Autor: Broseta Pont, Manuel. 
 La crisis de la Universidad y su reforma /y3. 
 Los problemas concretos y la autocrítica     
 
 El País.    22/12/1977.  Página: 28. Páginas: 1. Párrafos: 37. 

SOCIEDAD

EL PAIS jueves 22 de diciembre de 1977

La crisis de la Universidad y su reforma / y 3

Los problemas concretos y la autocrítica

MANUEL BROSETA PONT

Catedrático de la Universidad de Valencia

En los artículos anteriores he expuesto con cierta perspectiva histórica las causas de los gravísimos

problemas universitarios y, con ellas, los factores que han conducido a su falta de actual pulso vital y a su

casi total ausencia de sentido autocrítico colectivo. La Universidad es un cuerpo enfermo, muy

gravemente enfermo, al que, en alguna medida, falta hoy por hoy la capacidad para autodiagnosticarse y

para curar sus enfermedades, a menos que de nuevo cobre el vigor debido su conciencia autocrítica;

Hay quienes creen que con la concesión de la autonomía universitaria renacerá, por sí sola, esa capacidad

autocrítica y se iniciará su curación, Universidad por Universidad. Yo pienso, por el contrario, que es

indispensable proceder inmediatamente a provocar el proceso autocrítico, mediante una asamblea abierta

en la que participen todas las universidades, por medio de sus representantes. En esa asamblea, además

del debate abierto sobre sus males y graves defectos, se deberían establecer las bases de la futura

autonomía universitaria. De otra manera se procedería a conceder o a otorgar el remedio (la autonomía)

antes de despertar la conciencia sobre los defectos. Por el contrario, antes deben debatirse en asamblea de

todas las universidades los problemas y después —desde la autonomía de cada una y de todas—

abordarlos defectos de la Universidad desde una cierta base unitaria que no caiga en el cantonalismo

universitario.

Por ello quiero empezar por analizar los problemas universitarios que, como mínimo, considero deben ser

objeto del debate autocrítico de todas las universidades en asamblea abierta.

Profesorado

Uno de los más graves problemas aquejan al profesorado" universitario. Despoblada la Universidad de

sus mejores profesores por la guerra civil, el exilio o las depuraciones posteriores, y sometidas desde

1939 a un directo o indirecto control ideológico, la Universidad quedó despoblada de las mejores

inteligencias. La crisis se agravó por e! trato económico a que fue sometido el profesorado, que motivó

que las mejores inteligencias de los jóvenes licenciados no vieran atractiva la carrera universitaria, o que,

en algunas facultades, los mejores profesores tuvieran que compartir la Universidad con el ejercicio libre

de sus profesiones, cuando no que se vieran obligados a abandonar —con dignísimas excepciones— su

tarea universitaria docente o de investigación.

La explotación docente de algunos PNN y la ausencia de eficaces controles de calidad en las

contrataciones y en el rendimiento de profesores numerarios y no numerarios, así como la falta de

planificación .por el Gobierno de las necesidades de profesorado —que nunca hizo— para formarlos en

número suficiente para las crecientes masas de alumnos, acabaron por crear un panorama insatisfactorio,

insuficiente y, lo que es peor, de no óptima calidad docente ni investigadora.

La Universidad —profesores y alumnos—, y no previamente el Ministerio, deben someter este problema

a un profundo y libre proceso de autocrítica en una asamblea conjunta de todas las universidades.

Masificación

La masificación de nuestra facultad es un gravísimo problema. Esta masificación no sólo hay que

entenderla como la presencia de un excesivo número de alumnos (que también existe, como se demuestra

por el gravísimo crecimiento del paro de jóvenes licenciados, que empieza a ser aterrador), sino como la

provocada por un número de estudiantes demasiado jóvenes, desorientados y mal formados por la

enseñanza media, que no pueden ser atendidos por un adecuado número de profesores suficientemente

preparados, dotados de medios suficientes.

Falta una adecuada orientación universitaria y, por ello, muchos alumnos escogen las licenciaturas

instintivamente y no según sus verdaderas vocaciones, aptitudes salidas profesionales y demanda social

de titulados superiores. El mito del título universitario —tradicional medio de promoción social— está

atrayendo a la Universidad a estudiantes, cuyas familias no renuncian a la degradación social que creen es

el que sus hijos no tengan un título universitario (lo que ocurre frecuentemente en las clases medias y en

las familias acomodadas); y está atrayendo a la Universidad a estudiantes que deberían orientarse hacia

estudios intermedios de primer ciclo —con mejores salidas profesionales— o hacia una sólida formación

profesional de la que tan necesitada está la sociedad española. Los bandazos de algunos ministros dando

reformas y contrarreformas, con programas teóricos y, a veces, demagógicos sobre la Universidad, han

sembrado el desconcierto y el caos.

