Colaboradores. 
 ¿Tiene la Psicología industrial alternativa?     
 
 Boletín de la Sección Profesional de Psicólogos del Ilustre Colegio Oficial de Doctores y Licenciado.    25/12/1976.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 26. 

COLABORACIONES

¿Tiene la Psicología industrial una alternativa?

Es notorio el auge alcanzado en nuestro país por la Psicología industrial. En la empresa es donde, hoy por

hoy, existe mayor número de puestos de trabajo y donde, por término medio, están, mejor remunerados.

Desde este punto de vista podríamos hablar de ella como dé la pariente rica, si la comparamos con las

ramas clínica y pedagógica.

Ahora bien, mientras las otras ramas de la Psicología han incluido aspectos específicos suyos en las

plataformas reivindicativas, peticiones al Gobierno y alternativas presentadas en los simposios profesio-

nales de psicólogos, los profesionales de la rama industrial han mantenido un discreto silencio. ¿Quiere

decir que la Psicología industrial no tiene reivindicaciones ni alternativas que plantear?.

La situación es muy compleja y no admite una respuesta simple. En efecto, la primera dificultad y grave

con que nos encontramos se deriva del hecho de que falta un análisis objetivo de la situación real de este

sector. ¿Cuántos profesionales de él existen actualmente en España? ¿Que funciones desempeñan? ¿Qué

puesto ocupan en la estructura formal y en la informal de sus respectivas empresas? ¿A qué nivel se

hallan en la escala salarial? Son preguntas éstas cuya contestación es imprescindible para poder hacer; üit;

análisis del papel que juega el psicólogo dentro de la estructura de producción de la empresa y, por tanto,

para poder presentar alternativas a ese papel.

Nos limitaremos, pues, ante la falta de ese análisis, a esbozar las líneas generales que podrían enmarcar o

con las que habría que contar para dar una alternativa a la Psicología industrial.

EL PSICÓLOGO INDUSTRIAL COMO TÉCNICO

El primer hecho que se evidencia al examinar la figura del psicólogo industrial es que se inserta en la

empresa en calidad de técnico. Y con este término nos referimos a un estamento específico dentro de la

organización de la producción. Estamento cuya figura más característica era hace unos años el ingeniero y

que tradicionalmente, tanto por su papel en las tomas de decisión de la dirección y el empresario, como

por su estatus, estaba claramente vinculado a éstos.

Hoy día, por el contrario, el papel y la situación del técnico están evolucionando radicalmente hasta el

punto de que se pueda hablar de una proletarización de los técnicos.´

Su número ha crecido y se ha hecho mucho más patente su contradicción de asalariados-responsables de

la toma de decisión. Por una parte, se sienten unidos a los trabajadores, cuya condición de asalariados

comparten, mientras que, por otra están vinculados a los intereses .de la Empresa, que por razón ,de su

puesto se ven obligados a defender.

La contradicción se resuelve en la medida que toman conciencia de su condición de asalariados y del

papel de «colchón» que juegan en los conflictos entre la patronal y los trabajadores. De ahí surgen sus

propias reivindicaciones y alternativas, cada vez más claras a medida que crece la asalarización y

disminuyen estatus y privilegios.

Pues bien, es ese estamento al que pertenece el psicólogo industrial, en quien la contradicción se agudiza,

si cabe.

Frecuentemente perdemos de vista este dato tan obvio. Se nos llena la boca con la palabra psicólogo, y

olvidamos que en las relaciones de producción somos, antes qué un psicólogo, un técnico, un asalariado

que pone al servicio de la empresa unos conocimientos específicos.

De aquí resulta claro que cualquier alternativa que pueda plantear el psicólogo industrial deberá

encuadrarse dentro de las alternativas de los técnicos.

Ahora bien; de su condición de asalariado se derivan para el psicólogo una serie de determinantes que

afectan directamente a su ejercicio profesional y no sólo a su estatus dentro de la empresa.

Si la ciencia pudiera ser neutral, si el científico —en este caso, el psicólogo, científico del

comportamiento— pudiera investigar y aportar sus conclusiones sin tomar partido: por alguna de las

instancias que lo solicitan, probablemente su postura1 sería menos comprometida. Pero es el hecho que la

neutralidad en la ciencia no existe; siempre sirve a determinados intereses (lo cual no quiere decir que no

´sea objetiva o que falsee los datos).

