Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   La encrucijada     
 
 Ya.    09/03/1980.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

La columna LA ENCRUCIJADA

EL Rey de España ha venido insistiendo estos días de atrás, durante su visita a las provincias de Murcia y

Albacete, en la necesidad de recuperar la conciencia nacional. Es preciso volver a sentir el orgullo de ser

españoles. Este fue también el tema de fondo del último mensaje del Rey a la nación, en las pasadas

Navidades. Don Juan Carlos volvía a hacer esta acuciante recomendación, en vísperas de las elecciones

del País Vasco y de Cataluña y pocos días después del referéndum andaluz, cuando se inicia la puesta en

marcha efectiva de las autonomías y las banderas diferenciadoras amenazan con dejar sin sitio a la

bandera roja y amarilla. Toda esta vuelta exacerbada a los particularismos ocurre precisamente cuando

España se esfuerza por integrarse en las grandes realidades supranacionales —CEE, OTAN, etc.— y por

tener un puesto influyente en el concierto mundia). No deja de ser curioso que mientras sube la cotización

del presidente Suárez en el exterior baja, aparentemente, en el interior.

No es ningún descubrimiento que las elecciones de hoy en el País Vasco, que rompen el antiguo Estado

centralista, provocan una seria preocupación en Madrid, tanto en el Gobierno como en los principales

partidos de la oposición. Ha sido una campaña alucinante. El pueblo llano se ha unido con frecuencia a la

representación. En el País Vasco hay en estos momentos una vibración, una mística política que contrasta,

por ejemplo, con la serena racionalidad, que roza la apatía, de la campaña catalana. De estos fervores

puede salir cualquier cosa.

El previsible triunfo de los nacionalistas —de derecha y de izquierda—, que han ido ganando terreno

sistemáticamente desde que se instauró la democracia, preocupa porque pueden intentar romper los

límites constitucionales. En determinados medios gubernamentales dan por perdido el País Vasco y no

tienen inconveniente de insinuar que al final no que dará más remedio que el uso de la fuerza para

restaurar la unidad de España quebrantada. Son los pesimistas. En las alturas del Gobierno, sin embargo,

sin ocultar los riesgos, confían en que las elecciones de hoy serán el primer paso serio para la solución

política del problema vasco. A partir de hoy, en su opinión, se va a producir, sea cual sea el resultado de

las urnas, la inflexión. Por lo pronto, la tregua decretada por ETA es para éstos un buen augurio, mientras

que para los otros es la calma que precede a la tormenta. El entendimiento Suárez-Garaicoechea se da por

hecho, aunque aquí nadie se fía suficientemente de nadie.

Una fuerte derrota, no descartable, de los dos principales partidos estatales —UCD y PSOE— en las

elecciones vascas puede tener serias repercusiones para todo el proceso autonómico. Incluso puede

obligar a Suárez y González a gobernar juntos. El «contrapoder» de tos gobiernos autónomos, si no se

pone remedio a tiempo, amenaza con hacer a España ingobernable. Esta «disgregación emocional» de

España ocurre cuando más falta hace presentarse ante el exterior como una nación fuerte y unida. La

mayor parte de los dirigentes de UCD están descorazonados. El «disgusto andaluz» puede haber sido el

aperitivo. En la ultima reunión de la ejecutiva, que se prolongó hasta las cinco de la mañana en la

Moncloa, Suárez no pudo, no supo o no quiso exponer la estrategia para después del día 20 de este mes,

cuando los vascos y los catalanes hayan elegido sus parlamentos autónomos. Los más optimistas creen

que el presidente Suárez ya ha metido en un sobre lacrado lo que hay que hacer para salir de esta difícil

encrucijada, probablemente la más peligrosa desde la legalización del Partido Comunista. Los más

pesimistas opinan que tal estrategia no existe. Pronto saldremos de dudas.

Abel HERNÁNDEZ

 

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