Autor: Orozco, Román. 
   ¡Ay Andalucía!     
 
 Diario 16.    25/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

¡Ay Andalucía!

Román Orozco

Trescientos mil andaluces llevan mano sobre mano desde hace ya demasiados meses. Ningún pueblo de

España ha sido tan paciente como el andaluz a la hora de apretarse los machos y hacer dieta a pan y agua

y, si había suerte, a pan con aceite. Pero esos trescientos mil andaluces empiezan ya a estar hasta las

narices.

Pocas gentes tienen la filosofía vital que mueve a los andaluces y pocos pueblos saben ser tan estoicos y

austeros cuando hay que serlo. Pocos pueblos y pocas gentes también saben expresar su justa ira como el

andaluz. Las re-vueltas campesinas andaluzas de tiempos pasados han ensangrentado páginas y páginas

de nuestra reciente historia, y ahí está Casas Viejas para el que haya perdido la memoria.

Mano de obra barata

Es hora ya de poner arreglo a las muchas decenas de años de olvido y desidia que el poder central ha

mantenido respecto al pueblo andaluz. Es hora ya de que Gobierno y oposición sepan que el andaluz es

algo más que mano de obra barata lista para empaquetar y enviar a Cataluña, al País Vasco o, con peor

suerte, a Alemania.

¿Acaso no ha llegado ya el día en que el andaluz no deba moverse de su sitio, de su pueblo, de su aldea,

de su olivo, para poder llevar un salario digno con que alimentar a su por lo general numerosa prole? ¿Va

a estar el pueblo andaluz eternamente condenado a la emigración, con lo que de traumas sociales y

familiares provoca?

Un aviso al Gobierno central: la paciencia tiene un límite y todo parece indicar que el límite ha sido

rebasado con creces. ¡Ay de quien tenga que cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de una masacre

entre el campesinado andaluz cuando, hastiados de que sus justas iras caigan en el vacío, decidan sustituir

el cante por el palo!

Sanlúcar de Barrameda no está muy lejos. La fuerte represión a que fueron sometidos los miles de

trabajadores en paro que se manifestaban pacíficamente en busca de un puesto de trabajo, con sus mujeres

y niños al lado, pudo ser la mecha que incendiara e hiciera saltar en mil pedazos ese trozo de España que

es Andalucía. Aquel día del pasado mes de julio hubo suerte y la sangre no llegó al río. Pero la amenaza,

una seria amenaza, pende sobre todas nuestras cabezas.

De nacía valen las buenas palabras a quienes, en el mejor de los casos, sólo comen higos chumbos desde

hace muchos meses y un. tarugo de pan. A veces, ni eso.

Y si el Gobierno de Madrid tiene la grave responsabilidad de no provocar la chispa que encienda el

polvorín a punto de estallar, los partidos considerados de oposición, y especialmente el Partido Socialista

Obrero Español, tienen también la obligación de salir en defensa de un pueblo que, precisamente por

haber sido uno de los más pobres del Estado, ha sido el que menos ha gozado de bienes como el de la

cultura. Recuerde el PSOE —en cuya directiva hay numerosos andaluces— que Andalucía ha votado casi

mayoritaria-mente por ellos y lo ha hecho pensando que ese partido echará toda la carne en el asador para

sacar a los andaluces del hambre, la injusticia y el subdesarrollo.

Nadie estaría interesado en que los 150.000 campesinos andaluces que hoy relajan sus músculos al sol de

la plaza del pueblo, porque nadie necesita su fuerza de trabajo, decidieran un buen día echarse al monte y

ocupar —como ya lo hicieron sus compañeros en Portugal— los millones de hectáreas sin producir que el

señoritismo andaluz del caballo blanco, la juerga y el fino para matar el rato mantienen para su personal

recreo.

 

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