Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
 Letras del cambio. 
 Globo sonda     
 
 Informaciones.    11/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LETRAS DEL CAMBIO

GLOBO SONDA

Por Jaime CAMPMANY

YA ha sido izado públicamente el primer globo sonda de las elecciones. Se ha echado a volar, a IB vista

del respetable, la primera birlocha electoral para que se sepa hacia dónde soplan los vientos del sufragio

del 15 -J.

Dicen, que Juan Diez Nicolás, desde el Instituto Nacional de Estadística, provee casi diariamente a la

Moncloa de los datos sucesivos que van arrojando periódicos sondeos de opinión. Hasta ahora, esos datos

se conservan en las carpetas «top secret», y sólo los conoce el presidente y algunos colaboradores muy

íntimos, entre los cuales ni siquiera están incluidos todos los ministros. Naturalmente, el comentarista

tampoco los conoce, y as! no sabe si el presidente se desayuna con sapos o con rosquillas de San Isidro.

La estadística es cada vez una ciencia más. exacta. Va quedando lejos aquella crítica que aseguraba que la

estadística sólo servía para decir que otro señor y yo nos habíamos comido medio pollo cada uno, cuando

en la realidad él se había comido un pollo entero y yo me había quedado en ayunas. En los países donde

se halla más depurada la técnica de los sondeos de opinión y los entrevistados no responden con el

cachondeo que por aquí nos hemos traído hasta ahora, es punto menos que imposible que salgan de las

urnas serpientes de mar o insospechados matasuegras.

Sin embargo, es aventurado descartar que el sondeo de opinión no sea utilizado como una de tantas

argucias electorales, que pueda sustituir, incluso con ventaja, a las antiguas picardías. Cuentan del conde

de Romanones que pateaba los pueblos de su distrito electoral —c reo que Guadalajara— pisándole los

talones a su hermano, adversario en las elecciones, porque en todos los tiempos ha habido familias que

juegan a diversos paños electorales. «¿Qué te ha dado mi hermano para que le votes?», preguntaba el

conde. «Tres pesetas», respondía el campesino elector. «Es un tacaño —afirmaba Romanones—. Dame

las tres pesetas, toma un duro y me votas a mí.» Seguramente ahora, el conde haría difundir sóndeos de

opinión.

Cualquier estadística en la que un 40 por 100 del electorado no sabe si va a votar 9 lo que va a votar,

resulta poco fiable. Y mucho menos en nuestro país, donde abunda aún la gramática parda y nadie quiere

definirse. Aquí el voto es tan secreto, tan secreto, que a veces no lo conocen ni los propios votantes.

 

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