Autor: Azaola, José Miguel de. 
 La elección del Parlamento vasco (I). 
 Trascendencia y desaliento     
 
 Diario 16.    05/03/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Diario 16/5-marzo-80

OPINION

A pesar de que el elector esté cansado y decepcionado del uso que ha hecho de su confianza la clase

política vasca en los últimos tres años, las elecciones al Parlamento vasco son trascendentales por muchos

conceptos. El ciudadano no va a determinar el modelo de sociedad a que se ajustará su comunidad en el

futuro, pero el Parlamento y el Gobierno que salgan el 9 de marzo tendrán facultades suficientes para

determinar el sistema educativo y la política lingüística, así como gran influencia en la cuestión del orden

público.

La elección del Parlamento vasco (I)

Trascendencia y desaliento

José Miguel de Azaola

Al hablar de las próximas elecciones al Parlamento de la comunidad autónoma que acaban de constituir

las provincias Vascongadas, insisten mucho algunos comentaristas en que los votantes van a determinar el

próximo día 9 el modelo de sociedad al que se ajustará esa comunidad en el futuro. Hay que ver lo que

esto significa, y hasta qué punto es verdad.

Por «modelo de sociedad» se entiende generalmente (y es cierto que puede haber, y que hay, otras

interpretaciones de esa expresión; pero doy aquí la más corriente) el patrón sociológico con arreglo al

cual se trata de configurar una colectividad humana más o menos amplia (desde la contienda en un ámbito

minúsculo hasta la comprensiva de la humanidad entera). Para determinar ese modelo preciso es tener la

posibilidad de escoger entre los distintos patrones posibles. Y basta una lectura un poco atenta de la

Constitución española y del Estatuto de autonomía para las Vascongadas, para comprobar que el futuro

Parlamento vasco no tendrá semejante posibilidad. El patrón socioeconómico con arreglo al cual habrá de

funcionar y producir los bienes materiales la sociedad española es el que corresponde a una economía de

mercado; o mejor dicho (pues no hay un patrón único) es uno de los que corresponden a ese tipo de

economía, por el que opta la Constitución, sin que los Estatutos de autonomía autoricen a las

comunidades integrantes de la Monarquía española a adoptar un modelo de sociedad que no corresponda

a dicho tipo. Por lo menos, así ha der ser hasta que haya (y no sabemos cuando habrá, ni si habrá alguna

vez) una revisión constitucional que afecte a esta materia. A falta de ella, por muy socialista o comunista

que se sea (si es que llega a serlo) la mayoría de los diputados integrantes del Parlamento vasco, la

economía de la comunidad autónoma deberá seguir siendo una economía de mercado. La socialización, la

planificación y la burocratización se acentuarán en ella, en tal supuesto, más que si la mayoría del

Parlamento es partidaria de una economía liberal, pero no podría salirse de los límites que impongan, a la

vez, la Constitución y la política económica del Gobierno central. No es que yo me empeñe en minimizar

la importancia de las elecciones del 9 de marzo: al contrario, creo que los ciudadanos debieran darse

cuenta de que se trata de algo trascendental por muchos conceptos; pero es engañar al elector el decirle

que, si ese día vota al PSOE o al PCE o Euskadiko Ezkerra, va a tener una sociedad socialista; o que debe

votar a la UCD o a Alianza Popular o al PNV para librarse de tenerla. Vote a quien vote, no será este

Parlamento el que vaya a cambiar —excepto en algunas opciones secundarias— el modelo socioeco-

mómico sancionado por la Constitución. En cambio, la comunidad autónoma dispondrá de facultades

suficientes para determinar el carácter del sistema educativo que ha de regir en su interior, y

especialmente la orientación de la escuela pública y el régimen de los centros privados de enseñanza. El

voto del ciudadano el próximo día 9 tendrá pues, gran alcance en lo que a este importantísimo punto

respecta.

