Autor: Umbral, Francisco. 
   Andalucía     
 
 El País.    10/09/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL PAÍS, domingo 10 de septiembre de 1978

DIARIO DE UN SNOB

Andalucía

FRANCISCO UMBRAL

Andalucía. Sol eterno y moscas clásicas. En Sevilla, Antonio Burgos, Manuel Barrios, Vaz de Soto,

los escritores de la Andalucía en armas literarias, escriben la verdad de una tierra que es, ante todo, la

tierra del señorito.

Pero no hemos perdido el resplandor de la Giralda y ya estamos en el resplandor de la torre de Carmona.

Carmona, muralla y paro. La fiesta un poco sombría del paro, en todos los pueblos andaluces. Los

hombres en la plaza, haciendo tertulia delante del estanco, viendo pasar los coches de Madrid y de

Sevilla. Ahora, los que mandan han decidido enviar las cuadrillas a quitar hierba de las cunetas. Les

tienen entretenidos y les pagan. Es, sobre todo, una manera de dispersarles. Una manera de que los grupos

de silencio que agruma y agrupa el paro no estallen en bronca justiciera.

Andalucía. Sol eterno y moscas clásicas. «Todo lo que usted ve a la derecha y a la izquierda son las

tierras del señorito.» Como la mano de obra para faenar el olivo es mucha y cara, han mandado quitar los

olivos y han sembrado girasoles. Las amarillas giganteas de Van Gogh y de mi infancia, entre Carmona y

Ecija. Para este invierno, me parece que nos van a dar a todos la ensalada sexual de Norax Ephron con

aceite de gigantea. Lo que inventa el dinero para no soltar un duro.

Por Hornachuelos, hacia Sierra Morena, hay un cementerio atómico que no salía en Curro Jiménez y que

lleva quince años funcionando, en una mina abandonada. Allí se depositan residuos atómicos de

explosiones y experiencias. ¿De quién, por qué, para qué? El Ayuntamiento de Hornachuelos no ha tenido

nota oficial del caso hasta hace dos años. Pero la lengua ligera del pueblo ya habla de niños que nacen

monstruosos o mueren de leucemia por la misteriosa contaminación de las aguas y el cementerio atómico.

Andalucía. Sol eterno y moscas clásicas. De Sevilla a Córdoba, el habla andaluza va perdiendo levedad,

acuidad, se va haciendo más bronca y cerrada. El coche tiene refrigeración, pero yo abro las ventanillas,

porque quiero el viento grande, el viento de la historia y la pobreza, el viento de Andalucía.

Ecija gentil, torres mil, pudiéramos decir, parafraseando a Borras cuando escribía de Madrid. ¿Y las

tierras?

—Las tierras son todas de una duquesa que vive en la calle de Prim, allá en Madrid, señorito.

—Un día se van a jartá y van a hacer una locura.

Campo, campo, campo, entre los olivos, los cortijos blancos. Pero hay propietario que tiene cortijos

enteros para la caza, sólo para la caza. El lírico venado, Adonais cuando bebe agua, hipogrifo violento

cuando huye, es la industria del señorito, que alquila los puestos de caza y sólo permite llevarse la

hermosa cabeza encandelabrada, el trofeo, porque el cuerpo, la carne, lo vende él a los mercados de la

localidad. Tan formal, el caballero andaluz.

Aunque sepa los caminos, yo nunca llegará a Córdoba. Pero llegamos. Los últimos turistas por la judería.

Los parados en los bares, tomándose medio huevo de tapa. Ese hombre eterno que trabaja hasta muy

tarde, en cualquier provincia española, en una chapistería, iluminado ya sólo por los resplandores

infernales y momentáneos de la soldadura. Rilke, llegado a Córdoba, se llena de lírica y mística

indignación al ver que han levantado una cruz en el interior de la Mezquita. Monstruosa yuxtaposición de

religiones. Hermosa cruz en cualquier otro sitio. Los colmaos están ya entre patio andaluz y discoteque.

Auxiliadora es rubia teñida, tiene toda la gracia antigua en el cuerpo reciente, dice que Córdoba es una

ciudad muy clasista y que a ella el hacen ir a casa a las diez. Andalucía. Sol eterno y moscas clásicas. El

caballo, todavía, como un contertulio del hombre, y el paro, en cada pueblo, como un tifus raro y estático

que tiene a los hombres quietos, muertos de pie.

 

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