Autor: Tuya, Carlos. 
   La izquierda, ante las elecciones     
 
 Diario 16.    01/03/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Martes 1-marzo 77/DIARIO16

La izquierda, ante las elecciones

Carlos Tuya

(Miembro del Secretariado Político de la Oposición de la Izquierda del PCE)

La negociación con el Gobierno, puede darse ya por terminada, y el balance, tras las últimas reuniones de

la subcomisión de la ley Electoral, no es muy alentador. En justicia, y eso ya nadie lo oculta, no ha habido

negociación propia- mente dicha, sino un cortés intercambio de opiniones más por parte de la oposición

que del Gobierno. Será este último el que, como hasta ahora viene haciendo, dicte las medidas que

considere oportunas y que deberán ser aceptadas, aunque sea a regañadientes, por la oposición

democrática. La democracia se sigue otorgando, aunque . eso sí, tras escuchar a sus futuros benefactores.

Mientras tanto, la vida política sigue y de" nada valen las protestas inóperantes. Es necesario afrontar al

desafío político tal y como se presenta en nuestro país y no anclarse en lamentaciones. La cuestión

fundamental es ¿cómo debe la izquierda, "negociadora" o no, encarar esa próxima confrontación política

en el caso, por supuesto, de que el Tribunal Supremo "legalice" a los partidos obreros?

El panorama actual de la izquierda es deprimente. Mientras la "derecha civilizada" se organiza

conscientemente en sólidas agrupaciones con indudable atractivo electoral —Alianza Popular, Centro

Democrático y el Centro Izquierda, en gestación— la izquierda se encuentra impresionantemente

fraccionada; Y, curiosamente; es la propia "derecha civilizada" quien, mediante el conocido "coco" del

Frente Popular, presiona o asusta a la izquierda propiciando así su división. Pero no sólo en virtud de esos

frentes que está organizando la derecha y al centro debe la izquierda agruparse. Existen igualmente tres

poderosas razones, directamente vinculadas al futuro democrático de nuestro país, y el porvenir de la

propia izquierda como alternativa real de poder.

Para nadie medianamente versado en ciencia política es un secreto que la "ley para la Reforma" aprobada

en las Cortes, es exactamente eso, "una ley para la reforma" y no una ley para unas Cortes Constituyentes.

Con notable claridad lo ha desvelado Jorge Esteban en su libro "El proceso electoral". Baste aquí con

señalar que, entre otras cosas, el carácter de la ley se manifiesta tanto en la composición del futuro

Parlamento, dividido en dos Cámaras colegisladoras, como en el propio proceso electoral en ella

prefigurado que trata de asegurar una mayoría "reformista" y conservadora en el Senado, dificultando por

todos los medios la creación dé una Cámara de Diputados de mayoría "constituyente". Por otra parte, se

mantiene la independencia del Gobierno, que no es responsable ante las Cortes y que puede tomar la

iniciativa en la futura modificación constitucional. Hacia lo mismo tiende la persistencia del Consejo del

Reino, al nombramiento del presidente de las Cortes por el Rey, etc.

Ahora bien, si la ley busca con toda claridad la configuración de unas Cortes reformistas y no

constituyentes, queda abierta la posibilidad, muy difícil sin lugar a dudas, de que si la composición real de

esas futuras Cortes tiene una seria representación de los partidos "constituyentes", puede lograrse un

sustancial cambio político. Es una posibilidad que la ley trata de atajar, pero que por ello no deja de

existir. Porque la ley, como no podía ser menos, es el reflejo del equilibrio de fuerzas, político a través del

cual ha ido avanzando el proceso democrático en nuestro país. ¿Y no resulta más que evidente que cuanto

más representada esté la izquierda en esas futuras Cortes más cercanos estaremos de que esa posibilidad

se convierta en realidad? Por eso, el objetivo político prioritario para la izquierda es el de asegurar la

mayor participación en las futuras Cortes, de lo contrario no haría más que avalar la reforma.

Por razón de las elecciones A la espera de la ley Electoral que promulgará dentro de unos días el

Gobierno, hoy podemos aventurar —por sus coincidencias con el proyecto de la comisión negociadora de

la oposición democrática— algunos aspectos sustanciales, prefijados, por otra parte, en la ley para la

Reforma. Estos aspectos son: el 2 por 100 corrector del sistema proporcional para la Cámara de

Diputados, y los dos diputados como mínimo por provincia. En el Senado, elegido por sistema

mayoritario a una vuelta y con cuatro senadores por provincia, es tan evidente el mecanismo favorecedor

de las fuerzas políticas de la derecha, tanto más si están agrupadas, que no es necesario insistir. Todo ello,

junto con el elevado número de provincias que eligirán a menos de cinco diputados, hace que en rigor el

sistema "proporcional" sea en la realidad "mayoritario". Y presentarse divididos a unas elecciones

mayori-tarias es una aberración política. Para mostrar los catastróficos resultados en unas elecciones con

la izquierda fraccionada, y los indudables beneficios de una alianza electoral, basta con poner un ejemplo.

Imaginemos una provincia con implantación de la izquierda, que elija 12 diputados para un censo de

1.500.000 electores. Si, a título ilus-, trativo, y basándonos en los datos promediados del referéndum y las

encuestas realizadas hasta ahora, arrojase esta hipotética votación (que espero no moleste a ningún

partido):

En el primer caso, varios partidos de izquierda quedarían eliminados por no alcanzar el 2 por 100 de los

sufragios, y el total de escaños sería exactamente la mitad de los conseguidos con la segunda hipótesis.

Si esto lo hacemos extensible al resultado total, que, sin duda, será mucho más duro para la izquierda,

comprobaremos que de un sistema a otro puede haber fácilmente una diferencia del 100 por 100 en el

número de escaños conseguidos.

Por razón de la unidad obrera

Es ya sabido que la decisión del PCE de presentar a sus militantes de CC OO a las elecciones dentro

de su candidatura ha producido tensiones con las otras comentes que existen en el seno de la central

sindical. En efecto, no se ve muy bien el que se capitalice hacia un solo partido el prestigio de CC 00

materializado en sus dirigentes. No se debe olvidar que en la mayoría de los casos esos dirigentes del PCE

no han adquiri-de su prestigio como tales, algo por otra parte muy difícil en las condiciones de la

dictadura, sino como luchadores de CC. 00. En este sentido, la inquietud, cuando no la protesta, está

justificada. Sin embargo, es obvio también que sería un grave error no presentar esos prestigiosos

luchadores a las elecciones, eliminando así la posibilidad de que la clase obrera esté directamente

representada en el futuro Parlamento. La contraposición de estas dos razones, que puede dar origen a

una mayor división en el seno de la clase obrera, se obvia con la Unión Democrática de Izquierdas, en la

que estos dirigentes obreros participarán dentro de listas unitarias. El mismo argumento puede aplicarse,

con las salvedades lógicas, a la división sindical.

 

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