Autor: Rojas-Marcos, Alejandro . 
   El desafío andaluz     
 
 El País.    03/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

El desafio andaluz

ALEJANDRO ROJAS MARCOS De la Secretaría General del Partido Socialista de Andalucía

Por primera vez en la historia de España, andaluces autonomistas se presentaron, como tales, a unas

elecciones generales. Con tan pocos años de existencia, el Partido Socialista de Andalucía (PSÁ),

resultado de los que fueron. Grupos de Compromiso Político andaluces, primero, y Alianza Socialista de

Andalucía, después, intentó llevar a las Cortes la bandera verde, blanca y verde, de manos de exclusivos

representantes de un Poder andaluz.

Tan ambiciosa e histórica empresa no fue posible el pasado día 15 de junio. Los resultados electorales,

claros y tajantes, sancionaron los comicios en favor de la UCD y del PSOE, a lo largo y ancho del Estado.

La ley de Hont, promotora de regímenes bipartidistas y dura para con las minorías, también hizo sus

correspondientes estragos en Andalucía e impidió- que las 200.000 personas que votaron al PSA tuviesen

representantes en las Cortes. Los andalucistas, con muy pocos medios y tan sólo mes y medio de

legalidad previa, fuimos a las elecciones y encajamos el día 16 de junio el amargo sabor de la derrota

electoral.

Como una obsesión permanente, los partidos próximos al PSA volvieron a la carga y al debate sobre la

viabilidad o inviabilidad de la izquierda andalucista, está vez apoyados en la derrota electoral y

secundados por no pocos medios informativos. La excusa para relanzar la polémica, unas veces por

bienintencionados y otras con ánimo de competencia destructiva, se llama unidad socialista. Pero siempre

entendida como una opción única qué se llama PSOE.

¿Por qué esa obsesión unitaria uniforme? ¿Es que no es imaginable e incluso enriquecedora una izquierda

diversa y bien articulada a nivel del Estado? La izquierda diversa y articulada democráticamente no tiene

por qué perder fuerza ni cohesión y sí, por el contrario, sería un reflejo más fiel de la realidad

sociopolítica del Estado.

Parece que la autenticidad del planteamiento andalucista, con su indiscutible aportación histórica, hace

daño. Y nosotros preguntamos si existe poca conciencia de pueblo o de nación en Andalucía, si el PSA

tiene pocos militantes y no tuvo éxito en las elecciones legislativas, ¿a qué viene tanto interés en que

desaparezca o se fusione nuestra organización? Dato curioso por lo que sea, sé habla ahora más del PSA

que antes de las elecciones y, dicho sea de paso, de los partidos muertos o desaparecidos sólo se hacen

citas, no se los discute.

El PSA es andaluz antes que español. Ocupa un espacio político propio y si algunos militantes decidieran

abandonarlo, desanimados por la derrota electoral, los andalucistas seguirían hacia adelante por la fuerza

de la necesidad de que los problemas de Andalucía sólo los solucionarán andaluces, como vascos y

catalanes levantaron sus propios pueblos.

Algunos partidos de la izquierda no quieren reconocer la dimensión histórica de la labor del PSA y ven en

él una competencia desatada en un tercio del Estado español que afecta sus propias estructuras

centralistas. No es la competencia, en la izquierda, nuestro objetivo, como tampoco aspiramos a

convertirnos en fuerza testimonial o en movimiento cultural. El PSA es y quiere ser motor y vanguardia

del nacionalismo andaluz, como única fuerza política que es de exclusiva obediencia andaluza.

