Autor: Checa, Antonio. 
   Junta de Andalucía  :   
 La capitalidad y otros problemas. 
 Informaciones.    01/07/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

JUNTA DE ANDALUCÍA:

La capitalidad y otros problemas

Por Antonio CHECA

Las primeras semanas de vida de la Junta de Andalucía están siendo tan difíciles como polémicas; la

Junta tiene problemas comunes a otros organismos preautonómicos, la falta absoluta de recursos, por

ejemplo, pero a esos problemas añade otros muy .particulares, como el enfrentamiento con las

Diputaciones o la falta de clarificación en el enconado problema de la capitalidad regional; algunos

errores iniciales en la actuación y en la composición de la propia Junta acentúan el desencanto hacia ella

de muchos andaluces.

Por el momento, los dos problemas más espinosos son el de la capitalidad y el de las relaciones con las

Diputaciones. Como es sabido, Sevilla quiere que la Junta resida allí y que, por tanto, la ciudad obtenga la

capitalidad regional; fuera de Sevilla, parece predominante la tendencia a situar la capitalidad en una

población no capital de provincia, siendo la ciudad con más posibilidades Antequera, por su situación

céntrica con respecto al conjunto regional, sus buenas comunicaciones e incluso su tradición histórica

andalucista. Mientras para Sevilla la capitalidad es una cuestión de prestigio, para Antequera —típica

gran población agraria y semicomercial andaluza— la capitalidad podría ser el principio de un desarrollo

tan suspirado como hasta ahora inexistente.

Andalucía no ha tenido nunca una capital definida, y ello, por otro lado, es lo mas habitual en el

panorama español (recordemos los casos de Galicia o de Castilla-León). En la actual Andalucía, región

extensa, confluyen cuatro reinos históricos, y muchas ciudades que exhiben méritos, épocas gloriosas,

can-didatas, en fin, a esa capitalidad, Sevilla tiene más habitantes, pero es al mismo tiempo ciudad que

despierta enormes recelos —«el centralismo sevillano»— en el resto de la región.

Y no sólo por el aireado enfrentamiento entre la Andalucía oriental y la occidental. El recelo antisevillano

es enorme en la propia Andalucía occidental. Recuérdese que durante la II República, Huelva se negó a

integrarse en Andalucía y prefirió la vinculación a Extremadura, y bajo el lema «Con Sevilla, no», la

Prensa onubense del momento levantó largas campañas contra Sevilla a la que se acusaba de preterir

Huelva.

El centralismo sevillano deja de ser una frase si recordamos, por ejemplo, que del distrito universitario

tradicional sevillano han salido tres nuevas Universidades (Córdoba, Extremadura y la inminente

Universidad de Cádiz), o que la diócesis sevillana —la más extensa del país— comprendía, hasta no hace

muchos años, toda la provincia de Sevilla, la de Huelva y gran parte de la de Cádiz; de ella nació la

diócesis onubense hace ahora veinticinco años, y está en puertas la creación de la de Jerez de la Frontera,

que aglutinará todo el norte de la provincia de Cádiz. Son ejemplos que podrían multiplicarse.

La opción, pues, de la capitalidad en una población pequeña, parece lógica. La ciudad idónea sería Ronda,

pero tiene en contra su dificultad de acceso. La idea de capitalidad rotatoria es más descartable. Mientras

que tiene su sentido la de una distribución de organismos regionales por toda la región, esto es, la

descentralización dentro de la región. Recordemos que hace unos años, economistas prestigiosos como el

profesor Emilio Figueroa auspiciaban una distribución de los Ministerios por la geografía nacional, como

medida descentralizadora.

Problema igualmente grave para la recién nacida Junta de Andalucía es el de sus relaciones con las ocho

Diputaciones de la región. Ya la presencia de representantes de las Diputaciones enfrentó durante la

elaboración del Estatuto preautonómico a U.C.D. y P.S.O.E., los dos partidos con mayor representación

parlamentaria. Las Diputaciones andaluzas iniciaron en los últimos tiempos del franquismo unas tímidas

actuaciones conjuntas que fraguaron una «comisión promotora del Ente Regional», convertida

actualmente en una Comisión Coordinadora de las Diputaciones, con realizaciones en marcha, y aunque

la comisión asegura —por boca de su secretario, el diputado cordobés Rodríguez Alcaide— estar en

trance de liquidación, muchos ven en ella un organismo paralelo. La comisión pretende una voz única

para las Diputaciones, con actuaciones coordinadas con las de la Junta de Andalucía. La estructura

todavía no democrática de las Diputaciones, complica aún más el panorama, al igual que algunas

actitudes personalistas.

Y lo complica igualmente la falta de tacto con que en sus primeras semanas se ha conducido el presidente

de la Junta. Su ostensible ausencia en el homenaje a las fuerzas de orden público, recientemente celebrado

en Sevilla, ya le valió acres censuras de la Prensa local. La misma composición de los organismos

preatonómicos no ha dejado de causar problemas. Jaén ha protestado por la exclusión de sus hombres

tanto del «Gobierno» andaluz como del Consejo Permanente de la Junta de Andalucía. En el primero,

cuatro de los doce componentes son sevillanos, pero no aparecen jiennenses ni gaditanos. La provincia de

Jaén tiene once parlamentarios, siete de ellos socialistas. Las quejas por la exclusión no se han hecho

esperar.

Francisco de la Torre Prados, encargado de Hacienda en el Gobierno andaluz, estima que hacen falta

alrededor de cien millones para poner en marcha unos organismos hasta ahora simplemente de papel. Por

el momento, la Junta de Andalucía tiene todo el aire de un noble venido a menos. Tiene a su disposición

varios palacios, pero no tiene recursos.

Esta semana, con la constitución de la comisión mixta de transferencias Junta-Diputaciones y la

invitación por parte del presidente de la Junta de Andalucía a varios partidos extraparlamentàries en la

región, pero que obtuvieron votaciones relativamente importantes en junio del 77 (A.P., P.S.A.), para

buscar fórmulas de colaboración, puede haberse iniciado un cambio en la marcha de la preautonomía que,

recordando el conocido libro de Rene Dumont sobre la independencia del África negra, podría decir que

«ha comenzado mal».

 

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