Autor: LANDIN. 
 Sociedad. 
 Pintadas, pintadas, pintadas     
 
 Arriba.    12/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Sociedad

Pintadas* pintadas, pintadas

PAISAJES entrojóles, que son como el alafa de amados rincones da España, han sido em-

badurnado» por quienes, paradójicamente, pCaso levantan bandera contra la contaminación.

Donde hasta ahora sólo había osado llegar con ei reclamo un óptico pertinaz, de repente se

han desbordado los chafarrinones de pintura, mancillando rocas y peñas, tal vez quienes

incluyen en su programa político la defensa de la naturaleza.

En algunas ciudades, los maníacos del spray no respetan ni las piedras de sus monumentos"

más nobles. Los nuevos pintores rupestres no se habrán parado a pensar que se necesiten, a

lo mejor, ochocientos años para que la catedral adquiera esa pátina venerable que ellos

destrozan en una noche de vino y «graffitti».

Pero si el simple hecho de emborronar un país es un síntoma inequívoco de barbarie, el

contenido de las pintadas tampoco es un alarde de agudeza. No parece que los seleccionados

por los grupos impolíticos para estos menesteres tengan halagüeños horizontes como creativos

de agencias de publicidad.

Para media docena de frases ingeniosas que se pueden espigar, ¡cuánta zafiedad ensucia «los

muros de !a Patria mía» I Y encima no son originales.

El pueblo español, triunfalismo aparte, ha sido siempre chispeante en sus diferentes latitudes.

Desde la ironía crítica de los «malos» pontevedreses hasta !a sátira hecha ¡mis-gen de las

fallas valencianas; desde la sorna entreverada de lirismos de los bersolaris de la raya vasco-

Navarra hasta la guasa intencionada y picante de las chirigotas gaditanas, España está

cruzada de norte a sur y de este a oeste por un gracejo popular y espontáneo. El pueblo tiene

mucha más imaginación que sus sedicentes líderes.

Y a falta de ¡deas, los nuevos Goebbels de estos grupúsculos se dedican al plagio.

«Bienaventurados mis imitadores, porque de ellos serán mis defectos», se ha dicho, y los

jefecillos de las clases de hoy se han lanzado, con entusiasmo digno de mejor causa, a imitar

los más ripiosos pareados de la Argentina peronista y la fiebre pintarrajeadora del Portugal del

sarampión revolucionario. ¡Cuándo tantas cosas ejemplares podíamos haber tomado de estos

países fraternos!

Naturalmente que hay excepciones, aunque contadísimas. Al que se le ocurrió lo de «Sois

como niños: no se os puede dejar solo. Franco» o su antípoda el que ideó lo de «Con Felipe II

estábamos mejor», hay que reconocer que han hecho diana. Pero sería más digno ver eso

mismo en la caricatura política de un periódico —auténticos editoriales plásticos, a veces— que

trazado torpemente sobre una valla. Porque otro aspecto de la cuestión es que hoy la Prensa

española nos ofrece mayores audaces que los pintores de paredes.

Hace algunos años, en una ciudad andaluza que adoro, se celebró por todo lo alto la Fiesta de

la Hispanidad, con despliegues de altas jerarquías, embajadores y doctas corporaciones. Para

hacer la digestión de tanto discurso solemne y conmemorativo, se había preparado un paseo

en los típicos coches de caballos por el casco antiguo. Previamente, la máxima figura

intelectual hizo como una introducción al tema, explicando que la ciudad era un puente entre

España y América. Los embajadores se iban a encontrar como en su propia casa porque en

cada esquina hay un monumento o una la. pida que recuerda que allí vivió tal Presidente o cual

procer de las jóvenes naciones de nuestra estirpe. Arrancó la cabalgata de coches a! trote

cortó. Primera inscripción mural: «Pepito, mamón». Nuevo trotecillo y segunda Inscripción

«Manolo, marica.» Un director general y más tarde Ministro me susurró: «Verdaderamente, la

epigrafía local es muy ilustre...»

Hoy, desde el otro extremo de España, paseando entre un «No votes» y un «Amnistía para

Rudolf Hess» evoco aquellas picardías de un chavalillo .andaluz, las comparo con las actuales

pintadas y me parecen como un leve anticipo de literatura «underground» puesta sobre la cal.

Si las paredes siguen así, mucho me temo que cuando nuestras ciudades sean ruinas y los

arqueólogos del futuro contrasten las inscripciones de 1977 con los bisontes de Altamira,

comentarán:

—Indudablemente, la cultura española debió tenar su momento culminante a finales del

paleolítico.

LANDIN

 

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