Autor: J. J. P.. 
 Tipycal Spanish. 
 Parlamento Libre     
 
 Ya.    21/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

PARLAMENTO LIBRE

LA apertura de nuevas libertades democráticas ha sido interpretadas en sentido amplio por los españoles

aficionados a expresar sus opiniones políticas en las paredes de tapias., y edificios. El espectáculo de

trazos borrosos, inscripcio-nes superpuestas, insultos y proclamas llega a resultar molesto para los dueños

de los edificios y un atentado contra la ya deteriorada estética ciudadana.

A veces, los «pintores» de rótulos entablan diálogos en los que intercambian pareceres, aunque no

precisamente en términos de amistad. Los refugios de las paradas de autobús ofrecen buenas

oportunidades a propagandistas improvisados. En una, situada en la calle de Serrano, junto al Museo

Arqueológico, puede leerse «Amnistía total», frase atribuida a elementos de «izquierdas». Debajo, escrito

por otra mano, se hace constar: «Para Rudolf Hess», idea que puede ser cosa de las «derechas». El efecto

queda, ante el lector ocasional: «Amnistía total para Rudolf Hess». Conclusión bastante ajena, desde

fuego, al propósito inicial que impulsó el comienzo del diálogo.

En otras ocasiones, unos cuantos trazos desfiguran la «pintada» con evidente astucia: PCE (Partido

Comunista Español) se transforma en BOE (Boletín Oficial del Estado) con sólo aumentar un rasgo a la P

(B) y cerrar una C (O). No hace falta señalar desde aquí ¡as diferencias que existen entre estas dos

instituciones, separadas por cometidos y ámbitos muy distintos.

Carteles recordando a los españoles sus obligaciones ciudadanas respecto al ejercicio del voto resultan

igualmente retocados por artistas voluntarios. «Vota democracia» es apostrofado con un hispánico: «Que

te crees tú eso». O bien con una frase escéptica: «Todo eso es mentira». Desde luego, los disidentes deben

ser siempre los mismos, puesto que los diálogos escritos se componen de unas cuantas palabras escritas

con claridad.

No faltan llamadas a la unidad y el patriotismo: «Todos a la plaza de Oriente, por la paz y el futuro de

España», Y debajo: «Fascistas». A renglón seguido: «Rojos, no; F. E., sí». Tampoco se privan los

entusiastas de exponer sus ideas: «Viva el Rey Juan Carlos, la Reina y las infantas». El anónimo escritor

se olvidó del príncipe Felipe, aunque no era ése su propósito.

El problema es que, con el paso del tiempo, las paredes y tapias se saturan de frases más o menos

ingeniosas y anecdóticas, por lo que sería de estudiar alguna solución capaz de satisfacer todas las

tendencias, eso sí, dentro del nuevo orden democrático que tanto nos alegra a los españoles. El

Ayuntamiento podría disponer, en los sitios céntricos, grandes tableros con tizas de colores a disposición

de los ciudadanos con vocación política dispuestos a exponer sus Ideas libremente, siempre que no

atenten al pudor y a las buenas costumbres. En estos lugares nadie sería molestado por ejercitar la misión

divulgadora de sus opiniones, mientras quedaría terminantemente prohibido hacerlo en tapias, lugares y

edificios públicos o privados. Y no -por razones de intolerancia política, sino, más pura y simplemente,

por el respeto que merece el aspecto de una ciudad ya bastante afeada en un aspecto externo, como para

que abusemos de !a-paciencia de sufridos paseantes o automovilistas, que no encuentran consuelo visual a

su atribulada vida ciudadana.

J.P. P.

 

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