Las facultades —especialmente algunas— están llenas de señoritos que más que estudiar vegetan en ellas,

convocatoria tras convocatoria. En un Estado como el nuestro, en el que la matrícula que se paga no llega

a cubrir la cuarta parte del coste que cada alumno universitario genera al presupuesto nacional, es una

vergüenza, si no un fraude social, que se permitan cuatro o seis convocatorias para aprobar cada

asignatura.

En este sentido, una selectividad previa al ingreso en la Universidad y durante toda su permanencia en

ella, es esencial para su correcto funcionamiento. Pero no una selectividad indiscriminada, que perjudique

a aquellos para quienes es más difícil el acceso al mundo de la cultura, ni anunciada de improviso, sino

profundamente estudiada y previamente anunciada. Y después, que sea respetada por todos: Ministerio y

autoridades, así como. por las universidades.

Formación crítica

Como consecuencia de los dos factores anteriores, la Universidad y los colegios universitarios sufren una

profunda tendencia a convertirse, en la relación profesor-alumno, en academias, porque predomina la

tarea repetición-memorización-examen, y no la verdadera formación critica sobre las enseñanzas y sus

métodos. El abuso de la clase magistral, el abuso de los exámenes parciales, la no suficiente tarea y labor

de redacción y discusión de trabajos dirigidos y de clases dialogadas, cuando no la simple memorización

de un texto, convierten a muchos alumnos en puras mentes receptoras y memorizadoras pasivas que

retienen y no analizan y critican el contenido de lo que se les enseña.

El estudiante universitario debe adoptar una actitud analítica y crítica, pues esa es la formación

universitaria, sobre los datos y los conocimientos que el estudio procura. La simbiosis teoría-práctica es

indispensable. El profesor universitario ha de ser consciente de que el estudio y la investigación (no

fomentada y sustraída, en gran medida, de la Universidad por el CSIC) forman parte inescindible de su

tarea universitaria.

Concienciar a los profesores

Mas para lograrlo es necesario (salvadas las excepciones de quienes ya lo practican) concienciar a los

profesores, tanto o más que a los alumnos. El nivel de muchos profeso res y alumnos y la masificación de

éstos, lo hacen cada vez más difícil. Para remediarlo es esencial un debate autocrítico en una asamblea de

todas las universidades sobre la enseñanza, su contenido, los planes de estudio y los métodos

pedagógicos.

La actual atonía universitaria se proyecta también sobre los órganos de gobierno de la Universidad y,

desde ellos, sobre los órganos de gobierno de las facultades. Estos —cansados del centralismo excesivo y

de los cambios de los criterios ministeriales— no se plantean ya profunda e insistentemente los problemas

de fondo de la Universidad. En el mejor de los casos, se dedican a la simple y mera gestión de los asuntos

universitarios académicos, administrativos y económicos, que abruman a los rectorados y decanatos.

Se ha producido así un progresivo deslizamiento de la tarea de análisis de los más graves problemas

universitarios de fondo, hacia los acuciantes problemas diarios. Los órganos de gobierno universitarios

han sufrido, además, una profunda desilusión en su tarea y sus competencias, al ser asumidas éstas por el

Ministerio de Educación y Ciencia por un centralismo burocrático excesivo, cuando no por la desilusión

causada por las desautorizaciones sufridas por las decisiones ministeriales. Piénsese, como ejemplo

revelador, en lo ocurrido recientemente sobre la selección de tos alumnos de primer curso de las

facultades de Medicina.

Centralismo burocrático

Buena parte de la actual atonía universitaria procede también de la defectuosa incardinación de las

universidades en los problemas y las necesidades de las nacionalidades y regiones en las que están

implantadas.

El centralismo burocrático que todas las universidades españolas han sufrido en los últimos cuarenta años

las ha desarraigado de la sociedad circundante. Los planes de estudio uniformes para todas ellas, las

dificultades encontradas para estudiar e investigar intensamente los problemas de la sociedad que

circunda a cada Universidad, no sólo ha desarraigado a la Universidad de la sociedad circundante y ha

provocado que ésta se desentienda de aquélla, sino que ha impedido aprovechar el gran potencial

dinamizador en lo histórico, lo social y lo económico de cada región que cada Universidad encierra.

Ello ha restado vitalidad y funciones a la Universidad. Porque el Estado veía con desconfianza a una

Universidad critica que estudiara y proyectara en los pueblos de España sus peculiaridades, sus problemas

y sus autonomías.