Antes de las elecciones, a los autonomistas andaluces se nos tachaba de utópicos o de locos. Luego, poco

a poco, fuimos viendo cómo, en la campaña electoral, los mítines de casi la totalidad de los partidos

políticos se poblaban de banderas verdiblancas y con timidez se empezaba a hablar de una autonomía

regional, de segunda categoría en tiempo y contenido, si la comparamos a las exigidas por vascos y

catalánes. Nosotros, sorprendidos y satisfechos por el eco que empezaban a tener nuestros principios

políticos en otras fuerzas de la izquierda, fuimos a las elecciones con escasos medios económicos, hoy

convertidos en deudas, sin acceso a los grandes programas de televisión y sin ninguna ayuda exterior de

Andalucía. Tampoco quisimos ir a las elecciones con aquellas fuerzas socialistas que no reconocieran la

aportación histórica del PSA y que, por el contrarió, exigiesen su integración en ellas como consecuencia

del pacto electoral.

Los resultados electorales ya los conocen. A pesar de haber prodigado un amplio esfuerzo humano en las

ocho provincias (un tercio del Estado) y de los 200.000 votos recogidos, no obtuvimos un solo diputado.

Sí, por el contrario, he-mos duplicado el numeró de militantes y el de poblaciones andaluzas en las que ya

tenemos presencia política. Ello supone un buen resultado para nuestros años de existencia, en los que

pagamos con represión y cárcel, a igual que otras fuerzas políticas, nuestra revuelta contra la dictadura

franquista.

Ahora, en la legalidad, estamos seguros de avanzar firmes por la senda del nacionalismo andaluz con el

deseo de emular y de continuar los arranques nacionalistas de nuestra historia. Arranques que se remontan

milenarios a las menciones de Argantonio sobre el pueblo tarteso y que sedimentaron las culturas de

Cartago, Roma y Bizancio para cristalizar, con esplendor, en el califato de Córdoba, que fue posible

cuando los omeyas rompieron las amarras que los ataban a Damasco.

Los arranques andaluces quedaron, luego, espaciados en el tiempo, sin que por ello el pueblo andaluz

perdiera su personalidad y su cultura. Los moriscos en el siglo XVII, la Junta Soberana del XIX y los

liberalistas de principios del XX fueron sus tres últimos ejemplos. El de los liberalistas, el que

protagonizó Blas Infante, fracasó porque la izquierda centralista de la segunda República no quiso para

Andalucía la concepción de pueblo que reconocieron a vascos y catalanes, hasta la creación misma del

Gobierno de Euskadi y de la Genera-litat. Blas Infante, el 11 de agosto de 1936, moría fusilado por rojo y

separatista al grito de «¡Viva Andalucía libre!»

Ahora, el desafio andaluz vuelve a la palestra de manos del PSA, guste o no a otras fuerzas políticas y al

poderío económico que domina nuestras tierras. El presente y el futuro inmediato de Andalucía estará

marcado por el andalucismo y ante él deberá reaccionar la izquierda andaluza —y digo la izquierda

porque en Andalucía no se concibe un nacionalismo que no sea de izquierda, y viceversa— en pos de una

meta común que, de ser unitaria, deberá enmarcarse en las siguientes coordenadas: estricta obediencia

andaluza, aunque articulada con el resto del Estado y con una democracia interna en su organización que

haga credible nuestra lucha por un Gobierno demócrata andaluz. Este es para el PSA el único

compromiso posible en su caminar para el resurgir del pueblo andaluz, de su cultura y de sus riquezas

naturales, en el ámbito del Estado español,y en su espacio geopolítico inmediato, que no es otro que el

que delimitan las orillas del Mediterráneo. Este es el desafio andaluz de nuestro tiempo. El objetivo

político que llevará a Andalucía a su autogobierno.

La obsesión imperial de los libros de texto del franquismo intentaba dar a la persona del rey Boabdil de

Granada la imagen de afeminado, porque lloró al entregar las llaves del reino nazarino a los Reyes

Católicos. ¿Por qué no podía Boabdil llorar por Granada? El día 16 de junio vimos llorar a no pocos

andalucistas ante el resultado electoral, y no por la derrota, como decía José Aumente, sino porque

todavía no habíamos empezado a ganar.

 

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