Autor: Fuente Tarrero, Jesús Manuel de la. 
   La pintada, ese negocio     
 
 Pueblo.    09/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Ai margen de su carácter reivindicativo y de deterioro urbano

LA PINTARA, ESE NEGOCIO

LA cólera mural, la pintada salvaje, espectacularmente expresiva y nostálgicamente utópica, es ahora

mismo, además de una funcionalidad política al servicio de las minorías, de los marginados, de los

anónimos parias desposeídos, de los desarraigados y los agitadores profesionales, un negocio. Un buen

negocio, que la inconmensurable sociedad de consumo ha conseguido montar sobre una base que parecía

imposible se prestara al juego. Pero ha ocurrido, y los hay que sí saben cómo ha sido. En este momento,

en Madrid, varias empresas e incluso grupos de personas, curiosamente profesionalizadas en ensuciar

ideológicamente paredes, están a la espera de que la ciudad se convierta en una gran y sucia pintada, para

beneficio suyo.

Según cálculos aproximativos del Ayuntamiento, en Madrid hay actualmente 30.000 pintadas callejeras,

lo que representa unos ciento cincuenta mil metros cuadrados de paredes y fachadas víctimas del «spray»

y la brocha, al servicio unas veces de determinadas posturas políticas, y otras encerrando tan sólo un

frustado y sordo grito contracultural de los que no disponen de canales normales de expresión desde los

que hacer oír su voz. Una voz, que en su desesperación se hace agresiva, despiadada, a veces artística,

pero siempre indignante para el ciudadano medio y confortadoramente integrado. Es, tal vez," una de esas

pequeñas letras de cambio que toda democracia tiene que cobrarse y que nuestros pueblos y ciudades

todavía tenían pendiente, con el apremio, además, de unas elecciones generales a la vuelta de la esquina.

En Londres, pongamos por caso, ya no hay pintadas, porque para eso la cultura en el poder se ha

inventado el alienante sistema de desahogo público de los oradores contestatarios en el democrático y

paradisíaco marco de Hyde Park. Aquí no llegamos todavía a tanto, y la pintada sigue siendo una

compañera habitual en nuestras calles, sirviendo, por otra parte, de tapadera a un suculento negocio, al

que la opinión pública suele ser ajena.

Por ejemplo, para limpiar esos 150.000 metros cuadrados de pintadas, y contratando los servicios de

cualquiera de esa media docena de grandes empresas especializadas en limpiezas de este tipo que existen

en Madrid, el Ayuntamiento sería preciso que habilitara un presupuesto de 150 millones de pesetas; cada

metro cuadrado de pintada cuesta limpiarlo poco más o menos 1.000 pesetas. Las brigadas de la

Delegación Municipal de Saneamiento podría llevar a cabo igual tarea por un costé sensiblemente

inferior, pero empleando un tiempo cuatro veces mayor y con resultados no tan satisfactorios. Un

portavoz de una de estas empresas, con delegaciones en varias capitales europeas, ha dicho a PUEBLO

que, después de las elecciones, piensan sacar una buena tajada» comercial, muy parecida a la que

consiguieron en Lisboa: . «Allí, nuestros beneficios limpios superaron íos cincuenta millones de pesetas,

y, teniendo en cuenta las circunstancias españolas, en Madrid podría repetirse la situación en unos

porcentajes muy poco inferiores.» Predicciones francamente negativas, desde luego, apoyadas además en

el hecho de que, por el momento, el propio Ayuntamiento ha decidido desistir de iniciar cualquier tipo de

sesuda campaña antipintada hasta después del 15 de junio.

faltas de fundamento. Jun-. to a los textos oficiales que casi llorosamente piden: «Di lo que quieras, pero

dilo limpiamente.. Una ciudad limpia define a sus ciudadanos». Hay ya apostillas de «spray» o rotulador,

como ésta: «Lo siento, pero no tengo dinero para vallas».

Por su parte, el Metro, otra de las víctimas propiciatorias de las pintadas, se ve obligado a destinar

elevados presupuestos para la limpieza de sus estaciones. Todas las noches, 35 operarios sanean en lo

posible la red. Además, son también habituales las campañas intensivas de limpieza, que a la compañía le

suponen unos desembolsos de seiscientas a setecientas mil pesetas por cada tres días de trabajo. Desde

luego, también el Metro ha decidido, desde principios de este mes, sus-pender sus actuaciones en este

campo hasta después de las elecciones.

• PROPAGANDA POLÍTICA

En el fondo, y como dijimos al comienzo, también la pintada ha terminado entrando en el juego de los

intereses comerciales al servicio de una propaganda política burocratizada. Hacer una pintada resulta

relativamente barato, delando al margen el factor riesgo. Por cincuenta o sesenta duros cualquiera puede

proveerse de un pequeño «spray» con el que se ha iniciado una campaña para mantener limpia de "gratis"

la ciudad

De propaganda ilegal a delito de daños, pasando por el Gobierno Civil

«Sería tirar inútilmente el dinero —dice el delegado municipal de Saneamiento—. Ahora nos estamos

limitando a limpiar las más espectaculares y lujuriosas.» A lo mate, la Casa de la Villa ha colocado en

lugares estratégicos de la ciudad una serie de carteles publicitarios, llamando a la colaboración ciudadana

en este sentido. Una ingenuidad, al fin y al cabo, por múltiples razones y no siempre necesariamente

llenar la pared más conservadora de las consignas más insultantemente revolucionarias. Pero cuando la

acción aislada y espontánea se planifica, el «spray» de cincuenta duros ya no resulta rentable ni práctico.

