Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Viaje a las Vascongadas     
 
 ABC.    08/03/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ESCENAS POLÍTICAS

Viaje a las Vascongadas

IRSE ahora al triángulo de las Vascongadas es algo así como aventurarse por el triángulo de las

Bermudas. No sabe uno cómo va a terminar su propio pellejo. En Euzkadi —eso de las Vascongadas no

lo dicen ya ni en las escuelas rurales—, está situada en estos momentos, no sólo la lucha politica más

dramática del país, sino también la primera línea de esa sucia guerra que nos tiene declarada el terrorismo.

Aquel es un frente duro y peligroso. Esto que digo ha dejado de ser, hace ya tiempo, una opinión o

diagnóstico de algunos para convertirse en un hecho aceptado y reconocido por todos. No es la crónica de

un catastrofista, sino una catástrofe que se ha hecho costumbre. Lo primero que me eché a los ojos al

regresar de un corto viaje por tierras hermanas fue un magnífico artículo del maestro Pedro Laín; un

artículo empapado en preocupación y tal vez en alarma. Al maestro Pedro Laín se le nota, cuando escribe

de ese tema, la profunda tristeza de no poder ser decididamente optimista sin caer en la ceguera o en la

insensatez. Es decir, lo que sucede en el País Vasco ha dejado de ser un suceso aprovechable para la

polémica partidista y se ha convertido en llamada de atención del magisterio intelectual. Del

sensacionalismo periodístico y del comentario de urgencia, ha pasado al diagnóstico serio, sereno y

superior de nuestros mejores intelectuales. Ya no sólo suenan las bocinas de la crónica, sino los timbres

de la historia.

El presidente del Gobierno, don Adolfo Suárez, acaba de decir en Vitoria que «ser de UCD en el País

Vasco es una heroicidad». Y eso es cierto. Es verdad, aunque no toda la verdad. Porque también es

verdad que también resulta heroico ser policía nacional, o guardia civil, o juez, o fiscal, o funcionario del

Estado, o algunas cosas más. O sea, ha llegado un momento en que en el País Vasco es una heroicidad ser

español. Casi la mejor manera de librarse del peligro allí es la de ser terrorista, o apologeta del terrorismo,

o amigo y simpatizante de quienes lo imponen. Cada uno puede buscar las raíces de esta situación en

causas más o menos lejanas en el tiempo o más o menos profundas en el pueblo vasco y en su historia.

Pero el hecho es que eso es así. Feo asunto. Grave problema. En una situación de anormalidad, los vascos

han sido llamados a las urnas para elegir el Parlamento de su región, de su nacionalidad o como quiera

llamársele. En las circunstancias actuales, la libertad política del voto se convierte casi en un sueño. Si ser

de UCD es una heroicidad, votar en Euzkadi por un partido no separatista y no simpatizante del

terrorismo es aproximadamente un acto heroico. El ejercicio del derecho al voto, que es en sí y por

naturaleza un acto pacífico y civil, se ha convertido allí en una acción gallarda. Diré «gallarda» para no

extremar los adjetivos. Es necesario contar con una abstención en las urnas que ya no será una abstención

«técnica» ni podrá ser imputada a pereza o desentendimiento, sino al temor. Exagerando las cosas, el

viejo lema de la plena madurez democrática: «Un hombre, un voto», podría convertirse en la propaganda

extremosa en este otro lema: «Un héroe, un voto». Así las cosas, el resultado de estas elecciones vascas

tiene que resultar forzosamente engañoso y equivoco. Naturalmente, éste es otro triunfo del terrorismo.

Incluso en la administración de sus treguas, la ETA va ganando batallas. Y no es pequeña la de haber

logrado que el pueblo vasco vote bajo presión, bajo coacción y, en algunos casos, bajo el miedo más o

menos insuperable. No resulta fácil convencer a la gente de que se enfrente a las metralletas con un papel

en la mano, blanco como una paloma. Lo menos que puede esperarse es que la paloma tiemble, azorada,

porque el azor la estará vigilando. Ojalá que los electores tuviesen el instinto de las palomas, que se

agrupan y apiñan en bandadas apretadas cuando ven al azor, y así se salvan, aunque dejen algunas en las

garras del ave de rapiña. Parece que esto está claro. Difícilmente estas elecciones vascas van a poder con-

siderarse como elecciones libres. Pero de poco sirve ahora lamentar una circunstancia que no puede tener

remedio de aqui al domingo próximo. El señor Rodríguez Sahagún, ministro de Defensa, ha confesado

honestamente que el Gobierno ha cometido errores, y sería difícil negar que, efectivamente, ha cometido

algunos errores graves en el tratamiento del tema de la autonomía vasca. Al fin y al cabo, no hay

Gobierno que no yerre, y díganme ustedes de uno, errar es de humanos, y aunque tales errores hayan

llegado a puntos poco disculpables, ya no vale llorar sobre la leche derramada. Tampoco el tema era fácil,

sino más bien complejo e intrincado. Bien. El Gobierno lo ha hecho mal. Pero los vascos todavía lo

pueden hacer bien. Tampoco es tan raro que a los españoles nos pidan que seamos un poco héroes. Y hay

que reconocer que los políticos, en general, han sido claros en sus planteamientos electorales. La claridad

de don Manuel Fraga es algo que se daba por descontado. La claridad de don Adolfo Suárez era

absolutamente necesaria para que la UCD no se deteriorara gravemente como partido, no ya en el País

Vasco, sino en el resto de España. Y cuando don Santiago Carrillo ha querido encontrar un parecido

histórico a la opción electoral de Herri Batasuna ha recurrido a nombrar a la bestia negra del comunismo:

el nazismo. Un punto de mayor confusión se encuentra en las palabras de unos u otros socialistas. Pero,

como siempre, como siempre ahora y como siempre sucedió antes, en otras ocasiones históricas, la mayor

confusión y el mayor desconcierto provienen de la actitud del PNV. Algunos nacionalistas vascos dicen

que lo que sucede es que, fuera de Euzkadi, no les entendemos. Pero lo que no se les entiende es que

hayan tomado como costumbre política la de afirmar sucesivamente una cosa y su contraria. Saber que

quizás el destino del problema de Euzkadi está en su mayor parte entre las manos de los nacionalistas

vascos es algo que hace temblar de incerti-dumbre. Porque todavía no nos han dicho claramente que son

conscientes de su doble responsabilidad: la de tener en las manos el destino de su país y de su pueblo, y la

de tener, por ello, entre las manos también un trozo irrenunciable del pueblo y del ser de España. Hemos

sacrificado muchas cosas y muchas vidas al criterio de buscar, a toda costa, una solución política —y no

bélica, ni siquiera policial— al problema de la autonomía del País Vasco. Estamos quemando los últimos

cartuchos políticos. La democracia se resuelve en votos. Confiemos todavía en que los votos ganen la

guerra.—Jaime CAMPMANY.

 

< Volver