Autor: Jáudenes, Luis. 
   El mayor error     
 
 El Imparcial.    21/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL MAYOR ERROR

Un error que podrían cometer las fuerzas democráticas no marxistas en los momentos actuales es,

evidentemente, el de enfrentarse las unas con las otras. Máxime cuando termina de definirse

públicamente, a través del acuerdo PSOE-PSP, el socialismo español como marxista y de clase.

Ese error puede ser realidad por diversos motivos. El primero, por la soberbia del protagonismo; no sólo

del protagonismo personal, sino, también, del de grupo o partido. Nadie puede desconocer que unas

personas tienen mayor relieve que otras, ni que existen partidos cuya importancia cuantitativa y

cualitativa es muy superior a la de los demás. Pero tampoco cabe ignorar que el espectro social es

mayoritariamente indeciso y que su movilización pasa por una presencia común en la que «grandes» y

«pequeños» puedan coincidir. Sin los «grandes» no habrá operación; sin los «pequeños» habrá dispersión.

El segundo de los motivos puede ser el oportunismo. Ese oportunismo que conduce a sacrificar lo

general, en este caso la necesidad de una presencia coordinada en los próximos tiempos, por lo particular,

la participación en operaciones puramente coyunturales o de poder.

Estamos, y ese es un dato que no se puede desconocer, ante una sociedad cansada, confusa,

desconcertada, y también ¿porqué no decirlo? harta. Harta de no recibir más que palabras vacias; harta de

no encontrar la respuesta mínima a sus necesidades; harta de contemplar cómo la clase política elude los

problemas reales, los que agobian a cada uno todos los días, y se entrega a juegos electorales o partidistas;

harta de que sean sus espaldas, o sea España, la que «pague el pato» de la irresponsabilidad, la frivolidad

y la demagogia. Ese clima lo confirman las encuestas que se publican. Por momentos, es mayor el

número de españoles que no saben a quién votar, si es que van a votar, en unas próximas elecciones.

Y a esa sociedad no hay derecho a exigirle que nos comprenda a los políticos. Por el contrario, tiene el

derecho de exigirnos que no aumentemos su confusión, que demos respuesta a sus inquietudes, y que no

la desconcertemos con nuestras maniobras y personalismos. En definitiva, a la sociedad corresponde

exigir que, los que asumimos el protagonismo político con ideas semejantes, sumemos nuestros esfuerzos

y hagamos posible una respuesta común a sus demandas.

Porque lo que está en cuestión en España, y eso el español medio, el hombre de la calle, lo intuye con

claridad, no es la democracia, sino el modelo de sociedad que en el futuro vamos a tener. Y que no es por

la democracia por lo que luchan el socialismo y el comunismo, sino por una sociedad organizada

conforme a los principios marxistas. En este punto no hay engaño; así lo han manifestado y declarado

reiteradamente. Su objetivo es una sociedad socialista, en los términos en que se expresa el documento

elaborado por los partidos Socialista Obrero y Socialista Popular. Un socialismo de clase y marxista que

rechaza a través de su afirmación de que a la lucha parlamentaria hay que unir las acciones de masa, el

principio básico de la democracia de que el conflicto ideológico se centre, se desarrolle y se resuelva en el

terreno político y no en la calle.

Por ello es lógico que, a los políticos del mismo signo, se nos exija algo más; un algo más que es la

colaboración para la consecución de un objetivo común. Que no puede ser otro que hacer posible en

España un sistema no marxista, sino un sistema de inspiración socialhumanista, que vaya aumentando las

cotas de libertad, de justicia, de igualdad y de seguridad.

Un sistema que mantenga la unidad de España; que equilibre las desigualdades personales y territoriales;

que conjugue libertad y autoridad; que defienda los valores de la familia y de la moral.

Un sistema que cree un clima de seguridad personal y colectiva; que reforme sin destrozar; que ataje la

corrupción en todas sus manifestaciones; que haga efectivo el principio de igualdad de oportunidades y en

especial en el ámbito de la enseñanza, salvaguardando el derecho de los padres y el de los demás grupos

sociales a crear y participar en el proceso educativo.

Un sistema que ilusione a cada uno para que pueda potenciar su capacidad de creación y de aportación a

la sociedad; que asuma en plenitud el sentido de la dignidad personal y que luche contra los factores

degradantes del hombre como la pornografía, la droga y todo cuanto contribuya a su corrupción moral y

material. En definitiva, que tienda a hacer realidad esa utopía, la utopía de la derecha, que hay que

alcanzar con el avance dia a día, el trabajo y la responsabilidad. La utopía de un hombre libre y digno en

una sociedad basada en la solidaridad.

Conseguido ese objetivo, será la hora de discutir, de determinar, qué personas y qué partidos pueden y

deben ser los representantes más cualificados de esas fuerzas democráticas no marxistas. Pero en tanto en

cuanto aquel proceso fundamental esté abierto, y no podemos olvidar que lo está, el mayor error que

podría cometerse es el de no pasar del «no enfrentamiento» a una acción coordinada, reflejada en un

esquema básico y una estrategia común. Como ha ocurrido en Francia. Los resultados de la mayoría a la

vista están.

 

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