Hacia grandes bloques políticos     
 
 ABC.    20/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

HACIA GRANDES BLOQUES POLITICOS

Ayer cristalizó una ampliación del denominado «Centro Democrático» con el acuerdo suscrito entre el

«Partido Popular» y la «Unión Demócrata Española». Saludamos con satisfacción el decidido proceso de

integraciones, alianzas y pactos, ante las próximas elecciones, que se observa entre las fuerzas políticas

españolas. Todo lo que suponga reducción del caos de siglas y minifundios políticos en que vino a estallar

el tránsito político hacia la democracia es, por necesario y positivo, laudable. Independientemente de los

programas que cada partido pueda presentar, desde ahora y hasta que sean convocados los comicios

electorales; más allá de las contradicciones en que eventualménte pudieran incurrir quienes ahora buscan

su agrupamíento, lo cierto es que para la opinión pública nacional, para el electorado, todo esto supone

una clarificación importante. Reducir las opciones formales hasta el rasante de la realidad supondrá

siempre contribución indudable a la solvencia de la democracia española. El minifundismo ideológico,

cuando no la taifa política generada en torno a un nombre, hubieran podido, de llevarse hasta sus últimas

consecuencias, esterilizar el pluralismo político y hacer inviable la necesaria estabilidad. En cierto modo

puede decirse, por tanto, que el tránsito político español, al margen del Poder, ha cambiado desde su

inicial inclinación por el modelo político italiano —con la desorientadora y casi de-mencial «sopa de

letras»—, hacia un norte o esquema distinto. Hacia el modelo alemán. Esta dinámica de agrupación, de

integraciones, de alianzas, denota cierta y necesaria capacidad para transigir y para renunciar. Para hacer

cosas en común pese a que se parta de posiciones diferenciadas. Capacidad democrática y capacidad de

pacto vienen a ser, en la práctica, una sola y misma cosa. Igualmente, capacidad y disposición. Quienes se

muestran fehacientemente dispuestos a negociar, fehacientemente están mostrando también su renuncia a

la imposición y a la exclusión. En las más estables comunidades políticas de Occidente ía normalidad

democrática y el consenso político descansan sobre una aptitud general para la avenencia y el pacto.

Naturalmente, para todo grupo o partido, los límites de renuncia y transigencia estriban en los propios

rasgos de su identidad. Nadie ni ninguno deben pacr tar contra sus propios principios; pero, de contrario

modo, nadie ni ninguno, tampoco deben elevar a la categoría de principio cualquier cosa que realmente

no lo sea.

 

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