Autor: Azaola, José Miguel de. 
   La euforia, la alarma y el reto     
 
 Diario 16.    11/03/1980.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

La euforia» la alarma y él reto

José Miguel de Azaola

«¡Buena se nos viene encima!» Con esta frase, enormemente gráfica, comentó en la madrugada del 10 de

marzo la señora de Garaicoechea, interviuvada por Radio Nacional de España, los resultados electorales

de la víspera. Palabras de una espontaneidad, de una gracia, de una ingenuidad y de un verismo

difícilmente superables, en las que se traslucen la emoción y la inquietud naturales ante el cúmulo de

responsabilidades que ese resultado ha puesto sobre los hombros del actual presidente del CGV y del

PNV, y sobre los de su partido; pero también, y, principalmente, el tremendo escalofrío de una esposa que

siente que la política le arrebata decididamente el marido, por entero y por no se sabe bien cuánto tiempo.

Un éxito formidable

La noticia era esperada: nadie dudaba de la victoria del PNV, y lo más que se llegaba a discutir era si

sería lo bastante rotunda como para permitirle formar un Gobierno monocolor. Pero nadie esperaba

tampoco un éxito tan formidable. Si, ahora, el PNV no forma un Gobierno monocolor, será porque —por

las razones que sean— no quiere hacerlo. No porque no pueda hacerlo. En cifras absolutas, y pese a que

la abstención ha crecido muy considerablemente, ha recibido 75.000 votos más que en las elecciones

legislativas de hace un año. Éxito indiscutible si se lo compara con el modesto aumento (10.000 votos) de

Euskadiko Ezkerra, o con los 2.500 votos que gana Herri Batasuna (con relación, en ambos casos, a las

mismas elecciones), o con los 10.000 más que recibe Alianza Popular a partir de una cifra muchísimo más

humilde. Y triunfo abrumador si lo parangonamos con las graves pérdidas del PSOE (60.000 votos, o sea,

el 31 por 100 de los que obtuvo hace un año) y, sobre todo, con el descalabro de la Unión de Centro

Democrático, que ve reducirse en más de un 50 por 100 los 168.500 votos conseguidos en aquella

ocasión.

La abstención

Si aplicásemos a los resultados de este 9 de marzo los criterios que el PNV aplicó a los del referéndum

constitucional y los que aplicó Herri Batasuna a los del referéndum sobre el Estatuto, tendríamos que

apuntar, como segundo acontecimiento importante de la jornada electoral, el rechazo del Parlamento

vasco por los electores siguiendo las consignas de Fuerza Nueva y de alguna otra organización de la

extrema derecha. Pero semejante interpretación sería tan engañosa como las dos precedentes. Abstenerse

no es siempre rechazar. Ahora bien: una abstención que se sitúa en el 42 por 100 y que se produce

después de una campaña electoral tan apasionada, tan abrumadora, tan ruidosa, aunque, por supuesto, no

puede interpretarse en su totalidad ni como un rechazo del Parlamento vasco, ni como un triunfo de las

fuerzas muy minoritarias que lo han propiciado, sí constituye un fenómeno alarmante que, sin duda, se

debe en buena parte al hartazgo (la mucha propaganda es necesaria; la demasiada es contraproducente); al

cansancio (es la séptima convocatoria del elector vascongado en tres años y tres meses); a la

desorientación (número excesivo de candidaturas) y al escepticismo engendrado por la decepción.

Como era natural, la decepción ha sido achacada principalmente al partido del Gobierno, en parte como

fenómeno inevitable de desgaste, en parte a consecuencia de varios errores que pudo y debió evitar, de

torpezas y abusos cuya responsabilidad recae sobre él. El tremendo error que ha supuesto la consagración

de las dos figuras más eminentes de la UCD vasca a las tareas ministeriales, sin que ninguna de ellas haya

aparecido en ningún momento en la primera fila de los parlamentarios de su partido encargados de

buscarles soluciones a los grandes problemas del País Vasco, debe señalarse como una de las más

poderosas razones que explican el derrumbe de las cifras de votos de la UCD en Guipúzcoa y en Vizcaya,

mucho mayor (absoluta y relativamente) que el que ha sufrido en Álava, con ser éste considerable. Y no

vale decir que el partido ha mantenido, poco más o menos, sus votaciones de las pasadas elecciones

municipales, porque entonces no presentó candidaturas en muchísimos municipios y no tuvo, como ahora,

adversarios que pudieran disputarle votos desde su derecha. Como tampoco vale decir que en estas

elecciones la cifra de abstención sólo ha sido ligeramente superior a la del referéndum sobre el Estatuto,

porque entonces fue Herri Batasuna quien dio la consigna de abstenerse y ahora la ha dado una extrema

derecha numéricamente mucho menos importante y mucho menos movi-lizadora, que sólo consiguió el

25 de octubre un puñadito de «noes». La altísima tasa de abstención registrada denota, por otra parte, un

estado de ánimo alarmante y, a la vez, resta autoridad a un Parlamento para el cual el respaldo popular

tendrá enorme importancia, ya que habrá de tomar soluciones trascendentales que necesitarán ese

respaldo. Un Gobierno monocolor del PNV necesitará —no legalmente, pero sí moralmente— el aval de

algo más que ese 23 por 100 de los electores censados, que representan los votos obtenidos por sus

candidatos.

Un descalabro y dos gestos

Después del triunfo peneuvista y del alto nivel de abstención, el tercer acontecimiento que llama nuestra

atención es la derrota de la UCD. Las razones arriba apuntadas y que explican el que muchos de sus

electores de hace un año hayan preferido abstenerse esta vez, da igualmente la explicación de que no

poeos de ellos hayan preferido votar de nuevo (como en 1977) a Alianza Popular, o apoyar al PNV que,

desde una posición más sólida, anunciaba también como propias unas posiciones centristas. El análisis

detallado de! escrutinio permitirá, quizá, corregir en algún detalle los comentarios que anteceden y

desvelará sin duda otros aspectos interesantes de esta elección, entre los cuales es posible que el más

importante sea el grado en que la abstención afectó a los electores nativos de otras provincias. Quisiera

destacar, por último, dos rasgos positivos y gratos, de los muy variados que se observaron entre las

reacciones de los políticos durante la larga noche radiofónica del domingo 9 al lunes 10. Joaquín

Aguinaga, cabeza de la lista de la UCD por Vizcaya, felicitó públicamente, al filo de la una de la

madrugada, al partido vencedor. Una hora más tarde, el presidente Garaicoechea, inmediatamente

después de manifestar su alegría por la victoria obtenida, dedicaba sus primeras palabras de vencedor a

saludar muy amistosa y cordialmente a sus adversarios, a todos ellos, encareciendo la necesidad de dar

por terminados los ataques y otros excesos verbales de la campaña electoral, para poder trabajar todos

juntos. Ambos gestos son muy positivos y merecen ser imitados, no de boquilla, sino de verdad, por los

demás dirigentes políticos. Y ahora, ojalá los hechos demuestren muy pronto que ni las palabras de

Aguinaga ni las de Garaicoechea fueron meros formulismos verbales. Hay aquí un reto a todos los vascos:

¿sabremos demostrar que somos capaces de reproducir —a nuestro modo, por supuesto— no solamente

los gestos, sino también los usos políticos de los anglosajones?

 

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