Decisiones trascendentales

Lo mismo que lo tendrá en lo que se refiere a la política lingüistica (en la escuela, en el nombramiento de

los funcionarios públicos, en las relaciones entre éstos y los ciudadanos). Es éste otro punto de gran

importancia, pues no será la misma una situación en la que el idioma vasco siga estando preterido, que

otra en la cual se fomente su enseñanza y se facilite su empleo en la vida pública, o que otra en la cual se

pretenda imponerlo y se haga de él un instrumento (disimulado o no) de discriminación y de favoritismo.

Es, pues, éste un extremo muy digno de ser tenido en cuenta. Tendrá asimismo una trascendencia grande

la conducta que el futuro Parlamento vasco y el Gobierno que va a emanar de él oberven en la

delicadísima cuestión del orden público, la cual comprende todo lo relativo a la creación de la Policia

propia de la comunidad autónoma; hasta esa creación, al ejercicio de las facultades autonómicas

sirviéndose de los Cuerpos de Orden y de Seguridad del Estado; y ahora y siempre, a la coordinación y

cooperación entre el Gobierno de la comunidad y el Gobierno central, a través sobre todo de la Junta de

Seguridad que ha de nacer en virtud del Estatuto. Habrá que fiarse aquí del elector de su propio instinto

mucho más que de lo que anuncien, prometan o predigan los candidatos, ya que en este espinosísimo

terreno todos querrán hurtar el bulto de la propia responsabilidad y es natural, pues los problemas del

orden público tardarán muchísimo en resolverse, y tanto al partido que esté en el poder en Madrid como

al que esté en el poder en las Vascongadas le interesará que los fracasos se imputen a cualquiera menos a

él. ¿Y si un mismo partido ocupase el poder en ambos sitios? Esto podría contribuir a resolver los

problemas, en la medida en que favorecería la necesaria cooperación entre ambas autoridades, además de

que impediría el mutuo peloteo de responsabilidades; pero es sumamente improbable que semejante

hipótesis se convierta en realidad.

Desaliento ciudadano

Una cosa es cierta: el elector vascongado está cansado, decepcionado, escéptico y por ende, desalentado y

poco propicio a hacer una vez más el esfuerzo de votar. No, desde luego, porque éste sea físicamente

agotador; pues dista mucho de serlo. Pero sí porque le repugna moralmente dar un nuevo voto de

confianza cuando, a lo largo de los tres últimos años, ha visto el deplorable uso que de su confianza ha

hecho una de las clases políticas más mediocres que España en general y el país vasco en particular han

tenido desde hace muchísimo tiempo. (Cierto que las circunstancias en que a esa clase política le ha

tocado hacerse cargo de la vida pública difícilmente podían haber sido peores: inexperiencia, inseguridad,

terrorismo, crisis económica mundial, necesidad de montar ahora, sin demora, todo un nuevo sistema

político... En total, de qué hacer fracasar y dejar para el arrastre a políticos de más talla, con auténtica

madera de estudiantes...) A esto se puede replicar que, entre los candidatos al Parlamento vasco, no hay

ninguno que haya gobernado nunca (excepto Leizaola y Monzón, quienes lo hicieron hace muchísimo

tiempo y no tienen la menor probabilidad de volver ahora a hacerlo), por lo que es prematuro decir si

sirven o no para esa tarea. Pero sabido es que también desde la oposición (y desde el partido

gubernamental, aunque no se forme parte del Gobierno) se gobierna en cierto modo y se pone de

manifiesto la propia capacidad contribuyendo a la labor legislativa y al control parlamentario del

ejecutivo, y desempeñando cargos en Ayuntamientos, Diputaciones y Juntas Generales, amén del CGV,

desde el cual se pueden dictar pocos decretos, pero se puede conquistar o perder prestigio, aumentar o

arruinar la propia influencia... Y lo más importante es que, en el régimen actual, los partidos políticos han

adquirido un protagonismo tan grande que llega a ser muchas veces excesivo. Aunque compuestos de

hombres (por lo que sus aciertos y sus errores son, en resumidas cuentas, los de los hombres que los

componen), su manera de actuar tiende a dejar en la sombra a casi todos esos hombres y a concentrar los

focos de la atención sobre uno solo y especialmente sobre el partido respectivo. ¿Qué pensarán los

electores de tales hombres y, sobre todo, de tales partidos?

 

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