Las pintadas de nuestras calles —y lo reconocen hasta sus propios autores— ya no responden siempre a

un impulso individual, sino a una concretada ´política propagandística. Los partidos tienen, por supuesto,

sus «equipos de pintadas»», que, integrados por militantes, recorren durante toda la noche la ciudad,

plagando sus fachadas de ideología para la posteridad de unas semanas o el odio eterno de ciudadanos

conformistas. Concretamente, uno de los comités locales del P. T. E. nos ha reconocido que se destinan

semanal-mente unas mil pesetas a llenar el barrio de pintadas. «No lo haríamos —dicen— si

dispusiéramos de otro medio de propaganda por un costo parecido.»

PROFESIONALIES DE LA PINTADA

Paralelamente a este nuevo fenómeno de grupos militantes dedicados a difundir ideología por las paredes,

al amparo de la oscuridad de la noche y del oportuno silbido del compañero que avisa de la posible

presencia de la Policía, existen otros grupos, auténticamente profesionales de la pintada; nosotros, al

menos, hemos podido contactar con uno, sin que hayamos podido salir todavía de nuestro asombro. Dicho

grupo está integrado por siete personas, todos simpatizantes de partidos de izquierda, pero ninguno

militante activo. Sus honorarios oscilan entre seis y ocho mil pesetas por noche de dedicación plena,

incluidos los riesgos de una posible detención. De momento —nos dijo el que se identificó como

cabecilla—, sólo pintamos para partidos de la izquierda, pero ya hemos tenido alguna proposición

informal de otros más moderados, que han caído en la cuenta de que la pintada, en las actuales

circunstancias, tiene tanto efecto propagandístico o más que un ortodoxo cartel publicitario. En ocasiones,

también nos movemos dentro de la más absoluta legalidad. Así es el caso de cuando difundimos

propaganda de partidos legalizados. Alianza Popular, por ejemplo, paga veinticinco mil pesetas por pegar

pasquines» y el P. S. O. E., tres pesetas por cartel. La cita ha tenido lugar en un bar de la calle Bravo

Murillo. Uno se ha enterado de esto y de que el cabecilla se llama Pedro; no le han dado pie para mayores

averiguaciones.

LO QUE DICE LA LEY

La pintada callejera ha estado y está severamente perseguida por nuestras leyes. En la época franquista, a

la persona que era detenida por hacer una pintada, y en el caso de que ésta respondiera a "la ideología de

un partido no "legalizado, se le aplicaba la ley de propaganda ilegal. Por el contrario, cuando la pintada

era a favor del Poder, la cosa se suavizaba al máximo, y en ningún caso los brutales brochazos de censura

de las brigadas de limpieza ensuciada a n inquisidoramente más la pobre fachada.

En la actualidad, el resorte jurídico más utilizado contra los que realizan pintadas es una actuación

judicial por un delito de daños. Si los daños son valorados por el afectado en menos de pesetas 5.000,

constituye una simple falta, y si sobrepasa dicha cantidad, se tipifica ya como un delito. Luego está claro

el criterio de cada Gobierno Civil, que en el caso de Madrid se caracteriza por su dureza, si bien

últimamente está haciendo algo más la vista gorda, quizá porque la propia Administración central ha

distribuido propaganda sobre las elecciones en lugares evidentemente no destinados para ello, como, por

ejemplo, en las paredes de los aparcamientos subterráneos y fachadas de edificios vacíos.

LA EXPERIENCIA EUROPEA

La experiencia europea en este tema tal vez sea, como ©n otros muchos, francamente positiva. En un

primer vistazo, una conclusión básica: cuanto más asentados están en un país las bases democráticas,

menor es el número de pintadas callejeras. En Londres, Bonn y París apenas existen, mientras que en

Roma y Lisboa son tan habituales como el Coliseum o la nueva plaza de la República.

Londres no presenta pintadas en sus calles. A lo más, algunas estaciones de Metro periféricas y las tapias

abandonadas de cualquier suburbio se decoran con las mayores obscenidades pensables o con alguna

expresiva salva por un- equipo de fútbol. La pintada política no tiene sentido en la democráticamente

organizada ciudad londinense. La propaganda electoral es directa, mediante visitas domiciliarias o, en su

defecto, circulares introducidas en los buzones de los electores. Ni siquiera en época de elecciones

generales los higiénicos carteles de publicidad política londinenses llegan a abotargar la ciudad.

En Bonn viene a ocurrir más o menos lo misino, sólo que allí está mucho más perseguida cualquier tipo

de pintada. El impago de una multa impuesta por este concepto puede llevar a cualquier ciudadano a la

cárcel. Y en Alemania es de los pocos países donde las leyes sí que se cumplen.

París viene a ser el socorrido término medio. La pintada política en pared. y con «spray» hace ya tiempo

que apenas se da, Prolifera, eso sí, la pegada de panfletos en las fachadas de los edificios que no tienen

carácter oficial. La ley lo persigue también, pero, como dice nuestro corresponsal Eduardo Hernanz, «la

Policía hace la vista gorda por aquello de que tomaría partido persiguiendo antidemocráticamente a

algunos grupos que no disponen de otros medios de propaganda».

Roma y Lisboa representan la otra cara de la moneda, y en especial esta última. Las calles lisboetas son

todas ellas una auténtica pintada. Fachadas, aceras, calzadas, cristales, estatuas, todo, absolutamente todo,

ha sucumbido a la incontenible furia de un pueblo que por décadas no supo lo que significaba la palabra

libertad. El «spray», la brocha, han sido un poco las asignaturas democráticas elementales a aprobar en la

primera convocatoria. Pero es tal la cólera mural lisboeta, que el verano pasado el Gobierno socialista se

vio en la obligación de promulgar una ley que prohibía y castigaba con sanciones de más de cinco mil

escudos a los que realizaran pintadas en edificios públicos.

Jesús DE LA FUENTE

9 de mayo 1977 PUEBLO

 

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