Pujol: hombre de estado     
 
 ABC.    01/12/1986.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

PUJOL: HOMBRE DE ESTADO

MIENTRAS mañana concluye el plazo para que el ministerio fiscal recurra contra el no procesamiento

del presidente de la Generalidad de Cataluña, decidido por abrumadora mayoría de magistrados en la

Audiencia de Barcelona, las aguas parecen haber vuelto del todo a su cauce, y la figura de Jordi Pujol

crece en la opinión de los españoles. Su serenidad y su impasibilidad a lo largo del dilatado proceso de

opinión que abrieron contra él, tanto una parte decisiva del socialismo gobernante como lo más granado

del socialismo fáctico, o sea el de los compromisos por los favores recibidos y por las mercedes

esperadas, no han pasado inadvertidas para el hombre de la calle.

Hubiera sido muy explicable que sucediera lo contrario de lo ocurrido: que el presidente de la Generalidad

y dirigente de un nacionalismo catalán de nuevo cuño hubiese recurrido, frente al ataque político que se

le hacía, a la caja de los truenos que tenía a la mano. Si la tentación socialista de pilotar partidistamente

la Justicia contra un adversario político, por el hecho de que éste había resultado vencedor en la

confrontación electoral, hubiera tenido su réplica en una reacción del dirigente político catalán contra

las instituciones utilizadas como cauce para ello, habría supuesto esta réplica consecuencias funestas

para el Estado, para la democracia y para la Monarquía parlamentaria. Pero Jordi Pujol y las fuerzas

políticas que le han apoyado en todo este largo episodio dieron, una vez más, prueba del "seny", del

buen sentido, que caracteriza al pueblo de Cataluña. Aguantaron el envite y ganaron.

Esto es, justamente, lo que han reconocido los demás españoles: Jordi Pujol se ha comportado en toda

esta historia de acosos y difamaciones como un auténtico estadista, por su sensibilidad y por su

capacidad para asumir responsabilidades más amplias que las que conciernen a su potestad autonómica.

En el socialismo gobernante, por el contrario, y a diferencia de su actitud en el País Vasco, faltó, desde

el principio en el caso catalán, ese sentido de la responsabilidad que debe acompañar siempre al

Gobierno de la entera nación.

El pleito y la maniobra se han resuelto sin quebrantos para España, porque, insistimos, Jordi Pujol

neutralizó el grave peligro creado al asumir, además de las responsabilidades propias, parte de la otra

responsabilidad. Así lo ha demostrado, una vez más, en el espléndido discurso de hombre de Estado

que pronunció ayer.

Del desenlace de este capítulo se derivarán y se están produciendo ya resultados congruentes con lo

hecho por cada cual, lo que implica una imagen de partidismo, de sectarismo, de pérdida de sentido

del Estado para quienes intentaron instrumentalizar la Justicia, y una imagen de autoridad y de

solvencia política para quien ha sabido no descomponer la figura y no recurrir a nada capaz de

comprometer la democracia o de dañar la unidad nacional. Gracias a este comportamiento de Jordi

Pujol como auténtico estadista se ha venido a consolidar en Cataluña un sentimiento de más acendrada

solidaridad española.

A estas horas parece abandonada toda beligerancia por parte del Gobierno socialista. Después de los

jueces ha sido la opinión nacional quien ha venido a sentenciar, porque también se había abierto un

proceso de opinión. Ambos tiros le han salido a sus autores por la mismísima culata. Jordi Pujol, a quien

esta Casa hizo en 1984 "Español del Año", ha dado la medida que al antagonista ha faltado. Ha dado

la medida de estadista.

 

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