Que gobierne el PNV     
 
 Diario 16.    11/03/1980.  Página: 1,6. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

Que gobierne el PNV

Las elecciones del 9 de marzo convierten al Partido Nacionalista Vasco, con 25 escaños, en la primera

fuerza política de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Con o sin la presencia de Herri Batasuna en las

instituciones vascas, el PNV puede afrontar la formación de un Gobierno monocolor con suficientes

garantías de operatividad. Esta posibilidad de un Gobierno peneuvista monocolor nos parece la más

coherente y la más deseable, tanto para los intereses del País Vasco como del Estado. Dos son las razones.

La primera, que una coalición del PNV con formaciones de la izquierda inde-pendentista, ya sea la radical

de HB como la moderada de Euskadiko Ezkerra, convertiría al Parlamento vasco en un permanente foco

de conflictos con las instancias centrales del Estado, lo que podría dar al traste al proceso autonómico,

cuyo desarrollo a fondo es hoy imprescindible.

La segunda, que una coalición del PNV con los partidos estatalistas, que podrían proporcionarle mayoría

absoluta, supondría una interpretación errónea de las tendencias del electorado expresadas en las urnas el

pasado día 9. En efecto, el electorado vasco ha votado nacionalista en gran mayoría, de tal manera que

todas las fuerzas políticas vascas han aumentado su base electoral, mientras que las de implantación

estatal han retrocedido espectacularmente. Unas elecciones parlamentarias no son sólo una fría mecánica

de números y sumas, sino la forma aritmética de significados políticos bien precisos, y a éstos es a los que

hay que atender. Para mayor detalle, el PNV ha ganado en estas elecciones, respecto de las del 1 de marzo

de 1979, nada menos que 74.991 votos. Por su parte, Herri Batasuna, con un aumento de 2.475 votos, y

Euskadiko Ezkerra, con otro de 9.966, se afianzan y, aunque parecen cerca de alcanzar su techo, salen

favorecidas de la consulta. Si se comparan estas ganancias de los partidos vascos con las pérdidas de los

estatales, la claridad del hecho se multiplica. En efecto, respecto del 1 de marzo de 1979, la UCD pierde...

¡90.297 votos! Por su parte, el PSOE ve evaporarse 59.693 votos y el PCE 17.802. La sangría es por la

derecha y por la izquierda, que son los mismos lados por los que el saldo beneficia a los partidos de

implantación exclusivamente vasca. Todo esto demuestra que Euskadi ha votado en vasco y que el

aumento de la abstención respecto de comicios anteriores se debe en gran parte a esta desautorización

indirecta de los partidos de implantación estatal. El hecho es grave y complejo, paro está ahí y nadie

puede escamotearlo. Sus causas se remontan a la nefasta, pretenciosa, ambigua y suicida política del

Partido Socialista en Euskadi desde la implantación de la democracia, cuya tardía rectificación no le ha

permitido remontar el descrédito de origen. Por su parte, UCD, que amplió su electorado progresivamente

a partir de las primeras elecciones del 15 de junio de 1977 y que alcanzó una seria implantación en las del

1 de marzo de 1979, ha caído víctima de errores más recientes, acumulados en una cadena de torpezas

durante los últimos meses. El colofón de esta cadena está en la casi clandestina visita electoral del

presidente del Gobierno a Euskadi. El cinturón policial que rodeaba al señor Suárez a su paso por las

ciudades vascas no hizo otra cosa que oscurecer y dañar la imagen del hombre que, al fin y al cabo, ha

sido cabeza ejecutora del proceso político que condujo a estas elecciones. Y de esta forma tuvimos que

asistir al espectáculo de una extraordinaria obra política que se volvió contra uno de quienes con mayor

sagacidad la hicieron posible. Si a esto añadimos el bien reciente fantasma del fiasco andaluz y la

embarullada política de cesiones de competencias al Consejo General Vasco tras la aprobación del

Estatuto de Guernica, la lógica del fracaso vasco de UCD queda explicada.

 

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