La Iglesia y la enseñanza     
 
 El Alcázar.    28/11/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Instantánea

LA IGLESIA Y LA ENSEÑANZA

La iglesia española comienza a recoger ios frutos de ¡a política de desenganche que, respecto al régimen

surgido de ¡a Cruzada, practicó en los últimos años de vida del generalísimo Franco, pese a los beneficios

de toda índole recibidos del mismo. Con gran despliegue informativo propugnó, como sise tratara de un

triunfo para la Iglesia, la derogación de un Concordato del que sólo obtenía privilegios, con la

contrapartida de un derecho de presentación de obispos, tan amablemente empleado por el Estado, que no

impidió la subida al Episcopado de los mismos hombres que luego con tanto énfasis reclamaban

independencia». Ya ha desaparecido el derecho de presentación, por voluntaria cesión del Rey, y, ahora,

la Iglesia, desvanecidos los fantasmas que ella misma inventó, se encuentra ante la áspera realidad de

tener que negociar un nuevo Concordato en un Estado pluralista, en el que va a ser difícil mantener tanto

tos privilegios como las concesiones que ella denominaba «derechos.

Uno de los frutos del * cambio» tan ansiado es el peligro que ve cernirse sobre una de sus actividades más

cuidadas: la enseñanza. La Iglesia lo considera un derecho natural, basado en el que tienen los padres a

elegir la educación de sus hijos; derecho, dice, irrenunciable y anterior al del mismo Estado.

La postura de la Iglesia, a cuyo fondo doctrinal nada tenemos que oponer, ni como católicos ni como

padres de familia, presenta un fallo en su realización práctica que no hay más remedio que airear, para

que ninguno de los factores del problema quede excluido: los primeros que comenzaron a incumplir el

derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos fueron muchos centros efe enseñanza de la

Iglesia, a los que las familias católicas enviaron sus hijos en la seguridad de que en ellos recibirían la

formación moral y patriótica que había cimentado el prestigio de tales centros y, de repente, sin previa

consulta a padres ni tutores, los niños y jóvenes que habían sido dejados a su cuidado fueron sometidos a

una mentalización obediente a las corrientes progresistas que se infiltraban en la Iglesia, con abuso de la

doble autoridad que ejercían los educadores» como profesores y como religiosos. Son muchos los padres

que han visto con desolación que unos hijos a los que mandaron a centros religiosos para que recibieran

una formación cristiana y patriótica en toda su extensión, han vuelto a casa convertidos en marxistas, con

una ideología en e! orden moral, político y religioso fotaímeníe contraria a la que ellos esperaban que

recibieran. Aceptamos que parte de esa ideología pueda ser opinable, pero si de verdad existe el derecho

que la iglesia alega para que los padres puedan elegir la educación de sus hijos, nunca debió darse a los

niños confiados a centros religiosos una formación distinta, y menos contraria, a la que Jos padres

deseaban. ¿Con qué autoridad pueden ahora acudir estamentos eclesiásticos a los padres de familia,

pidiéndoles ayuda para defender un derecho que algunos centros religiosos no respetaron? Un derecho, el

de la libre opción en cuestiones temporales, que ni siquiera fia sido respetado en las preces de algunas

misas ni en tas homilías de algunos obispos.

Comience la Iglesia por exigir a ios centros de enseñanza de ella dependientes el respeto al derecho de los

padres a que sus hijos reciban la educación que ellos desean, y sólo entonces podrá, en nombre de esos

mismos padres, exigir al Estado el derecho que alega.

 

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