Esta normativa viene a

transponer al plano jurídico la actitud y convicción moral que ya existía en la milicia.

Las Fuerzas Armadas ratifican su disposición suprapolítica, lo que hace realidad justamente su

importantísima función como institución del orden constitucional; una institución que contempla el

interés global de la nación y cuyos indicadores de alerta funcionan sólo cuando ésta padece peligro grave

en su identidad, en su integridad o en su paz civil o exterior.

Ante un régimen político pluralista, la no participación de los militares en asociaciones políticas significa

varias cosas. La primera es la afirmación de una ética política suprapartidistá que centra en el servicio del

conjunto nacional la vocación y destino institucional de las Fuerzas Armadas. La segunda hace referencia

a la prudencia política práctica, impidiendo que adquieran cuerpo en las Fuerzas Armadas las diferentes

opciones y tensiones que los partidos representan en el teatro político civil y que podrían tener efecto

negativo en las relaciones intramilitares. Pero mucho más que este aspecto, la importancia de la decisión

reside en que teniéndose la evidencia cierta de que las Fuerzas Armadas son la Institución más codiciada

y acosada por las diferentes agrupaciones políticas, la proclividad de sus miembros respecto de una u otra

solución política sería objeto de especulación interesada y vendría a jugar como factor de enrarecimiento

y confusión en la política. Así, los políticos quedan neutralizados en su afán proselitista y no tienen sino

que observar los solos límites representados por los valores finales de que son depositarías las Fuerzas

Armadas identificadas con la conservación de la nación y de su convivencia y desarrollo en paz.

El Ejército no es ni una esfinge ni una mina potencial de proselitismo. Está precisamente para garantizar

en última instancia siempre, y por testimonio cada día, la salud del país. No entra ni sale ni en las

orientaciones ni corrientes políticas partidarias que representen opciones útiles para la comunidad, ni

discute soluciones jurídico-políticas o técnicas. Está sobre las clases, las regiones, las tendencias, las

rivalidades de partido y los intereses económicos. La legalidad que se dé a sí mismo en debida forma su

pueblo, es su legalidad y el servicio a la nación, su moralidad.

No teniendo posición precisa sobre ninguna opción, las Fuerzas Armadas no son conservadoras o

renuentes ni ante la imaginación ni la audacia en las soluciones o programas políticos. Su imparcialidad

es ética, metapo-Ittica. Es la reserva moral institucionalmente organizada de la comunidad y lo que menos

importa ante el proceso actual y ante el porvenir, es su´ calidad de instituto armado. Lo que se pone de

relieve es precisamente su fuerza moral, que si es atendida, hace innecesaria la consideración de otra

fuerza.

En e| trance que atravesamos es confortador afianzar y extender lo que es común. Las Fuerzas Armadas

son de todos, no más de unos que de otros.

La imparcialidad es la política de las Fuerzas Armadas —como en todos tos regímenes genuinamente

democráticos— respecto al pro-ceso político y al país. Ahora cabe esperar que el país tenga una política

inteligente, dinámica y actual para y con sus Fuerzas Armadas.

En ete sentido, cabe subrayar como una expresión de esta política, la preocupación por sus Fuerzas

Armadas, por su desarrollo y potenciación. Resulta claramente obvio que en tanto en cuanto el país se

interese por sus Fuerzas Armadas, éstas estarán en mejores condiciones técnicas y morales de servirle.

Arrib

 

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