La espantada del PNV     
 
 Diario 16.    19/01/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La espantada del PNV

El anuncio del PNV hace unas semanas de que se retiraría de la actividad parlamentaria si no se atendían

sus demandas en torno a la transferencia de competencias al ente autonómico vasco y a la interpretación

de las leyes que conciernen al desarrollo autonómico se cumplió ayer. En un largo comunicado del

Euskadi Buru Batzar, máximo órgano del PNV, se da a conocer tanto la decisión como los motivos de los

nacionalistas vascos para adoptarla. El documento merece leerse detenidamente porque es un exponente

clarísimo de un aspecto patológico que entre nosotros están adquiriendo ciertos comportamientos

políticos. Tales comportamientos amenazan con hacerse crónicos, cotidianos y de habitual práctica. Esta

condición patológica consiste, a grandes rasgos, en un creciente desajuste entre las posiciones ideológicas

y los actos políticos que se toman en nombre de ellas o, si se quiere, y para simplificar, entre ideas y

gestos. Por supuesto, este desajuste no es el único y arrastra consigo otros no menos graves. Ante todo, de

la lectura del pliego de agravios del PNV se deduce que no les falta razón en la mayoría de sus quejas, por

no decir de todas. La exasperante ralentización de las transferencias por parte del Gobierno a los entes

autonómicos es un hecho, como lo es que la orientación legislativa que actualmente se está dando a temas

como el del Poder Judicial, Referéndum, Estatuto del Trabajador, Policías autónomas, Financiación de

Autonomías, Seguridad Ciudadana y Autonomía Universitaria —que son las que examina el documento

del PNV— no es la que la «lee tura» del Estatuto de Guerníca por ojos peneuvistas desearía. Motivos de

desacuerdo los hay, evidentemente. ¿Y en dónde no? Pero la inconsecuencia del PNV comienza en las

conclusiones que extrae de este hecho. «Hay desacuerdo, luego nos vamos.» Y, efectivamente, se van,

pero haciendo una casi obsesiva proclamación de «lealtad», lo que aumenta aún más la inconsecuencia. Si

el PNV es leal, en efecto, no se entiende que rompa la baraja. A no ser que finja romperla y que su actitud

sea una simple retirada estratégica con los ojos puestos en el retorno, que es lo que creemos y creen todos,

comenzando por el PNV. El PNV, a nuestro juicio, está derrochando peligrosamente, su indudable capital

de autoridad política y moral con gestos que a la larga solo desautorizan a quienes los hacen. El «si no

gano, no juego» es un acto de infantilismo parlamentario que no va a darles prestigio, ante todo, porque el

prestigio no se transfiere. Lo que el PNV busca con su gesto es forzar al Gobierno a subir su ritmo de

transferencias y su orientación legislativa, mediante presiones exteriores al mecanismo democrático, y

esto destruye la proclamación de lealtad al juego democrático que hace el PNV. No hay tal lealtad. El

PNV está ejerciendo una forma de presión política que el Gobierno encaja, acepta, convirtiéndose en

cómplice de esa patología a que aludimos. Porque si el Gobierno no hace concesiones, acelera sus deberes

incumplidos o amplía sus techos legislativos sólo cuando se le presiona gestualmente o se le amenaza con

la violencia, hay que deducir que alimenta e indirectamente busca este tipo de aberraciones, que a la larga

son nefastas para la credibilidad del debate parlamentario y del normal juego poder-oposiciión que es lo

que da credibilidad ante el pueblo a una democracia.

 

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