Autor: Cueto, Juan. 
   La dictadura del telespectorado     
 
 El País.    12/06/1977.  Página: 35. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL PAÍS, domingo 12 de junio de 1977

TELEVISION

La dictadura del telespectorado

JUAN CUETO

No viene en ningún refranero, pero su sabiduría va a misa: «Di-me a quie´n te diriges y te diré de qué

ideología cojeas.» Los grupos políticos que de diez en diez minutos asaltan los espacios televisuales no

hablan de ellos mismos, sino de nosotros. Lo que sus respectivas retóricas y simbólicas delinean no es un

programa de Gobierno, una ideología, unas alternativas precisas o una filosofía de la vida, sino la

concreta idea que tienen del electorado. Incapaces de distinguir a los líderes políticos españoles por sus

argumentaciones, se delatan los muy ingenuos por sus auditorios, por el especialísimo tratamiento que

nos dispensan para que les concedamos el voto, por ese modelo ideal al que fingen dirigirse

cariñosamente cuando se enciende la implacable luz roja de las cámaras de Prado del Rey, en fin, por el

indeciso arquetipo de ciudadano que articulan y sobre el que ellos mismos se proyectan a pecho

descubierto, sin rubor. Curiosa situación, Después de tanto tiempo suspirando por la descongelación

ideológica del bunkerizado televisor, ahora resulta que los distintos oradores, hasta los más novedosos en

el medio, también se dedican a halagarnos en nuestra bien fabricada mediocridad de lustros. Sabíamos

que el género político democrático participaba casi exclusivamente de lo epidíctico, como ya había

denunciado Aristóteles hace algunos años: ignorábamos, la verdad sea dicha, que el propagandista

político español fuera un ser tan aburrido, y lo que es más importante, que semejara tan geométricamente

a sus más fieros adversarios cuando es colocado delante de los artilugios de RTVE. Si analizamos

fríamente las distintas intervenciones electorales que desde hace unos trece días nos ofrece el televisor al

final de los informativos, ateniéndonos exclusivamente al contenido de los mensajes y al margen de la

personalidad de los líderes, es materialmente imposible establecer entre ellos un cuadro de oposiciones

paradigmáticas mínimamente significativo. Todos nuestros políticos recitan en RTVE la misma letanía:

democratizar, regionalizar, progresar, europeizar, socializar..., elimino la imagen del aparato y tengo la

inquietante sensación auditiva de que cada diez minutos nos repiten machaconamente un idéntico

discurso político. Sólo cuando distingo las siglas, los símbolos, los logotipos y Tos rostros empiezo a ver

claro. Pero a los que escribimos en los periódicos no nos pagan por denunciar grandes similitudes, sino

por rastrear las leves diferencias, que es lo comercial. Pues bien, en este caso concreto, las diferencias

somos nosotros, los videntes y los oyentes, el silencioso y sumiso telespectador. Sí, claro, la televisión

condiciona el voto, casi da vergüenza repetir a estas alturas tal obviedad. A la vista de las distintas

apariciones políticas en la-pequeña pantalla, hay que señalar que es el auditorio el que está empezando a

condicionar seriamente la política democrática del país. Se avecina la peor de las dictaduras, la del

telespectorado. En su imperiosa necesidad por ganar la temporal adhesión de los flotantes, el

propagandista se olvida de sus militantes y simpatizantes, y organiza el espectáculo tele visual a imagen y

semejanza del misterioso ente que, agazapado con perplejidad de cuarenta años y varios días, está al otro

lado de la pantalla.

Del halago al mitin

Lo que singulariza las distintas intervenciones, insisto, no es el vehemente recitado de aquellos

polisémicos verbos que todos asumen y de los que todos presumen, sino el tratamiento que se dispensa a

la heterogénea audiencia. Sólo los grupos minoritarios y extremistas (pongamos por casos Falange

(auténtica) y la FUT) pueden permitirse el lujo de renunciar a lo epidíctico, a halagar los bajos instintos

de los votantes, porque de parlamentariamente perdidos, al río mitine-ro. El resto, sin notables

excepciones, sacrifica su personalidad política para conseguir la desea-de identificación con el

indiscriminado público. Entonces nada tiene de extraño que surja lo alegremente paradójico, la liebre

surrealista, el gazapo lógico y la errata ideológica. Tamames, después de los solemnes y sagrados acordes

de un órgano catedralicio, parece empeñado en hacerle la competencia gestual al padre Javier de

Santiago, deslizando su tranquilizador discurso por los derroteros de la oratoria sagrada. Otro tanto pasó

con Tierno Galván, que, encaramado en aquella especie de pulpito posconciliar, adoptó el quejumbroso y

patético tono del sermoneador dominical de provincias. Por su parte, había que ver a Licinio de la Fuente,

acomodado en aquel incómodo sillón de bambú a la última moda pequeño burguesa, alardear de estirpe

proletaria. O a los chicos del Centro Democrático, sentados cual aplicados alumnos en unos pulcros

pupitres, recitar de memoria el evangelio democrático, según Suárez. O las muy distinguidas y

peripuestas señoras de Cantarero del Castillo proclamando las excelencias del socialismo a la española...

Estos juegos propagandísticos que estamos contemplando diariamente a través del televisor son lo más

parecido del mundo a las cuatro esquinas. Cada sigla irrumpe en nuestros hogares invadiendo al natural

político del contrincante en una nada sutil maniobra desplazado-ra. Los comunistas ocupan el lugar de lo

sagrado, mientras que los democristianos se engolfan en la peligrosa esquina de lo profano; los

derechistas de toda la vida, de orden; los falangistas atacan a Franco y los izquierdistas evitan cualquier

clase de referencia directa e indirecta al dictador; Felipe González discursea como si ya estuviera en el

poder al tiempo que los hombres de Suárez exhiben dudosos pedi-grees oposicionales.

La cosa, ya digo, está en fabricarse deprisa y corriendo una imagen propia a costa del espacio de los

demás, evitando en todo tiempo y lugar el mencionar la más importante de sus correspondientes premisas,

excepto Arias, que hizo de Arias. Ello explica que las palabras izquierda y derecha sean las grandes

ausentes, el gran tabú de este primer desfile por RTVE de la derecha y la izquierda española. Lógica

estratagema, por otra parte, que de lo que verdaderamente se trata no es de calentar los ánimos de los

adictos, sino de persuadir a los tibios. Para lo primero están los mítines; para lo segundo, la tele.

La desesperante hetereogeneidad de las audiencias televisual es la causa principalísima de la no menos

desesperante homogeneidad argumentadora de los representantes del espectro político nacional. Sabido

que la clase de los indecisos no está por la aventura; cada opción electoral proclama los valores de lo

establecido y hace todo lo retóricamente posible, que no es poco, para confundir su determinada

alternativa con los siempre rentables valores del patriotismo o del patrioterismo, que en éste aún suelen

existir ciertas diferencias. Tremenda desilusión. Conectamos el aparato dispuestos a saciar nuestra vieja

frustración democrática y nos encontramos con unos señores que en lugar de información a fondo de sus

variopintos credos políticos, intentan reflejarnos con pelos y señales en sus redundantes discursos

diciéndonos aquello de: «Mirad bien, queridos "flotantes", soy igualito a vosotros.» Esperábamos la

terrible voz de la militancia democrática, pero sólo nos devuelven la pobre imagen del apoliticismo

franquista. Es como si en vez del televisor hubiéramos encendido el espejo del cuarto de baño.

 

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