El proceso autonómico está abierto y en él el debate autocrítico de la Universidad y su autonomía puede y

debe ser clarificador. Incluso para evitar cantonalismos universitarios que, de otra forma, y por radica-

lizaciones excesivas, pueden generalizarse porque de hecho ya se han iniciado. Piénsese, por ejemplo, en

los acuerdos sobre el profesorado de las universidades de Cataluña y de Salamanca.

La escasez de medios económicos de la Universidad —poco a poco incrementados, pero aún

insuficientes— ha sido y aún es uno de sus mayores problemas. Para remediarlo, no debe bastar una

decisión presupuestaria del Ministerio de Hacienda p del Gobierno, sin un previo debate de todas las

universidades, sobre los medios financieros necesarios, sobre su distribución según criterios y objetivos

universitarios, y sobre su correcta gestión y responsabilidad.

Falta de ello no sólo se producen penurias lamentables, sino despilfarros, a veces, intolerables. Así, en

ocasiones, se acometen obras innecesarias, mientras los laboratorios no tienen medios, o los profesores no

cobran lo debido, porque, quizá, y, por ejemplo, un rector para contentar a una facultad solicita y

consigue del lejano Ministerio una consignación presupuestaria para un gasto superfluo; o porque quien

no debe decidirla decide una obra en un edificio que es secundaria o, incluso, superflua; o porque la

proximidad al centro del poder que es el Ministerio permite obtener unos medios imposibles para otras

universidades más alejadas.

La fijación de lo necesario, de los criterios y de los objetivos, y su posterior decisión, gestión y control en

el gasto, deben ser claramente establecidos. De lo contrario prevalecerá el favoritismo o el arbitrísmo en

detrimento de lo más necesario que es la investigación universitaria y su financiación.

Muchos más son los problemas que —de una vez— deben afrontar autocríticamente las universidades.

Pero ¿cómo hacerlo? Porque estamos excesivamente acostumbrados al centralismo burocrático del

Ministerio y a la pasividad de las universidades, es por lo que entiendo que el proceso debe ser por sí

mismo capaz de despertar la dormida conciencia autocrítica de cada una de nuestras universidades. El

debate de cada una —separado del resto de las demás— mucho me temo y ¡ojalá me equivoque! que no

sea expresivo de la verdadera situación de los problemas. Ese debate aislado quizá ni siquiera se

produzca.

Proceso

Por ello pienso que el proceso que debe seguirse debería ser distinto al que acaba de iniciar el Ministerio

de Educación y Ciencia. Quizá seria más conveniente el siguiente:

Asamblea de todas las universidades

1. Convocar una asamblea de todas las universidades españolas, en la que se debatan por comisiones los

problemas gravísimos y de fondo que aquejan a todas nuestras universidades en crisis y, entre ellos, el

contenido de la futura autonomía de las universidades. Analizando los problemas generales de toda la

Universidad —por los representantes de todas las universidades— se establecerían las decisiones y las

soluciones comunes a todas ellas, para que después cada Universidad —en ejercicio de su autonomía—

abordara sus problemas específicos.

Las opiniones de cada Universidad por separado no pueden ni deben sustituir a esta asamblea, porque

necesitamos una autocrítica que sea el resultado del debate y del intercambio de perspectivas. La opinión

de cada Universidad aislada —se sumen o se resten unas a otras— nunca llegará a ser la opinión de la

Universidad española. Esta presupone y exige el diálogo y el debate. Y poner así en marcha lo que ya casi

ha desaparecido: la autocrítica y el análisis por todas las universidades de sus propios problemas.

Futura autonomía

2. Terminada la asamblea y conociendo el Ministerio la opinión de la Universidad sobre sus propios

problemas y sobre el contenido de la futura autonomía, es cuando podrá aquél elaborar un proyecto de ley

de autonomía de la Universidad española y podrá abordarse -además— por cada una de ellas la

resolución de sus propios problemas, en ejercicio de su propia autonomía.

Asi podrán, además, encontrar efectividad las decisiones que el Ministerio pueda adoptar sobre los graves

problemas de la Universidad. Desde abajo hacia arriba se señalarán los defectos y sus soluciones, de

forma democrática, crítica y abierta. Que es la única compatible con la Universidad. De no hacerse así, si

el Ministerio de Educación y Ciencia elabora unas disposiciones para la reforma de la Universidad, sin oír

previamente el resultado de la opinión de toda ella, la reforma ministerial —buena o regular— quizá se

reciba como una reforma más, de las que con exceso han llegado desde Madrid a las diversas

universidades españolas.

Sin voz y sin eco. Como letra muerta que llega a una institución átona, cuyo primer objetivo es que

vuelva a encontrar su conciencia y su pulso propios.

 

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