En el caso del psicólogo industrial es obvio que todas sus actividades: selección, promoción, formación,

motivación, estudios de clima, desarrollo de recursos humanos, análisis y valoración de tareas,

enriquecimiento de las mismas, desarrollo de organizaciones, etcétera, etcétera, etcétera, están al servicio

de la patronal, cuyos intereses son las más de las veces antagónicos a los de los trabajadores, que sin

embargo son los directamente afectados por la práctica psicológica.

Los trabajadores en la empresa se ven sometidos a una serie de procesos y técnicas que ellos no han

solicitado y de los que pueden derivarse cambios trascendentales en su vida.

Queda así en entredicho la función de la Psicología como servicio público, que es su verdadero carácter,

como lo es el de la enseñanza, la medicina, etc. Queda convertida en un servicio particular, con el

agravante de que el que «sufre» sus efectos se encuentra prácticamente indefenso ante los mismos, sin

recurso ante el «oráculo» que puede decidir su futuro en la empresa por tener más o menos capacidad

directiva o de relaciones humanas o control emocional. ¿Qué pasará cuando los Sindicatos tengan sus

propios psicólogos? No queremos aquí aventurar hipótesis, pero es indudable que variará el papel de la

Psicología industrial.

Otro aspecto de la Psicología que queda asimismo en entredicho, como consecuencia de la dependencia

del psicólogo con respecto a la patronal, es su función desalienadora. ¿Está dispuesta la empresa a pagar

una Psicología que haga al trabajador consciente de su alienación y posibilite su auténtica maduración

personal?

Sería absurdo caer en una demagogia fácil, tanto más cuanto que las relaciones de producción son

extraordinariamente complejas. Nos limitamos a apuntar áreas que están urgentemente necesitadas de un

análisis a fondo.

¿QUE PUEDE HACER EL PSICÓLOGO?

Es evidente que ante esta realidad conflictiva el psicólogo industrial debe tomar conciencia de la misma y

posicionarse ante ella. Debe ser consciente de que su papel ambiguo de «colchón» entre empresa y

trabajadores no es neutral, aunque se encuentre en una posición intermedia y equidistante de ambos ban-

dos. En realidad está sirviendo al que le hace jugar ese papel.

Entendemos que la Psicología industrial, como toda la Psicología, debe plantearse como un servicio

público y no exclusivamente en beneficio de una minoría.

Si el psicólogo, aun dentro de su papel contradictorio; deja patente ante los trabajadores, con su actuación

y sus actitudes, de qué lado se halla, no cabe duda que habrá´ clarificado grandemente su situación y dado

los primeros pasos para modificarla.

Pero ¿puede el psicólogo modificar esta realidad? ¿Tiene otra alternativa que no sea la de adoptar una

actitud personal de honradez? Sería muy arriesgado contestar a esta pregunta mientras no exista un

análisis más profundo de la realidad.

Con todo, sí es posible establecer el marco general en que se podrá plantear esta alternativa.

Como asalariado, sus reivindicaciones no pueden ser independientes de la lucha del resto de los

asalariados. Su alternativa será la de la clase a que pertenece. Como profesional de la Psicología que

quiere hacer de ella un servicio público, ¿cómo puede arreglárselas para conseguirlo?

En principio, por sí sólo poco o nada puede hacer, puesto que para ello hay que cambiar toda la estructura

social y económica. La socialización de la psicología industrial no se dará sin la socialización de los

medios de producción, y es indudable que esto será una conquista de la clase trabajadora y no de la clase

psicológica.

Por otra parte, para poner su técnica y conocimientos al servicio de los trabajadores es preciso que éstos

acepten dicho servicio, lo que no podrán hacer si desconocen la auténtica misión de la psicología o tienen

del psicólogo una visión de formada pero real, porque es en ocasiones la única que perciben.

Para concluir, podríamos decir que en cuánto técnico no podrá ser la alternativa del psicólogo diferente a

la del resto de los técnicos Y como psicólogo deberá posicionarse de tal forma ante la clase trabajadora

que ésta perciba su función real para que cuando esté en condiciones de solicitar sus servicios, es decir, en

una estructura socializada, lo haga.

Javier IRAETA

(.*) Publicado en «Psicología y servicio público. Alternativas para la Psicología española». Pablo del Río,

Editor. Madrid, 1976.

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