Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   Los otros muralistas     
 
 Informaciones.    23/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LOS OTROS MURALISTA

Por Joan FUSTER

YA hay mucha gente que se queja, y en algunos sitios, al parecer, las autoridades municipales —sin

contar las otras, naturalmente— van tomando medidas para frenar el desmadre. Se trata de las «pintadas».

Cualquier pared es buena para el caso, desde luego, y no falta quien tome la iniciativa de llenarla con una

consigna, unas siglas, un garabato simbólico. A menudo, cuando tales inscripciones resultan demasiado

intolerables desde el punto de vista oficial, se produce un aumento de ignominia a base de los borrones

destinados a anular la provocación o la injuria. Yo no entro ni salgo en el asunto de fondo: quiero decir,

del «contenido» ideológico. Un sencillo paseo por la calle, un trayecto de carretera, las cercanías de

ciertas instituciones —la Universidad, por ejemplo—, permiten observar que este muralismo espontáneo

y excitado es practicado por tirios y troyanos, y hasta por quienes no son ni lo uno ni lo otro. El hecho es,

con independencia de la índole del «mensaje», que nos hallamos ante un procedimiento de propaganda

cada día más usado, y, la ver-dad, no puede decirse que el espectáculo general de nuestras ciudades y

nuestros pueblos sea finalmente muy agradable. Al fin y al cabo, y a la larga, todo se reduce a suciedad.

Veo venir una primera objeción. eso que digo, sin duda, responde a un prejuicio pequeño-burgués, quizá

este-ticista incluso. Se me da una higa que lo sea o no. Cabría discutirlo, pero no es mi intención hacerlo"

aquí y ahora. No es insólito que los militantes desbocados confundan «política» con «analfabetismo», y

con más cosas, como «sandez», sin ir más lejos. Otras objeciones, en cambio... Sí: por este lado, el

problema varía, y mucho. Bien mirado, las «pintadas» son inevitables. Nos disgustará que embadurnen

los sillares de tal o cual monumento, que los, edificios más neutros y modestos queden hechos un

desastre, que no haya un vacío sereno en los panoramas urbanos; pero, ¿podría ocurrir de otra manera?

¿Ha podido ocurrir, podrá ocurrir de Otra manera? Conviene que nos lo preguntemos. Porque en la res-

puesta radica el origen del mal. Nadie tiene derecho a protestar de las «pintadas», hoy por hoy, mientras

exista una discriminación objetiva en el acceso a otros medios de propaganda más regulares y plausibles.

En realidad, la «pintada» es la opción obligada —y por obligada deja de ser opción— de quienes no

disponen de recursos lícitos.

Una alternativa también callejera sería el cartel: el pasquín impreso. Mi amigo Josep Renau, cartelista

internacionalmente acreditado, tiene demostrado con argumentos y con hechos la importancia «política»

del cartel. Sólo que, en la endemoniada sociedad capitalista en que vivimos, editar un cartel cuesta un ojo

de la cara. Las personas dedicadas a la publicidad comercial lo saben, y ya comienzan a saberlo también

los «políticos». Alguien acaba de informarnos que, para la próxima y confusa campaña electoral, un

candidato no conseguirá hacerse destacar de sus rivales por menos de dos millones de pesetas, término

medio. Supongo que el cálculo es razonable. Habrá partidos capaces de aguantar el gasto, en efecto. ¿Y

los que no? ¿Se la habrán de enfundar? La resignación no figura entre las virtudes recomendables en las

controversias civiles. Ni en las demás. Como un cartel es caro, quien no pueda pagárselo acudirá al

«spray», y ensuciará una pared. Una «pintada» dura más que el mejor de los carteles. Es una cuestión de

química. La pintura que venden en las droguerías es duradera.

No tanto como el alquitrán primitivo, supongo. Las «pintadas» no son cosa de hoy. En mi pueblo todavía

se puede leer reclamaciones como «¡Libertad para Maroto!» o «C.N.T.-F.A.I. ¿Quién mató a Durruti?»,

ya muy atenuadas por la intemperie y los lavados posteriores. El alquitrán permanece, o, por lo menos,

resiste. Con la invención de los aerosoles, las «pintadas» se hicieron más fáciles. El cubo y la brocha, tan

incómodos de manipular cuando se teme algún acoso, han sido sustituidos por el pequeño artefacto

manejable. Quizá se desvanecen más rápidamente. No importa. Hoy,

¿quién recuerda al Maroto aludido? El mismo Durruti ha ingresado en el territorio de la erudición

académica, como don Pelayo, el Cid o Roger de Flor. Son cosas que pasan. Las nuevas y sucesivas

urgencias de la «propaganda» plantean el «anuncio» en forma más expeditiva y barata. Hay «pintadas»

para rato. Siempre habrá unos grupos, o grupúsculos, que habrán de valerse del «spray» para que la

ciudadanía les preste atención. Con el riesgo de ensuciar paredes, por ilustres —históricamente— que

sean. La presunta «igualdad de oportunidades» nunca funcionó a ningún nivel, pero menos que a otro, en

éste. Frente a los que dispongan de dinero para carteles, que ha de ser mucho dinero, el derrame de los

aerosoles tendrá la enorme coartada moral de su pobreza.

Y no todo acaba, en los letreros. Los letreros siguen siendo, en ´todas partes, bastante más «eficaces» de

lo que el «macluhanismo» trivial cree. Cierto: entre una «pintada» de alcance mediocre y un «spot»

televisivo no •hay punto de comparación. Ni entre la pintada y una inserción en la Prensa. Ni entre, la

pintada y el mitin. Pero la pintada perdura: la miserable pintada. Y es económica. La «suciedad» mural no

cederá su empuje, si no se corrige el defecto esencial. En un principio, las «pintadas» fueron clandestinas

e insurrectas. Cuando se instale la «democracia», si llegamos a eso, habrá posibilidad de carteles y de

circuitos perifónicos, de periódicos de partido y de sopesados accesos a la «tele», según las

circunstancias.

Pero quienes permanezcan marginados de estas gloriosas operaciones, se aferrarán al «spray» y a la

patética necesidad de «ensuciar paredes». No les quedará otro remedio. Ellos también tienen derecho a ser

escuchados. Por muy minoritarios que sean... A mí, personalmente, me desagradan las «pintadas», aunque

esté de acuerdo con lo que pinten. Sólo que, guste o no, habrá «pintadas», seguirá habiéndolas, sobre

piedras góticas, modernistas o lo que fueren —no piedras, claro—, y en cualquier calle céntrica o

suburbial. Habrá «pintadas» porque no habrá quien encuentre otra salida.

Y ya lo verá quien lo vea.

 

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